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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Si había un torero místico, creo que ese era Iván Fandiño. Un hombre, convertido en torero, fiel a sus conceptos, dentro y fuera del ruedo, que buscaba en sí mismo, para sus adentros, el sentido de la vida y la eternidad.

A los catorce años decidió emprender el camino del toro, después de que ya se había destacado como jovencísimo pelotari en una tierra quizá más proclive para esta segunda profesión. Encontró el mundo de la tauromaquia y se apegó a ella, desde entonces, con singular pasión.

Siempre una única forma de torear, una misma postura ante las costumbres que envuelven a la Fiesta, un solo apoderado, y hasta un mismo rincón para concentrarse, mirando al interior, antes de cualquier paseíllo. Tan era su costumbre ensimismarse en silencio, que en el rincón que siempre lo hacía en Las Ventas, apartado de todos antes de partir plaza, colocaron, a manera de homenaje, un ramo de flores recordándolo.

Distante de los escándalos, fiel a sus conceptos, Fandiño era hijo de gallegos que encontraron en tierras vascas una forma de vida, y de ellos heredó, según lo reconocía el mismo, características típicas de los hijos de Galicia: la paciencia y el sosiego.

Cuando decidió ser torero también tuvo que emigrar buscando oportunidades. A Madrid, desde luego, pero también a la que acogería como su segunda patria chica: Guadalajara, donde se formó en capeas improvisadas y ruedos formados por carretones; ahí donde se forja el carácter y se afina, a base de golpes, la ilusión.

Fue también en Guadalajara donde se encontraría con Néstor García, un joven que había también intentado ser torero y que había desistido para asistir a la universidad. Ambos fraguaron no sólo una entrañable amistad, sino también una sólida relación profesional de apoderado y poderdante que entablaría una guerra frontal contra el sistema establecido, luchando por contratos, resistiendo en tiempos malos y disfrutando los buenos.

“Lo fácil nunca me ha gustado”, habría dicho Fandiño, y la frase podría haberla también rubricado Néstor. Con ella a cuestas vendrían los primeros grandes triunfos, las salidas a hombros, los reconocimientos: Valencia, Arlés, Salamanca, la propia Guadalajara, Pontevedra, Toledo, Pamplona, su tierra Bilbao, Mont de Marsan, y sobre todo Madrid.

Fue en Madrid donde resultó triunfador en dos seriales de San Isidro, donde se presentó en solitario, donde entró a matar sin muleta, donde por la puerta grande y a hombros alcanzó la gloria. Ahí, donde él decía que se apreciaba más la pureza del toreo y donde hoy unas flores se marchitan en un rincón de detrás de la puerta de cuadrillas.

“No soy de quejarme”, decía cuando le preguntaban si sentía lo que era evidente: ese cierre de puertas de algunas empresas, y esa espalda para conformar algunos carteles por parte de las figuras, pero también invitaba a buscar las estadísticas y salir de dudas. Así, sin quejarse y enfrentando una guerra sin cuartel, no tuvo facilidad alguna en su carrera profesional y el camino fue duro, muy duro. Por eso le decían “el guerrero”.

Cuando los triunfos llegaron, al menos dos de las grandes empresas que manejan el espectáculo taurino en España se acercaron para representarlo, en lo que significaba una buena oportunidad para alcanzar, más fácilmente, la cima, pero Fandiño nunca se apartó de Néstor García y prefirió seguir subiendo por lo más pesado de la cuesta. “Soy el único dueño de mi carrera”, decía, “y de mi libertad. Quiero gobernar mi vida”.

También alguna vez declaró: “Lo vivido con Néstor es irrepetible. Vamos a la guerra todos los días. Estamos solos”.

Y Néstor estaba también ahí, la tarde del pasado sábado en el callejón de la pequeña plaza francesa de Aire Sur L,Adour, a una treintena de kilómetros de Mont de Marsan, donde tanto éxito había tenido el torero de Orduña, cuando en un quite, el toro “Provechito”, de Baltazar Ibán, le hizo trastabillar con el capote y caer a la arena, para ahí meterle el pitón por el costado y arrebatarle, sin más, la vida.

Iván Fandiño Barros murió haciendo aquello que más amaba y que el definía como “la manera de trasmitir un sentimiento con un tono único”. Se fue un guerrero de los ruedos.