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Viajeras de Ítaca – 1945

  • Susana Pagano

Metió la cabeza en el estanque de agua. Su vestido de organdí se estropearía y su madre no iba a estar muy contenta, en los tiempos que corrían no era fácil tener vestidos tan costos, pero igual no le importó. Hacía tiempo que tenía ganas de hacer eso. Ver las profundidades de ese mundo subacuático. La vida que ahí se gestaba. Los colores turbios que se verían en el fondo. Las ninfas que vivirían en una vida de ensoñación y deseo; quizá habría cardúmenes de peces multicolores. Cardúmenes. Le gustaba el sonido de esa palabra. Tenía poco que la había aprendido y la usaba todo el tiempo, viniera al caso o no. Papá, quiero un cardumen de dulces. No existen los cardúmenes de dulces, hija, sólo de peces. Me da lo mismo, igual quiero uno. También quería ver dentro del estanque la parte geológica. Las piedras, la arenilla del fondo. Una vez un científico le dijo que las piedras contaban historias y ella quería conocer esas historias. ¿Qué podrían contar las piedras? El científico le dijo que la historia de la tierra. ¿Cómo?, ¿la tierra tiene una historia? Desde luego, le respondió el geólogo, una historia muy pero muy larga que nos habla del pasado del planeta pero también del futuro. ¿Se puede conocer el futuro? Oh, sí, se puede. La niña metió el cuerpo completo al agua, ya no sólo la cabeza, quería conocer más, ver más. Tal vez encontraría sirenas y tritones. No seas tonta, se reprendió a sí misma, las sirenas viven en el mar y los tritones también. Nadó y nadó hasta unas profundidades inconcebibles. Le pareció que el tiempo se volvía infinito, eterno y elástico. Que no existía tal y que podría nadar tanto tiempo como se le diera la gana sin necesidad de salir a la superficie a respirar. No supo por qué pero le gustó esa sensación de nadar hasta el fondo sin tener que salir. Entonces sucedió un evento que nunca habría podido imaginar. Llegó a una ciudad. Era una ciudad completa, con sus calles y sus comercios y sus edificios de departamentos y sus oficinas de gobierno. Una ciudad en toda forma. Antonia caminó por la avenida central. Se sintió extrañamente familiarizada con todo lo que veía a su alrededor. De alguna manera no le parecía tan extraño nada de lo que veía. Como si hubiera estado ahí antes, pero aquí la gente vestía ropa distinta a la que ella solía ver en las calles. Las mujeres llevaban pantalones, por ejemplo, algo que a su madre le habría horrorizado tremendamente. Ya bastante escandaloso le parecía que algunas mujeres se hubieran atrevido a trabajar, pues ¿qué no tenían maridos? El lugar de una mujer decente está en su casa, al lado de su marido y de sus hijos, le decía a Antonia una y otra vez. La niña sólo la miraba con esos ojos escrutadores que visualizan siempre más allá del horizonte. Así que esta ciudad distinta en donde la gente hablaba con unos extraños aparatos pegados a la oreja y las mujeres usaban pantalones o faldas tan cortas que podían enseñar hasta la virtud, era como sacada de un cuento fantástico. Antonia se sintió admirada, sobrecogida. Supo que en esta otra ciudad ella podría estudiar una carrera profesional en lugar de hacer lo que su madre decía que hacían las mujeres decentes. Podría ir a la universidad y trabajar y ganar su propio dinero y no depender de nadie para hacer todo lo que deseaba hacer. Antonia, ¿quieres quedarte a vivir aquí? Le preguntó el dueño de las llaves de esta ciudad nueva. Sí, respondió la niña de once años. Aquí es mi lugar.

Cuando su padre la sacó del estanque, su madre gritaba histérica, el sacerdote estaba listo para administrar los santos óleos y los paramédicos se afanaban para regresarla al mundo de los vivos. Después de las maniobras para resucitarla y de sacarle toda el agua que se le había metido a los pulmones, Antonia miró a su madre y a su padre y les dijo: voy a estudiar medicina. Su padre asintió con la cabeza, aturdido aún. Su madre la miró como quien ve un milagro a medias; su resucitada hija, además de estropear su hermoso vestido de organdí, se había vuelto loca. Hizo una mueca de disgusto y regresaron a casa.