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Viajeras de Ítaca – Carta a Celia, 1942

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

Fernando pidió que guardáramos silencio,

tenía algo especial dedicado a su madre,

con voz clara empezó a leer:

Pátzcuaro Mich., 9 de enero 1942

Para Celia

Estoy a solas con mi solo corazón…

Que extrañamente resuenan los golpes del reloj.

Tal vez los oigas tú también… son las once… que silencio tan profundo, tan obscuro… es inmenso… infinito.

Las once y veinte…cuánta claridad de pronto, que diáfano el ambiente, que suave perfume en el aire. Ya no estoy solo, ha aparecido ante mí una imagen esplendorosa, es la tuya, clara y diáfana como claro y diáfano es este amor que has hecho nacer en mí, intenso como lo es todo anhelo del corazón que se da por entero, sin reservas, sin corta pistas.

Supe que te habías ido, en un momento no supe que pensar ni que decir, solo sentí un inmenso deseo de verte, de tenerte junto a mí, de hablarte. Más tarde, tristeza, melancolía, cansancio, tal parece que ya no me es posible pasar un día sin verte, y hoy no te he visto. Imagino que tu hermano se daría cuenta de la impresión que me produjo la noticia de tu viaje…

Las once treinta… que ambiente tan apacible, escucho una música muy tenue, es la Sonata “Claro de Luna”, no hay ante mí nadie más que tú envuelta en una luz blanca que se torna azul y que va desapareciendo para volver.

Cuánta belleza en esta noche en la que mi espíritu ha salido de mí, se ha escapado de la materia y llevando a tu alma de la mano asciende por una escalera de luz de luna y se eleva, se eleva hasta lo infinito hasta alcanzar a Dios.

Son las once cuarenta, alucinaciones de una mente loca…(sigue)

Fernando continúa leyendo, respira cuando su voz se quiebra, mi tía Celia aprieta en su mano un pañuelo de algodón con las iniciales M M N que ella bordó para mi tío Manuel, las lágrimas corren por las mejillas de los presentes. Cómo nunca supieron sus hijos de aquella carta de amor que ella atesoraba y ahora al buscar fotos antiguas de la familia llegó a manos de Fernando a quien se la prestó ignorando el propósito que perseguía. Solo los hijos pudieron ver a lo largo de la vida la ternura que había entre sus padres.

Fernando continuó hasta el final, muchos corazones latían con más fuerza, una interrogante flotaba en el aire: porque nunca descubrimos esa faceta de poeta del querido tío. Porqué Celia guardó la carta hasta hoy.

Además de los hijos de Manuel y Celia, con nietos y bisnietos, estábamos en la celebración de los 90 años de mi tía todos los sobrinos de Pátzcuaro, hicimos lo que nunca habíamos hecho: viajamos, unos desde Pátzcuaro, haciendo escala para dormir en Querétaro, y otros saliendo de Querétaro, todos en un mismo vehículo, emprendiendo el viaje hasta Torreón. Primera vez los seis hermanos con sus consortes, y Semi de pilón, viajamos juntos. Once personas, once formas diferentes de salir a carretera (ninguna parada, pocas paradas, un sinfín de paradas) Unos deseando llegar pronto, otros con la gloriosa idea de saber que el estar juntos ya es un placer. El domingo treinta descubrir y convivir con esa otra mitad de nuestra familia, reconocer las raíces, tronco y ramas, el sentido de pertenencia.

La fiesta terminó y al día siguiente los viajeros emprendimos el regreso a Querétaro con una parada obligada: Zacatecas. Bromeamos, reímos y en el corazón quedó sembrada la semilla de realizar otro viaje, juntos. Todos somos adultos mayores. Después de la cálida acogida por parte de los hijos de Celia y Manuel, creo que también en nuestros corazones anidó el alma poética de mi tío Manuel que, enamorado de una jovencita de apenas dieciséis años, le declara:

¡Que Dios guíe tus pasos por senderos claros, para que puedas gozar de la dulce templanza de la brisa sin tener que sufrir la ardiente herida del sol! Hasta muy pronto buena amiga… dulce amada mía.

                                                                                         Manuel

 

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