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Viajeras de Ítaca – Confesiones de supermercado

  • Mariana Figueroa Márquez

Durante mi año sabático viví algunos meses en Barcelona. En mi ir y venir por el arroz y las papas al súper, conocí a una chica que trabajaba como cajera en el Suma, un minimercado.

Era una chava de veintitantos, muy desaliñada, que siempre sonreía con unos dientes no muy limpios y unos ojos tristones tras las gafas de aumento; tenía la cara enmarcada por un pelo seboso que reclamaba champú y unos guantes de medio dedo que le daban un aspecto vagabundo.

Cuando la conocí me recordó a la protagonista de aquella comedia española “El crimen ferpecto”, la historia de una muy poco agraciada empleada de almacén a quien el destino pone en una situación de poder. Una película divertidísima.

En fin, que de ahí le salió el apodo de “Ferpe”, cuyo nombre supe mucho tiempo después, cuando alguien le gritó desde el fondo de la tienda.

Al principio sólo intercambiábamos saludos, luego pequeñas pláticas, pero un día, de la nada, mientras pasaba cada producto por el lector de código de barras, soltó una frase que me sacó de base: “Ya sé de dónde viene mi dolor”, dijo, como si retomara una vieja conversación inconclusa.

“Lo que pasa (bip, pasaba los productos por el lector) es que cuando era niña mi papá era muy estricto (bip,bip), y yo me sentía tan tensa (bip) que me enfermaba del estómago (bip), entonces cuando salí de mi casa no supe qué hacer con ese exceso de relajación (bip), con todo ese miedo que tenía contenido por años (bip)”. Me quedé estupefacta. Las confesiones profundas no estaban en mi lista del súper, pero me las llevé igual.

Otro día me confesó que le tenía miedo al amor, y a la vida… Era como si cavilara todo el día esos pensamientos y esperara a algunos de sus clientes para soltar sus conclusiones en el momento más inesperado, ¿o era sólo conmigo?

Un día me contó emocionada que iría a ver a Amma, una gurú india a la que todos quieren abrazar porque dicen que transmite buena energía, y que estaba de visita por Barcelona, donde la gente (leí después en los periódicos) hizo filas kilométricas para estar con ella.

Cuando la vi después de su “encuentro místico” parecía otra: el semblante alegre, el pelo limpio, la sonrisa en la cara; hasta se paraba como más erguida.

Pero mi verdadera sorpresa fue que la siguiente vez que fui a ese supermercado la Ferpe ya no trabajaba ahí. Quizá la corrieron, pero prefiero pensar que algo hubo en ese abrazo de la gurú Amma que la hizo cambiar su vida. El punto es que nunca nos despedimos ni nos volvimos a ver. Poco después me fui de Barcelona.

marianafm@gmail.com