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Viajeras de Ítaca – Crónicas de viaje

  • Mariana Figueroa Márquez

Recuerdo que era domingo. Me subí al coche a las 5:45 de la mañana, emocionada. Era el día de conquistar al famoso Cerro de la Silla de Monterrey, subiendo a su punto más alto, el Pico Norte. Nunca imaginé que 16 horas después estaría deshidratada, exhausta y deseando haber obedecido mi primer impulso de no salir de la cama. Pero sí lo hice. La invitación era demasiado tentadora. En la red de viajeros a la que pertenecía entonces, el entusiasmo de Cedrick, un francés veinteañero, resultó engañosamente prometedor: “Podemos hacer la subida y la bajada en 5 horas”, decía. Qué me duraba el cerro.

A las 7:00 de la mañana, 12 personas iniciamos la aventura. Y fueron cinco horas, sí, pero sólo para llegar a la cima. El ascenso transcurrió cansado, pero emotivo: flores silvestres, ciempiés de un negro lustroso o de un azul pálido, hongos con apariencia de hotcakes esponjosos, arañas merendándose a alguna presa atrapada en sus redes, el aroma de la naturaleza, la sensación de estar ahí, al fin, con el Cerro de la Silla, uno a uno, pisándolo, subiéndolo, conquistándolo… Y mucha emoción al voltear hacia abajo y ver a la ciudad hacerse cada vez más pequeña y sentir la brisa helada de esas nubes que desde abajo forman una especie de sombrero para el vigilante de la Sultana del Norte.

De la mitad hacia la cima hay letreros que indican el camino, antes de eso hay que abrir bien los ojos ante las flechas rojas o los puntos de pintura azul que indican la vereda a seguir. Pero dos horas antes de llegar al punto más alto, la pendiente llega a parecer de 90 grados; prácticamente hay que subir a gatas en algunas partes. Finalmente, a las 2:00 de la tarde lo logramos, junto con 11 amigos llegué a la cima y respiré el aire de Monterrey a 1,820 metros de altura. Disfrutamos de la vista, nos tomamos fotos y firmamos el cuaderno que algún romántico dejó ahí a manera de testimonio y en el que todo mundo desfoga los delirios que ocasiona tanto oxígeno en el cerebro. Algunos escriben que el cerro es mágico y le piden deseos. Otros se desahogan porque su novia los dejó, y unos cuantos más lo toman como una ventana mediática al escribir cosas como “un saludo a mi mamá”…

Tras una hora de disfrutar la vista y de sorprendernos con la cantidad de verdor que hay detrás del cerro iniciamos el descenso. El grupo de 12 se dividió. Ocho emprendieron la avanzada mientras otros cuatro permanecíamos engolosinados tomando fotos. Luego emprendimos el descenso. Una hora después, nos bebíamos las últimas gotas de agua y empezaba nuestro martirio.

El camino parecía interminable. Para cuando dieron las 7:00 de la noche, más que los mosquitos que ya se habían devorado mis brazos, me empezó a preocupar la oscuridad, ¿qué pasaría si no podíamos ver el camino por el que bajábamos, las flechas? Por ahí de las 9:00 de la noche, luego de 14 horas de estar en el cerro, empecé a sentir que la lengua, de tan seca, se me pegaba al paladar. Nunca en mi vida sentí tal desamparo. Ayudada por un palo bajaba entre la oscuridad y con el zumbido de los mosquitos en las orejas, mientras pensaba qué bebida compraría llegando a tierra firme, tal vez un Seven Up, o no, tal vez era mejor agua natural o un Gatorade. Recordé el “Relato de un náufrago” de Gabriel García Márquez y pensé que su descripción, esa que había juzgado exagerada, se quedaba corta; también pensé en Jaime Sabines cuando escribió: “¿Cómo se escribe agua? Se debería escribir haguah, jáguaj… como el que tiene sed”.

Estaba al borde del delirio. La aventura se tornó en pesadilla, pensaba qué pasaría si decidiera no dar un paso más. Paco, el único amigo que conservó la calma, me gritaba desde la oscuridad “sólo faltan 40 minutos”, y cuando esos 40 minutos pasaban, repetía: “sólo faltan 40 minutos, ya mero, resiste”. El cansancio nos dejó poco espacio para disfrutar el atardecer y las luces encendidas de la ciudad, lo que queríamos era estar en tierra firme ya.

La caminata en medio de la oscuridad parecía interminable, llevaba una mano al frente para no arañarme el rostro con la maleza y la otra bien asida al palo, pero no veía nada, la voz de Paco me guiaba en la oscuridad y la piel se me erizaba al escuchar los ruidos circundantes, ¿qué clase de animales habitaban en el cerro?, ¿había víboras, osos, lobos? Mis lágrimas rodaron discretas, traté de contenerlas, la razón me susurró que me iba a deshidratar aún más. Esta aventura era el cúlmen de mi año sabático, y durante esos 15 meses, mochileando, caminando en carretera, pidiendo ride con la mochila a cuestas, nunca sentí que mi vida corriera peligro, hasta ese momento. Me sentí ridícula al pensar que en el bagaje de mi educación, experiencia y vivencias no había nada de lo que pudiera echar mano para sortear exitosamente la situación.

Después de 90 minutos de arrastrar los pies a ciegas, al fin llegamos a ese punto en el cerro en el que la señal en los celulares comenzaba a recuperarse, así que al arribar hasta la base de un río seco, lleno de piedras, nos desplomamos ahí y esperamos a ser rescatados por nuestros amigos que tenían horas en casa y asumían que nosotros también. Lo demás es previsible. Sobreviví.

marianafm@gmail.com