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Viajeras de Ítaca – De fantasmas, monstruos, demonios y otras tiernas criaturas…

  • Susana Pagano

La fascinación por los temas sobrenaturales le viene al hombre como las estrellas al firmamento. Sencillamente, está inmerso en nuestro ADN. Desde tiempos inmemoriales se crearon mitos y leyendas en torno a seres fantásticos, desde dioses con características de superhéroes hasta monstruos demoníacos capaces de chupar sangre. Incluso, en nuestros días surgió de la misteriosa niebla el temible chupacabras y con ella igual se esfumó. Desde luego, no pueden faltar los espíritus en pena que vagan por antiguas construcciones. Así es que no es de sorprender que la literatura se haya valido de este morboso gusto por lo tenebroso para crear obras maestras que han quedado para la posteridad.

Se puede decir que la novela gótica es el primer género literario dedicado a satisfacer tan perverso instinto. Ésta da inicio en 1765 con El Castillo de Otranto de Horace Walpole. Y hasta nuestros días se sigue cultivando la novela de terror, en su versión narrativa o cinematográfica con autores como Anne Rice y Stephen King. Pero entre Walpole y King existen 250 años de literatura gótica, gore, de suspenso, de terror, de terror psicológico y, en algunos casos, de terror nauseabundo. En cualquier caso, siempre es recomendable recurrir a los clásicos. En los primeros lugares, sin lugar a dudas, tendríamos a Edgar Allan Poe, Bram Stoker, H.P. Lovecraft, Mary Shelley con su imperdible Frankenstein; o a Robert Louis Stevenson, Henry James, Arthur Machen y Ambrose Bierce. De la narrativa contemporánea podemos mencionar a Ramsey Campbell, T. E. D. Klein, Brian Lumley y, desde luego, Anne Rice con su tan aclamada Entrevista con el vampiro.

No estaría de más, sin embargo, dar una hojeada a autores que nunca creímos capaces de escribir novela de terror. Tal es el caso de El Castillo de los Cárpatos, de Julio Verne, una curiosidad con castillo, ambiente lóbrego, personajes misteriosos y toda la cosa. También el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer cultivó éste género en algunos relatos como El Organista o Maese Pérez.

Sin importar cuánto sea capaz el hombre de conquistar la tecnología, la ciencia y la era digital; y mientras no nos convirtamos nosotros mismos en máquinas, predominará ese siniestro gusto por lo lúgubre… Y la literatura de terror, en cualquiera de sus variantes, seguirá existiendo.

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