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Viajeras de Ítaca — Desde lo profundo del averno. (Testimonio IV)

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

Este viernes 22 Maricela llegó temprano, yo no estaba en la casa así que recogió las llaves con mi vecina, cuando yo regresé encontré que había hecho casi todo el quehacer, preguntaba yo por algo y me mostraba la tarea realizada –sabe que maestra hoy tendremos que hablar de un periodo largo y difícil de mi vida-, usted está dispuesta? son cosas fuertes. Claro Mary ese era nuestro acuerdo, no lo voy a cambiar. Nos sentamos en la sala, trajo dos vasos de agua y yo abrí mi libreta.

Mire Maestra yo conocí a los 13 años al que fue mi marido, el era 6 años mayor que yo. Ese muchacho estaba guapo pero venía de mucha pobreza, me propuso prostituirme, yo no sabía lo que era eso. El trabajaba en la Concordia, por el Tepetate, el ahí tenía algunos “compas” algunos de ellos fueron los primeros con los que me fui, yo no sabía nada de eso. Luego me llevó un tiempo a Irapuato, pero lo que le digo es que no me cuidaba, sería que en su gran pobreza y por su familia tampoco tenía sentimientos. Me dijo después que nos fuéramos mejor a Guadalajara y ahí llegamos a un hotel en el Barrio de San Juan de Dios, yo me di cuenta que era el barrio de las prostitutas. Me mandaba a un cabaret y ahí yo atraía a los hombres, Yo era bajita pero yo misma podía ver ya que estaba bien formada, que gustaba, entonces yo quedé embarazada y a la vez traía una infección venérea. Cuando nació mi niña, en la Cruz Roja, se contagió y sus ojitos nunca quedaron bien. Poco después se la llevé a mi mamá y a mi hermana mayor que siempre me protegió.

Nos regresamos a Querétaro, el empezó a trabajar en la Industria del Hierro. Yo ya sabía cómo sacar dinero y aunque él me lo quitaba yo guardaba aunque fuera poquito, entonces me di cuenta que otra vez estaba embarazada, no le dije nada porque él se tomaba unas cervezas y era como si trajera el diablo por dentro, me decía cosas feas, me golpeaba. Me llevó con una señora que tenía una Casa de Citas, ahí los clientes pedían una mujer “vieja” o una “pollita” ahora yo ya era más lista y me guardaba más dinero para la ropita de mi niño y para el parto. Un día se dio cuenta del embarazo y me golpeó más fuerte que nunca como si pudiera sacarme el niño a patadas, cogió un vidrio roto del envase de sus caguamas y se me vino encima, estaba como loco, yo doble el brazo para protegerme y esa es la cicatriz que no puedo ocultar, luego se quedó dormido y yo me arrastré afuera del cuarto para pedir ayuda, mi marido tenía fuerte el vicio del alcohol, cada vez se hundía más. Cuando estaba sobrio me pedía perdón y yo tonta volví con él muchas veces más. Mi niño nació en el Hospital General, también con sus ojitos infectados, al igual que a la niña me llevé al niño con mi hermana y mi mamá, sabía que ahí estarían mejor que con migo, cuando dejé al niño lo estaba amamantando así que duré semanas con los pechos hinchados.

Con el dinero que había ahorrado compré un terreno en Santa María Magdalena, hoy todo eso está urbanizado, ahí construimos con lámina, pasaron los años y yo seguía “trabajando”, varias veces me levantó la policía por prostitución pero me soltaron pronto, yo me volví bien perrucha, me defendía, seguía sacando dinero a los hombres. Nunca pude tener una amiga, mi marido se ponía de galán, les echaba flores y todo acababa en un acostón. Si no podía tener amigas, menos amigos, Yo no supe lo que era una amistad.

Así pasó el tiempo, cuando llegaron los quince años de mi hija yo me endeudé para comprarle su vestido, rentar el salón y hacer la comida. Mi hija quiso que su papá la acompañara y ahí estuvo él con cara de teporocho. Pasando la fiesta otra vez me dio una fuerte golpiza, mi hija me dijo ¡por qué lo aguantas mamá? Eso sí, él nunca golpeó a mis hijos. Maricela dice que ella se volvió como de acero inoxidable para aguantar la vida que le tocó vivir o que ella aceptó. Ella se había venido a la vecindad en donde vivía su mamá,  le vinieron a avisar que su marido estaba hospitalizado, ahí estaba la mamá de él y unas hermanas, él se estaba muriendo, su hígado no resistió más. La suegra dijo al doctor “ella es su esposa” y se retiraron dejando a Maricela para que respondiera por ese “alcohólico, golpeador, padrote”. Él se murió y Maricela recogió el cuerpo y se encargó de darle sepultura. A un lado de ella, sus hijos.

Las venturas y desventuras de Maricela Martínez están aún lejos de terminar como su vida misma, si hereda a su “viejita”, su mamá tan longeva apenas habrá recorrido la mitad del camino. Serán esta colaboración y la siguiente las que permitan cerrar las páginas que hoy podemos leer. Asevera Maricela que fue en su calidad de viuda cuando de verdad empezó a vivir. De nuevo toma una decisión radical: deja a sus hijos en casa de su hermana que ha estado con ellos por casi quince años y se aventura a cruzar con unas amigas la frontera norte, su destino será Carolina del Norte donde tienen algunos contactos, viajan en un camión pollero y en los movimientos “migratorios” las amigas se separan quedando ella sola.  Cruza por el Desierto de Altar Sonora, una serie de circunstancias le permiten llegar al punto acordado y reencontrarse con sus amigas su destino será seguir ejerciendo el oficio más antiguo del mundo. Allá todo estaba más ordenado y los billetes verdes eran un aliciente. Ella ya no era la niña de trece años que se fue de su casa, diecisiete años después sabía con que cartas jugaba. Ahora su dinero era suyo pagando una comisión a la casa.

Maricela sabía sacar el dinero de donde había, ahora ella se cuidaba a sí misma y no la perseguía ningún fantasma y tenía su dinero y sus amigas viviendo en Raleigh NC, fue más bien un paisano que conoció como cliente quien temporalmente le cambió la vida. Después de invitarla a salir informalmente le propuso que ella se fuera a vivir al rancho donde él trabajaba, era un veracruzano alegre, tierno, respetuoso, sabía del oficio de Maricela, ahí la había conocido y no le importaba. Inconvenientes: 10 años menor que ella, se llamaba Fernando y estaba perdidamente enamorado de la mexicana chaparrita, para concluir le ofrecía mantenerla para que dejara de trabajar. Habiendo ella aceptado la enseñó a manejar, la orientó para que comprara un carro, lo fue componiendo y la enseñó a hablar inglés. Estaba lista para insertarse en el mercado laboral. Ella probó varios empleos bien pagados cerca del rancho. Todo parecía perfecto pero nuestra mexicana chaparrita se aburría, extrañaba su vida, le propuso al veracruzano pasar la semana en Raleigh  y los fines de semana en el rancho, Fernando accedió, la quería, pero después de muchas semanas Mary notó frialdad en su relación. Alguien había aparecido entre ellos, y ella había perdido al amor de su vida pero conservó al amigo incondicional que la orientó cuando Maricela decidió volver a México.

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