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Viajeras de Ítaca – Despertar

  • Susana Pagano

Las palabras hicieron eco en su mente. Por un instante se quedó mudo y petrificado. Sentía su corazón latir con una fuerza inusitada, casi como si le quisiera decir algo. El ritmo de la música también parecía haberse acelerado. Damian cogió el control remoto e hizo detener los acordes de una música que de pronto le pareció ajena. Aguzó el oído. No había escuchado nada, pero la sensación que tenía en ese momento era de absoluta alerta. Algo está pasando, se dijo. Pero a su alrededor todo parecía estar inusitadamente tranquilo. El silencio era rotundo, abismal. Se acercó a la ventana de su apartamento cuya vista era la pared de ladrillo del edificio vecino y la escalera de incendios tan emblemática de los edificios neoyorquinos. Desde la ventana no pudo ver nada que le indicara si, efectivamente, estaba sucediendo algo. El silencio continuó tajante. Si había algo que fuera raro en Nueva York era el silencio. Se escuchaban toda clase de sonidos, desde un baterista a la distancia hasta un loco de esos que andan por la calle pregonando historias catastróficas del fin del mundo. No existía el silencio en esa ciudad. Damián tomó su teléfono celular y marcó el número de su chica. Pero la grabación del buzón automático saltó de inmediato. Despacio, como si creyera que con ello podía evitar que pasara cualquier maleficio, Damián se acercó a la puerta del apartamento, echó ojo por la mirilla. De más está decir que por ahí no miró más que el pasillo vacío. Abrió la puerta y salió descalzo como estaba. Se dirigió a la calle sin importarle que afuera estuviera nevando. Esperaba sentir la bofetada de aire gélido en el rostro al abrir la puerta. Se sorprendió de que no fuera así. Pero más se sorprendió cuando se dio cuenta de que no sintió ni el frío, ni el viento, ni ningún otro elemento atmosférico. Incluso, sentía como si caminara sobre una superficie totalmente lisa, sin textura, sin nieve sobre las banquetas, sin piedras en el pavimento. E, incluso, no tenía ninguna sensación en las plantas de los pies. Estoy muerto, dijo en voz alta. Ya no le extrañó que de su boca no hubiera salido ningún sonido. Eso confirmaba la teoría. Estaba muerto. Total y definitivamente muerto. Y bien, ¿Qué se hace en estos casos? Se preguntó. ¿Cómo voy a hacer para ir hacia la luz o hacia dónde demonios se supone que tenga que ir? Pensó en la posibilidad de buscar a alguien, un tipo de bruja o de esas médium que ayudan a los muertos a pasar “al otro lado”. ¿Pero dónde la busco?, ¿Cómo la encuentro? Las preguntas se agolpaban en su cerebro una tras otra sin cesar. Pero si estoy muerto, ¿Cómo es que tengo un cerebro que funcione? Eso no es posible. Si estoy muerto, estoy muerto y punto, no hay vuelta de hoja. O tal vez estoy soñando. Hizo entonces la prueba irrefutable del pellizco y se encajó las uñas en el brazo. El dolor que sintió le confirmó dos cosas: que ni estaba muerto ni estaba soñando. Entonces ¿En dónde estoy?, ¿En una suerte de limbo? Pensativo y meditabundo se encaminó hacia Times Square en donde las luces de los negocios se percibían más luminosas que nunca. Y vio cómo las personas que deambulaban por ahí no tenían rostro, pero tampoco voluntad. Eran como esos muertos vivientes que había visto en películas y series de televisión. ¿Qué debo hacer ahora?, se preguntó. Despertar, quizás. Pero no estoy dormido, dijo otra vez en voz alta a sabiendas de que nadie lo escucharía. Todas esas personas andaban de un lado a otro con la típica prisa neoyorquina tan característica y tan vacía. Fue en ese momento que se dio cuenta. Se percató de que, en realidad, él era el único despierto, el único que sabía que estaba vivo, el único que estaba realmente vivo. Por eso no siento mi cuerpo, se dijo, porque no sólo soy eso, soy mucho más que un cuerpo. Y se maravilló entonces de las muchas cosas que había a su alrededor y que nunca antes había visto, como las almas de las personas. Y aunque ahora se encontraba en una situación distinta a los demás, no sintió miedo, por el contrario, su confianza era tan grande, que pudo elevarse por encima de todos y regresar a casa sin necesidad de moverse. Y repitió sin cesar las palabras que momentos antes habían hecho eco en su mente, una y otra y otra y otra vez.