imagotipo

Viajeras de Ítaca — El silencio

  • Susana Pagano

Llegó a la casa de campo a media tarde. El sol aún no se ponía pero el cielo ya comenzaba a pintarse de tonos ocres, rosas, morados. Rebeca dejó la maleta pesada y estorbosa en la puerta de entrada, ya tendría tiempo de desempacar sus cosas. Por el momento, lo primero que tenía ganas de hacer era recorrer el lugar. Conocer la casa, los jardines y los alrededores. Le habían dicho que estaría en medio de la nada, y no se equivocaban. Literalmente, se encontraba en medio de la absoluta nada. La casa se situaba en un paraje irlandés cercano al mar que funcionaba como Bed & Breakfast. Sólo que ella no estaba ahí para hospedarse y pasar un par de días en la campiña irlandesa, respirar sus aires y relajarse antes de volver al bullicio de una ciudad que la esperara en algún otro punto del planeta. Sino que ella iba ahí a permanecer durante los meses del otoño e invierno. El objetivo, cuidar la casa y atender a los pocos huéspedes despistados que fueran a parar a ese apartado rincón del mundo. Sin embargo, existía también un objetivo muy personal: escribir y pintar. Escritora de primera profesión, ansiaba desde hacía tiempo ir a algún sitio tranquilo en el que pudiera echar a rodar su imaginación sin que nada ni nadie la interrumpiera. El sueño de todo escritor, pues. Así que ahora se encontraba ahí en medio de verdor, humedad, aire frío y soledad.

El silencio fue lo que más llamó su atención. Era rotundo, penetrante, irrompible. Quizá más adelante vinieran las tormentas invernales en las que zumbara el aire y se estremecieran los árboles con tanto viento pero, de momento, el silencio era el protagonista principal de ese sitio. No se escuchaba el ladrido de perros en la distancia, el balar de ovejas o el zumbido de una mosca. Lo único que Rebeca podía escuchar eran sus propias pisadas. De antemano sabía que llegaría el frío extremo para su sangre tropical, y se había preparado física y mentalmente para ello lo mejor que había podido, pero nadie la había preparado para la ausencia de sonido. Nacida en una ciudad en perpetuo movimiento, se sintió ahora desconcertada y desprotegida. Aquí no existían los bocinazos de coches atormentados por la prisa, los gritos de gente en su continuo vaivén; el cotilleo de vecinos que se lamentan, critican o vociferan; tampoco el rugido de camiones trayendo materiales para la construcción, ni el loro de algún vecino clamando por la llegada de: “el aguaaaaaa”…

Un leve, muy pero muy leve ruido la sacó de sus cavilaciones. Se giró en redondo. Afinó el sentido del oído, el cual en estos momentos no era del todo bueno debido a la costumbre que se tiene de escuchar tantas cosas al mismo tiempo y a lo que termina uno por no escuchar nada en realidad. Así que ahora se vio obligada a forzar su sentido de la audición al máximo. Venía de afuera. Lo supo de cierto cuando lo volvió a oír. Su corazón comenzó a latir con rapidez. Si bien se había dado cuenta de que este lugar representaba un santuario de silencio, ahora se desconcertaba de escuchar un ruido que no parecía venir de la naturaleza misma. Eran pisadas. Tenues y delicadas sobre las hojas secas del otoño. Se aceleró aún más el pulso cardiaco y su respiración parecía que estaría a punto de convulsionarse. De nuevo las pisadas. Una, dos, tres. Su cerebro se puso a trabajar a marchas forzadas. Recordó la película de El resplandor. En los archivos digitales de su memoria apareció el rostro enloquecido de Jack Nicholson amenazando a su esposa con un hacha. Ahora sí, su corazón parecía un ser frenético con voluntad propia. Rebeca, petrificada y absorta, permaneció sin moverse. Dejó de respirar, dejó de sentir el frío, dejó de tener conciencia de su propio cuerpo.

Nuevamente las pisadas, poquitas, pequeñas, suaves. También llegó para atormentarla su natural psicosis citadina e imaginó que se trataba de un ladrón. Pero también podría ser un lobo, un oso, un depredador contra el que ella no tendría defensa alguna. Nuevas pisadas. Más fuertes, más rotundas, más decididas esta vez. Paralizada, siguió sin moverse. Y entonces apareció el causante de los misteriosos pasos. Un joven y majestuoso venado de cola blanca. Las miradas de ambos se encontraron. Ella sonrió sintiendo que se aligeraba su corazón. Y sin embargo, siguió sin moverse, ecuánime. El cervatillo la miró y también permaneció inmóvil, a la expectativa. Se sostuvieron tanto la mirada que terminaron por conocerse, por volverse amigos, por sentirse cercanos uno del otro. Rebeca supo entonces que había llegado a una especie de edén, y que no había ningún otro lugar del mundo en el que, en ese momento, deseara estar.

www.susanapagano.com