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Viajeras de Ítaca – El viaje de los muertos

  • Elizabeth Mejía

Todas la personas y en todas las épocas nos hemos preguntado a dónde vamos al morir, por ello en todas las culturas y en todas las épocas la muerte se envuelve de mitos y leyendas, además todas las religiones nos dan alternativas que, a veces, satisfacen nuestra curiosidad. En el México prehispánico no hubo una sola fecha para recordar a los muertos ya que a lo largo del año recordaban a los adultos, a los niños, a los muertos relacionados con agua y a los muertos en la guerra. Si hacemos el equivalente con nuestro calendario las fechas se repartían en todo el año, así en enero se recordaban el 30; en agosto era el 3 y el 23; en octubre era el 2 y 22; y el 11 de noviembre. La gran fiesta era el 23 de agosto, se realizaban ofrendas en el patio de las casas con fruta, guisos y dulces, ropas y herramientas de acuerdo a su oficio. A los relacionados con agua era el 2 de octubre y a los guerreros el 11 de noviembre.

Todo esto cambia drásticamente a la llegada de los españoles y por decreto papal se instituye como únicas fechas el 1 y 2 de noviembre. Actualmente, y por el sincretismo de costumbres indígenas e hispanas, cada región tiene particularidades, por ejemplo, en algunas regiones de Puebla se cree que el día de San Miguel, a fines de septiembre se abre la tierra y las almas de los muertos vagan entre nosotros, de esta forma las ofrendas y comida que se ofrece a los muertos el 1 y 2 de noviembre es la despedida y el regreso de los muertos al más allá.

Regresando a la pregunta de ¿A dónde van los muertos? Entre los mexicas se creía que los muertos tenían varios destinos: al cielo Omeyocan si eran guerreros o mujeres muertas en el primer parto; al inframundo al Tlalocan, si eran muertos relacionados con el agua; junto al árbol de los mantenimientos Chichihuacualco, si eran niños y al inframundo al Mictlan para todos los demás. El camino a su destino era directo para los primeros tres, pero los que iban al Mictan tenían un largo recorrido con nueve obstáculos, en el primero, el Izcuintla, lugar de los perro y acompañado de su propio perro, después, llegar a un espejo de agua (Apanohuaia donde se pasa el agua), donde les esperan cuervos que deben distraer con maíz, para luego colocar un cordel rojo al perro y nadando sobre él cruzar el agua. Este relato lo registra fray Diego Durán, que dice que el perro debe ser rojo, porque un indígena le contó que preguntó al perro negro y dijo que no por estar sucio, el blanco no lo hace porque ya se bañó, de modo que destinan a este fin a los perros pelones rojos. Además, el espejo de agua, en algunos pueblos se registra como río, en otros como laguna y otros como mar, dependiendo de su geografía.

En el segundo obstáculo tenían que pasar entre dos montañas Tepectli Monamictan, donde tenían que dejar presentes; en el tercero, Itztepetl, donde la piedras son de obsidiana; en el cuarto nivel Itzeecayan, donde el viento corta helado como navajas; en el quinto nivel Paniecatlayan, donde aparecen otros muertos y para cruzar deben darle regalos; en el sexto deben eludir flechas errantes de guerreros, llamado Timiminaloyan; en el séptimo nivel Teocoyohuehualoyan deben enfrentar al dios Tezcatlipoca, donde los jaguares deberán los corazones. Por último, cruzar por un lugar de niebla hasta llegar al Mictan, ver a Mictlantecutli y por fin descansar. Por esta razón los muertos se acompañan de ofrendas variadas, para dejarlas como presentes en su largo viaje.