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Viajeras de Ítaca – El violinista de dedos largos

  • Susana Pagano

El Concierto para violín en F mayor hacía vibrar la sala mayor del palacio de Bellas Artes. El telón de Tiffany, único en el mundo, permanecía cerrado. No había músicos en el foso frente a escena, ni público en las butacas, mucho menos un director dirigiendo los instrumentos. Los palcos permanecían vacíos y mudos. Pero la música resonaba llenando el recinto de ritmos armónicos. La soledad era la compañera del escenario y la melodía sólo reafirmaba esa soledad, ese vacío. Así encontró el violinista el recinto, abrumado por la música que se movía en el viento como olas de mar. Se preguntó quién podría estar interpretando un concierto, con todos sus instrumentos, sin que nadie pudiera ver a los participantes. Tampoco se escuchaba que la música viniera de algún aparato de sonido. Ni sucedía que estuviera soñando.

Había venido a ensayar. Le gustaba la grandeza del Palacio y quería escuchar los acordes de su violín dentro de esa inmensidad. Pero nadie le dijo que se encontraría con  esa algarabía musical. Con sigilo, se dirigió hacia el foso de la orquesta, debía haber alguien ahí. Pero en cuanto se acercó lo suficiente, la música cesó. De súbito, sin aviso ninguno. Exactamente como si alguien hubiese apagado el aparato de sonido imaginario. El violinista, un joven apuesto de origen extranjero, rubio y de ojos azules, se detuvo en seco, paralizado, aunque no de miedo. De incertidumbre. De curiosidad. Revisó los rincones de procenio, del escenario; buscó entre piernas, telones y bastidores. No halló nada que sugiriera alguna anomalía. Se alzó de hombros, como dando por hecho que en México pasan cosas raras. Más si se trata de lugares como el Palacio, estos sitios están llenos de historias y leyendas, dijo para sí y acomodó la silla frente al telón de cristal. Con sus dedos largos posicionó el violín bajo su barbilla. De inmediato, el arco se deslizó por las cuerdas con dulzura, con maestría. Es un virtuoso, y el instrumento lo sabe. Porque el violín es un ser vivo que siente las palpitaciones de su dueño y obedece a sus caricias como una mujer a su amante. El recinto se volvió a invadir de música, de entusiasmo, de gloria. El músico se relajó por completo. Cerró los ojos para ver las notas en su mente y así ver la música, los acordes y los tonos; y los veía con colores y de diferentes tamaños. Era su manera de relacionarse con la música. Sintió entonces la caricia de una mano sobre su mejilla. Dio un brinco y abrió los ojos azul mar que se encontraron con los ojos negros de una mujer joven. También muy bella. De una belleza exótica, que él no había visto nunca, con la piel del color del cobre y cabellos lacios tan negros como la noche. Su cuerpo lleno de curvas sensuales que apenas iban cubiertos con una túnica ligera. Se contemplaron mudos, en silencio. Ambos resonaban ahora la música desde adentro. Él sintió una punzada, un anhelo impetuoso. No supo por qué, ni siquiera la conocía. La mujer sonrió para luego depositar un beso suave en los labios del violinista; fue apenas un roce pero parecía una invitación que no ha de ser rechazada. El joven músico dejó caer al suelo el violín junto con el arco y sus ganas de ensayar; quedaron tendidos y maltrechos a los pies de mujer de ojos negros. Se resintió el violín. Ha sido tratado como un objeto despreciable que se puede tirar a la basura sin miramientos. La tabla armónica y la tabla de fondo crujieron de forma lastimera, doloridas. Pero el violinista igual no escuchaba nada. Sólo podía contemplar los ojos seductores de esta sirena azteca que lo hipnotizaba con su mirada y su sonrisa. Te he visto, le dijo ella en una lengua desconocida para él y que, sin embargo, entendía. ¿En dónde? Aquí, respondió, en este mismo espacio, tocando tu música; sabía que vendrías hoy, por eso te recibí con tu concierto favorito, ¿te gustó? Él no pudo responder, no se sentía apto para ello, pues sólo estaba conciente de ella y de cómo dejaba caer la túnica para mostrar la perfecta desnudez de su cuerpo dorado. El violinista apresó en sus manos el cuerpo turgente de la mujer que se le ofrecía sin condiciones. Y se fudió con ella en un abrazo sensual que los convertía en un solo fuego y en una sola carne. Desde entonces se pertenecen uno al otro porque se aman en el tiempo y la eternidad.

Lo buscaron por doquier. En los palcos, en los camerinos, en los pasos de gato y tras bambalinas. Abajo del escenario, incluso. Lo cierto es nunca se volvió a ver al violinista extranjero de dedos largos y ojos de mar. No hubo cuerpo ni delito qué perseguir, y tampoco quien diera cuenta de lo sucedido. Sólo un violín, olvidado y triste, arrojado con descuido sobre el escenario, que quedó como mudo testigo del abrazo de los amantes convertidos en cristal, en el que una mujer dormida ha despertado de su sueño eterno para llevarse a su amante al lugar del que nunca debió emerger.