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Viajeras de Ítaca – ¡Feliz cumpleaños Kinich Ahau Pakal!

  • Elizabeth Mejía

En 1950 llegó el ferrocarril a Palenque, Chiapas, y con él un grupo interdisciplinario encabezado por el arqueólogo Alberto Ruz Luhier. De procedencia cubana e hijo de un militar, era un hombre serio y estoico. La comitiva arribó a la zona arqueológica de Palenque, cubierta de selva alta y envuelta en leyendas, ya que los lugareños le temían a este lugar. En los siguientes dos años, restauraron y, acorde a la época, reconstruyeron los monumentos.

Era común en aquel tiempo, y sigue siendo en la actualidad, que los arqueólogos lleven un diario, y con Alberto Ruz no fue la excepción. En su diario, que fue conservado, registró sus principales observaciones. Sobre el templo principal o “Templo de las Inscripciones”, Ruz anotó que los muros iban hacia abajo y que en el piso había un cuadro de piedra o lápida que se podía mover. La levantó y vio dos escalones. Así empezó la aventura.

Excavaron por meses y sólo veían escaleras. Cuando llegaron a la mitad de la altura del templo, a punto de rendirse y que les quitaran el presupuesto, hallaron un esqueleto, vasijas y otra lápida. Con este descubrimiento, lograron convencer a las autoridades del INAH de que aportaran más dinero para continuar con las excavaciones. Pasaron meses quitando escombros y descubriendo escalón por escalaron. Parecía no tener fin. Fue cuando llegaron casi al nivel de la plaza que hallaron cinco esqueletos y una lápida vertical. La removieron el 15 de junio de 1952 y vieron, entre humedad, estalactitas y estalagmitas, un gran cuadro de piedra que Alberto Ruz interpretó como altar. A los pies del espacio rectangular, había dos máscaras modeladas en estuco (cal, arena y agua), mientras que las paredes estaban cubiertas por la representación de los nueve señores de la noche y el inframundo, también modeladas con estuco. En la gran laja que cubría el altar, se veía a un dios, fechas, el gran árbol del universo, la vía láctea y en su canto, más fechas e inscripciones.

Como la lápida estaba ligeramente inclinada, Ruz compró gatos hidráulicos y corta madera para levantarla y nivelarla. Con arduo trabajo, levantaron centímetro a centímetro las 5 toneladas que pesa la gran pieza. El 28 de noviembre de ese año, lograron ver el interior y ahí observaron lo que parecía un pez y dos orificios sellados en lo que podría ser otra lápida. Ruz abrió los orificios. Por uno metió la linterna y por el otro se asomó, logrando ver parte de un pie y una figurita. Con ello quedó al descubierto la tumba del Rey, lo que sería el comienzo de otra gran aventura, ya que faltaba levantar lo que pensaban que eran dos lapidas y ver quién reposaba dentro.

Todo esto cumplió la semana pasada 65 años. Las palabras de Ruz al levantar la tapa fueron algo en la línea de: “veo por primera vez, lo que los sacerdotes cubrieron y vieron hace siglos”, y provocaron las lágrimas de los trabajadores, Mayas de Palenque, que fueron testigos del hallazgo.

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