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Viajeras de Ítaca –- Gente buena, gente mala (Testimonios III)

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

Por fin llegó el día en que la familia de Maricela se mudó a Querétaro. Oliva, la madre, había empacado en unos bultos la ropa y los trastes, eran pocas cosas a trasladar. Esteban consiguió una troca, subieron los bultos y sentaron arriba a los niños más pequeños. Así emprendieron el viaje a Querétaro. Maricela venía muy contenta, esperando que en esta ciudad la vida fuera bondadosa con ellos. Recuerda muy bien que llegaron a una vecindad ubicada en Reforma 85 en lo alto de Sangremal, cerca del convento de La Cruz.

A los dos días Esteban llevó a Maricela al Mercado Hidalgo con su hermana Prisca quien ahí tenía un puesto de comida; la niña podía ayudarle a lavar los trastos y ella recibía un sueldo y sus alimentos. Ese primer día, al recoger el puesto, Prisca le dijo: sobró comida ¿Te la quieres llevar? Ella dijo que sí y cargó con la olla de caldo de res a lo largo de muchas cuadras, no importaba el peso, a ella nada le quitaba la ilusión de llevarles comida a sus hermanitos. La niña estaba agradecida con Esteban, segura de que los trajo a vivir a un lugar mejor. Maricela también feliz, pues tenía trabajo y salía todas las tardes con un itacate, pensando siempre en llevar algo de comida a casa.

Pocos días después el administrador del mercado llamó la atención a Prisca porque tenía a una menor trabajando en su puesto, le dijo que a él lo iban a multar por eso, que tenía que despedirla.  Prisca le había tomado cariño a la niña y fue a la calle de Morelos con Martha la güera, una conocida suya, le dijo que la niña necesitaba trabajar para ayudar a su mamá, que a nada decía que no y aunque chiquita (iba a cumplir nueve años) hacía bien todo el quehacer.

El trabajo fue “de quedada”, entraba los lunes y salía el domingo temprano, se iba a su casa y regresaba de nuevo el lunes. Ahora ya no podía llevar alimentos para sus hermanos entonces empezó a tomar un poco de frijol, un poco de arroz y así cada semana podía llevar algo, ella sabía que era un robo, pero había sentido en carne propia lo que era el hambre y la necesidad.

La güera, como le decía Prisca, y sus dos hijas se cambiaron de domicilio varias veces, pero el último lugar fue el No. 13 en la calle de Otoño, donde escuchaban pasar el tren. La señora Martha, desde antes de llegar el otoño, tenía un novio del vecindario al que empezó a meter a la casa. Sucedió que un sábado salieron de paseo y al regresar venían haciendo un escándalo porque decían que al novio se le había perdido la cartera. La güera mandó a la niña a la tienda a comprar una veladora para pedirle a Dios que apareciera. Cuando regresó Maricela tratando de ayudar, encontró la cartera debajo de una llanta. El novio estaba furioso, dijo que no se creía el cuento de que la hubiera encontrado debajo de la llanta. La güera le dijo “niña enciérrate en tu cuarto” este hombre está muy enojado (no paraba de gritar: la voy a matar). Desde San José Iturbide varios hombres culparon a Maricela de algo que ella no había hecho y su coraje hacia los hombres iba en aumento. Cada día los detestaba más y más.

Maricela, como me lo ofreció, me cuenta lo que sintió tantas veces aquella niña de menos de nueve años, me dice: Maestra, yo le platico a usté y usté lo escribe, yo estoy segura de que habrá a quien le sirva leerlo.

guayus@hotmail.com