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Viajeras de Ítaca – La bella durmiente

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

I

A mi amiga Martita con todo mi cariño

II

Sonó el teléfono a las cinco de la mañana –¿te desperté amiga?- ayer que nos vimos se me olvidó preguntarte –¿tú ya fuiste a Antea?, yo quiero conocer el Palacio de Hierro, dicen que está espectacular. (Ay, Dios, qué le contesto a mi amiga a estas horas de la madrugada). Sí Martita, sí he ido una o dos veces. – ¿Me llevas amiga?, contigo si me deja ir Luis, todavía no manejo mi carro nuevo tan bonito, por fin lo terminé de pagar.

Cierro los ojos, me quedan dos horas de sueño, el resto es un día largo, los viernes siempre se acumula el trabajo, más ahora que se aproxima el fin de año. En la duerme vela me quedo pensando en Martita, mi amiga, mi compañera desde la primaria, mi confidente, yo supe primero que nadie que, entre tantos pretendientes que tenía en la “uni”, se había comprometido con Luis. Dos años de novia, se casó, tuvo sus hijos, pero nunca dejó de trabajar, siempre fue cumplida y así le llegó la jubilación. Creo que para ella no fue bueno quedarse en su casa con Luis, tan posesivo y sus estados de ánimo como rueda de la fortuna: hacia arriba, hacia abajo.

Vuelve a sonar el teléfono, -amiga, no te has levantado. ¿Cómo dijiste que se llama el libro de Augusto?  Ah, sí, “Así en la tierra como en el cielo”, ¿ya lo leíste?, ¿lo tienes?, ¿me lo prestas? Yo lo tengo que leer, tengo que conseguir uno para mí, para que me lo dedique. ¿Recuerdas que Augusto era nuestro amigo? Él era brillante, cómo podía hacernos caso, recomendarnos libros a nosotras, una parvada de mocosas. Ay amiguita, ¡¡ya te tienes que ir a trabajar!!!

III

Pues sí, ya tengo que darme prisa, bañarme rápido y tomar un desayuno frugal, tengo que buscar el libro porque me habla de nuevo Martita, pero la prefiero así como está ahora llamando cada rato, haciendo planes demandando respuestas que, como había estado en esos largos meses en los que para hablar con ella era necesario sacarle las palabras con tirabuzón, meses interminables en los que una invitación a salir siempre tenía como respuesta un dulce y melancólico “no gracias, por ahora no, quizá más adelante”, días eternos en los que permanecía dentro de su cuarto en una hermosa pijama, en los que apenas salía yo de su habitación, ella cerraba la cortina y se deslizaba de nuevo entre las suaves sábanas una vez más como diciéndole al mundo de nuevo, déjame por ahora dormir en paz.

guayus@hotmail.com