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Viajeras de Ítaca – La casa de las orquídeas

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

Este pasado abril Jesús formalizó su noviazgo con Adela, el futuro suegro puso un año de plazo para la boda como suele acostumbrarse en la región, la madre de Adela puso macetas nuevas para cultivar su flor preferida, la orquídea.

Jesús, seguro de que sus planes iban por buen camino, se había adelantado a comprar una casa en la calle en la que siempre soñó vivir. Es un decir que compró una casa, sería mejor aclarar que tal propiedad había sido una casa, llevaba décadas con los techos por los suelos y los muros de adobe siempre húmedos por las constantes lluvias, aun así la fachada conservaba cierta nobleza: el portón del zahuán, tres ventanas al lado derecho y una al izquierdo, pocas casas en la cuadra presentaban un frente tan amplio. Como todas las casas de la pequeña ciudad, la fachada remataba en lo alto con un alero que protegía de las lluvias.

Jesús buscó a los maestros constructores más conocidos en la localidad, don José Alva y Salvador Molina, ambos aceptaron encargarse de la obra y empezaron a diseñar el trazo, habría un patio al centro, como lo había tradicionalmente en las casas de la localidad, los corredores serían imprescindibles al menos en tres costados y tal disposición sugería de forma casi automática la posición de comedor y cocina en el corredor del fondo como lo habían solucionado en las casas y casonas de Pátzcuaro, por más de tres siglos. Habría recámaras en los otros dos costados. La principal, como era costumbre tendría mayores dimensiones y ventanas que daban a la calle.

Jesús había pasado unos años en Morelos ejerciendo su profesión de cirujano y ahí tuvo oportunidad de conocer a Rodolfo Ayala, quien antes de jactarse de ser arquitecto se jactaba de ser un humilde diseñador de casas. En efecto, en la década de los cuarentas había llegado a Cuernavaca una importante población de norteamericanos que, atraídos por la visión de una cultura diferente al sur del Río Bravo, al término de la segunda guerra mundial se encontraban impactados con la época de oro del cine mexicano, así la ciudad de la eterna primavera se convirtió en una colonia de norteamericanos con muchos dólares y deseosos de apropiarse de manifestaciones de la cultura mexicana para plasmarla en la arquitectura que los cobijaría. Ahí la intervención de Rodolfo, “El Loco” Ayala fue fundamental, construyó casas con arcos, cantera, madera, molduras y otros “mexican curious”. El Loco le dijo a Jesús –Ay de ti si no me invitas a dejar una huella cuando construyas tu casa-.

Volviendo  de nuevo los ojos a la casa de Jesús, los experimentados “maestros constructores”, dueños de los saberes ancestrales de la arquitectura del lugar, una vez que sacaron los escombros y limpiaron el terreno calcularon la dimensión del patio central y las de las habitaciones con su conexión al corredor pero también interconectadas entre sí. El largo y ancho de cada habitación se hizo de acuerdo a la longitud de las vigas que se consiguieron en los aserraderos próximos, vigas de yarin, del corazón del pino maduro. La separación entre viga y viga respondería al plafón de tejamanil y el entrepiso del tapanco obligado por la inclinación del tejado que coronaría la cumbrera. Los maestros vieron con buenos ojos las sugerencias de Ayala de insertar un núcleo de baños y closets en una ingeniosa disposición entre las habitaciones. La ubicación de la sala junto al comedor en el ángulo con una novedosa integración de los dos espacios mediante una gualdra o cerramiento formado por tres vigas sostenidas por unas elaboradas zapatas o ménsulas.

Ayala propuso a Jesús que comprara cierto material de demolición de casonas virreinales que sucumbieron a la piqueta ante intereses financieros en la capital. De ahí salió la puerta chaparrita de la sala, antiguo postigo de algún portón renovado y los repisones de las ventanas con sobrias molduras de cantera. Los soportes de los corredores son pilares de sección cuadrada con profundo estriado sobre bases de piedra y en la parte superior ménsulas molduradas. La construcción fue tomando forma y si no fuera por los detalles de Don Rodolfo cualquiera imaginaria que la casa llevaba siglos. La última notable intervención de Ayala fue en el pavimento del patio que se resolvió como un gran tablero de ajedrez jugando con piedra volcánica de dos colores negra y roja junteada con cemento del color correspondiente. Solo quien había visto los trabajos escultóricos de Diego Rivera podría comprender el origen de esa idea.

Se fueron ultimando los detalles de la construcción y los carpinteros dieron acabado a los muebles nuevos que alternaron con algunos que pertenecieron a la abuela de Adela; su madre llevó en los últimos días de abril, antes de la boda, las treinta macetas de orquídeas de tallo largo y robusto, con los botones de la flor a punto de reventar y que colocaron en bancos de metal al derredor del patio.

Por fin llegó el esperado día. La víspera Jesús le había dado una última vuelta a la casa que ya estaba limpia y reluciente. La pareja dormiría ahí después del banquete de bodas, durante quince días antes de salir de su viaje de luna de miel, por eso él quería asegurarse de que todo estuviera ‘al centavo’. Dio indicaciones a la cocinera que cuidaría la casa: debía dejar durante el día el portón del zaguán abierto, como era la costumbre, solo cerraría el cancel que separaba el patio.

Al salir de la casa algo nuevo llamó su atención, no había visto tantos brotes morados. Al día siguiente saliendo de la misa de bodas la gente comentaba sobre las hermosas orquídeas moradas que durante la mañana se habían abierto en el  patio de la casa de Jesús y Adela, como para darles la bienvenida.