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Viajeras de Ítaca – La escultura hiperrealista

  • Mariana Figueroa Márquez

La figura humana ha sido inspiración para el arte a lo largo de la historia, pero quizá nunca tan vívidamente como cuando la escultura hiperrealista entró en la escena.

En la antesala de los 60, algunos de sus más importantes precursores de la escultura hiperrealista fueron el neoyorquino George Segal (1924-2000), quien comenzó a realizar esculturas en yeso y a modelar el cuerpo humano; Duane Hanson (1925-1996), quien incorporó resina de poliéster y fibra de vidrio en sus obras y John De Andrea (1941), conocido por sus impresionantes esculturas de tamaño natural.

Desde entonces, las técnicas tradicionales han evolucionado y decenas de artistas han volcado su talento en la perfecta recreación de la figura humana. Recuerdo la sensación de estar parada por primera vez frente a la obra “En cama”, del australiano Ron Mueck. Una mujer de piel blanca y cabello castaño yace en un colchón de más de seis metros de largo con sábanas blancas, recostada en un par de almohadas. Su mirada se pierde en el horizonte y tiene el gesto preocupado de quien se lleva una mano al rostro; la escultura mide 1.65 metros de alto, un detalle que no parece azaroso cuando nos damos cuenta que, al contemplarla, sus ojos y los nuestros están más o menos a la misma altura.

La monumentalidad en este tipo de obras es asombrosa porque nos permite ver con más detalle el trabajo minucioso del artista, la imperfecta disposición de la cutícula en las uñas, las arrugas en la muñeca o el codo, las venas y arterias por debajo de la piel, y todo ese conjunto de imperfecciones que hacen aún más real la obra: arrugas, espinillas, ojeras, manchas…

Cuando se trata de obras a escala humana, crece esa sensación inquietante, porque pareciera que las piezas van a moverse en cuanto les quitemos los ojos de encima. Tal es el caso de las obras de Daniel Firman, como aquella de una chica que está recargada contra una pared,  con la cabeza  cubierta con un suéter. Al entrar al museo, pensamos que en algún reducto de esa pared exite algo que observar y que hay alguien haciéndolo, por lo que tendremos que esperar nuestro turno. Tomará poco tiempo darnos cuenta de que nos han tomado el pelo y que lo que estamos viendo en realidad es la obra de arte.

El arte hiperrealista, en especial el arte escultórico, uno de mis favoritos, levanta siempre muchas pasiones encendidas entre los críticos, algunos de ellos lo colocan al nivel de quien hace maniquíes (muy buenos y detallados maniquíes) o prototipos para hacer explotar en las grandes producciones cinematográficas hollywoodenses.

Para mí se trata de un verdadero deleite, que estruja y estremece, que nos devuelve esa mirada sobre nosotros mismos como género humano, en el amplio espectro de ese abstracto llamado arte contemporáneo. Por ello la escultura hiperrealista es una de las cosas que más me emociona. Quizá  me significa estar frente a la materialización de la propia esencia, pero congelada en el tiempo y el espacio, y tener el privilegio de observarla con detenimiento.

@marianfi