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Viajeras de Ítaca — La infancia de Maricela… Perico. Testimonio II

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

Tengo frente a mí a una niña de ocho años, Maricela que habla y deja ver lo que no dice y solo comunica con la mirada.

–Imagínese usted Maestra, a veces llegábamos corriendo a la casa de mi abuela, niños al fin queríamos un poco de cariño, una palabra suave pero para pronto ella decía: “Niños, váyanse corriendo a su casa, ya su mamá los anda buscando” y entonces corríamos con mi mamá, ahí si nos sentíamos queridos. Solo un hermano de mi mamá que era soltero nos trataba con más cariño, a mi que parecía siempre la jefa de la pandilla, aunque no fuera la mayor, me puso el apodo de Perico, así me siguieron diciendo y a mí me gustó porque para él yo era alguien especial.

Había un amigo de mi mamá que en la semana trabajaba en la mina pero el fin de semana lo pasaba en mi casa, ningún otro “amigo” cruzaba la puerta. Él trataba bien a mi mamá y a nosotros, además de comida de la que estábamos sedientos, nos traía dulces y galletas, jugaba con nosotros y hacía reír a mi mamá, en el pueblo le decían “tortuguita” Yo creo que mi hermano pequeño al que tanto quiero, es hijo de él. Pocos años después fue él quien le propuso a mi mamá que viniéramos a vivir a Querétaro.

Recuerdo que en aquellos años no teníamos casi ropa y andábamos descalzos, mi hermano que seguía de mí para arriba se consiguió unas cajas de cartón y unos lazos y me hizo unos zapatos bien reforzados porque yo, Perico, era la encargada de ir a todos los mandados y corría para todos lados. Un día, una señora le llevó a mi mamá una caja de ropa, estaba limpia y casi nueva, a mí se me fueron los ojos con una batita amarilla con dibujitos y me la puse, me sentía bien elegante y me fui por las tortillas al portal. Estaban ahí unos hombres y les oí decir riéndose: “La hija de Pito Pérez (así le decían a mi padre) ya salió panzona”. Yo no sabía que mi batita era de maternidad, a mi me quedaba arriba de la rodilla y nunca había visto una tela tan bonita, yo tenía siete años pero sentí la ofensa en las palabras burlonas de esos hombres.

Yo no me acuerdo cuando se fue mi papá de la casa, en mi memoria se borró su cara por eso cuando mi madrina le pidió a mi mamá permiso de llevarme con ella a México y le dijo que veríamos a mi papá yo dije que si quería ir. Fuimos a muchos lados en la troca de mi padrino, ya en la tarde llegamos a donde vivía mi papá, nos abrió la puerta, traía un niño en los brazos, mi padrino le dijo: mira Rufino, esta es tu hija Maricela, mi ahijada, sus palabras fueron –mira nada más, me la traes ahora que no tengo dinero. Después de un rato nos regresamos para San José. Yo estaba triste, pasaron muchos días y seguía triste. Yo no quería dinero, solo quería conocer a mi papá.

Por lo que me platica Maricela veo en ella a una niña de siete años que quería ser la mamá de sus hermanos, que quería ser la mamá de su mamá a la que tanto adoraba, para prueba un botón: un día caminaba en el portal y vio unas bolsas de juguetes de plástico, vio que la dueña estaba ocupada y con toda seguridad metió la mano en la bolsa y sacó un carrito VW, ella pensó: “¡Mi hermanito pequeño nunca ha jugado con uno!” Días después llegó la noche del 5 de enero, su mamá, que sabía que podía contar con ella, le pidió que fuera al portal a comprar diez bolsitas de dulces para los Santos Reyes, Maricela llevaba diez pesos. Recorrió los puestos, compró los dulces, los metió en una bolsa y donde había juguetes se detenía, como estaba flaquita, entre los adultos nadie puso atención, fue escogiendo un juguete para cada hermano, sin pagarlo y regresó a su casa. Todavía ayudó a su mamá a acomodar los dulces. En la mañana los niños despertaron felices con sus inesperados regalos, la mamá miraba con cara de interrogación a Maricela que se hacía la sorprendida.

–Va usted a creer, Maestra, hasta la fecha ¡mi mamá cree en los Santos Reyes!

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