imagotipo

Viajeras de Ítaca –- La Infancia de Maricela

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

Es viernes, espero oír el timbre, es la hora en que llega Maricela. Se siente en el aire algo de nerviosismo, ambas sabemos que hay un pacto entre nosotras, algo que las dos estamos esperando. Ella toma la delantera, me dice “que le parece si me apuro con el quehacer maestra, mientras usted trabaja en lo suyo y luego nos ponemos a trabajar juntas”. Horas después se me presenta, hay cierta tensión al iniciar pero un franco deseo de rehacer su historia.

“Mire maestra, yo de lo que recuerdo de niña es entre los cinco y los nueve años, que fue cuando nos venimos de San José Iturbide a Querétaro, yo fui la quinta hija de diez hermanos. El de mis padres fue lo que yo llamo ahora un matrimonio “disfuncional”, tanto que yo no tengo recuerdos de mi padre. Mi madre se llama (todavía vive mi viejita) Oliva Martínez Gallardo y mi padre Rufino Martínez Gallardo. Desde que era una niña de seis, siete u ocho años, solo siento odio hacia mi padre, porque nos abandonó, porque dejó a mi madre con diez hijos y no le importó que pasáramos hambre. A mi madre la vi entonces y la sigo viendo ahora como una mujer muy hermosa, ganó un concurso de Reina de la Primavera, todo el pueblo lo decía, ‘Olivia es muy hermosa’, pero para desgracia de ella, cuando mi padre se fue ella tuvo que lavar y planchar ajeno para alimentar tantas bocas. Cuando ella regresaba del trabajo traía tortillas, queso y un pedazo de chicharrón.

Mari dice que hay cosas que marcaron su vida, porque ella lo permitió. Yo me pregunto cómo podía permitirlo o no una niña de siete años, como el odio a su padre y también a la familia de su madre: tíos y especialmente a su abuela materna, que no apoyaron a Oliva, su madre, y la dejaron sola con tanto chiquillo.

Maricela a los siete años tenía ya un pensamiento precoz, se dio cuenta de que su madre empezó a salir con hombres. La niña a esa edad no juzgaba nada, solo sentía que su mamá no lo hacía por gusto nomás, sino para obtener dinero y darles de comer a sus hijos. Recuerda Maricela que la mandaba al cuartel a buscar a un soldado y que los compañeros le decían “Cabo, ahí viene tu hija por lo de las tortillas”.

Frecuentemente iban a San José unos hombres de Querétaro, llevaban botellas y se sentaban en una zona arbolada en la que había un manantial, un día se acercó Manuel, hermano de Mari, y los hombres le empezaron a dar de beber, más y más hasta que estuvo totalmente ebrio. Maricela sintió que la semilla del alcohol se fijó en su sangre. El comandante de policía se llevó a encerrar a Manuel, su madre imploraba que lo dejaran libre, que era apenas un niño. Después que tanto ruego lo dejaron salir. Ya iban camino a casa y la mamá dijo “váyanse yendo, ahorita los alcanzo”, no le agradecí al comandante. Maricela a los siete años intuyó como iba su madre “a pagar el favor”. Siendo una niña, tuvo conciencia que a veces haciendo “ciertas cosas” obtienes dinero, o que puedes cambiar favores por dinero.

Con todas estas tragedias Maricela se laceraba como si ella pudiera cambiar el destino de su familia. Su mamá era una mujer que andaba con un hombre por temporadas pero ella siempre la defendió y empezó a odiar a los hombres que la utilizaban a cambio de comida. Con el paso del tiempo entendió que en la   pobreza no había maldad, que cada quién navega como puede.

En este fragmento de la vida de Maricela se reconoce el odio que sintió por  quienes los abandonaron (padre y abuelos), el eterno sentido de comprender y defender a su madre, y un sentimiento actual, nuevo renovado: entender a la abuela porque “nadie puede dar lo que no tiene”.

guayus@hotmail.com