imagotipo

Viajeras de Ítaca — La vida en un palacio andaluz

  • Mariana Figueroa Márquez

En el 2010 tomé un año sabático que culminó en Sevilla, España, en donde trabajé junto con mi esposo como parte del equipo de un hostal, a continuación reproduzco algunas de las vivencias escritas en aquellos días.

Estamos en Sevilla, cuna del flamenco y el pescaito frito. La promesa de un trabajo en el Hostal Oasis Palace fue lo que nos trajo aquí, lo que no sabíamos es que para cuando llegáramos el hostal estaría en construcción y nos tocaría formar parte del equipo que le daría forma al edificio.

Pasamos la última semana trabajando largas jornadas con albañiles, pintores, fontaneros, electricistas y un par de decoradoras. Limpiando, armando cualquier cantidad de muebles de IKEA y, en los últimos días, cargando colchones y tendiendo camas.

Pese al trabajo duro, disfrutamos esos días en la obra, a cargo de Antonio, un sevillano que nos recibía todas las mañanas con un cigarro en la boca y unas palabras que eran como una mordedura de perro sujeta al pantalón, había que contestarle siempre golpeado para sacudírselo. Conocimos también a Abraham, nuestro jefe inmediato, un tipo de lo más alivianado y buena onda. Y claro, para no extrañar el cliché, conocimos también a Manolo, nuestro compañero de faena, un andaluz de lo más campechano.

Nos gustó esa rutina de venir a la obra, trabajar escuchando los cantos flamencos de nuestros compañeros y disfrutar observándolos almorzar (jamón serrano, baguette, chorizo, una cerveza Cruzcampo).

Manolo nos divertía con su sabiduría para el trabajo “En todos los trabajos se fuma”, nos dijo un día, cuando nos vio afanosos armando un ejército de sillas, queriendo decir: tómense un descanso. Luego, mientras Aron ensamblaba una silla y yo esperaba para atornillarle el asiento, hice una pausa para asomarme por el balcón y estirar la espalda, acto seguido, me reprendió “Que no te cojan en bragas”, porque claro, si el capataz entra en ese momento asume que estás papando moscas todo el tiempo y ese mismo día te despiden, así que bueno, aprendimos a estar al pie del cañón.

La semana pasó volando, un día antes no parecía que el hostal fuera a estar listo para la apertura el sábado 16 de abril, y así fue. Los viajeros que llegaron a las 8 de la mañana se encontraron con una obra a medio terminar. Afortunadamente otro hostal de esta misma cadena pudo recibirlos y darles un desayuno, pero con todo, el día fue una locura, decenas de turistas en recepción esperaban por acceder a una de las 240 camas que tiene el edificio de tres pisos, que es enorme que solía ser una residencia universitaria para señoritas.

Para tener a todo el mundo contento, ese día como a las 7 de la noche empezó el fiestón de inauguración: primero pizza para todos, luego bar abierto y finalmente paella masiva.

Ayer, en el día dos de trabajo de hostal, aún reinaba el caos,  pero todo va tomando forma. Lavamos platos durante más de dos horas (aún no pegaban los letreros de: Por favor lava los trastes que uses) y el resto de la jornada lo dedicamos a tender un centenar de camas. Estamos rodeados de gente de todas partes: los dueños del hostal son un argentino y una alemana, nuestro manager es francés, nuestro compañero de workexchange, danés; la chica de la limpieza, rumana; y bueno, nos hemos topado con muchísimos mexicanos.

Es divertido hablar con todos los viajeros que pasan por aquí, a quienes, como trabajamos en el hostal, nos les hacemos la novedad. Tú te vuelves parte de su experiencia de viaje y por unos días serás su gran amigo. Te preguntan cosas, te platican, se sacan fotos contigo… algunas personas hasta se comiden y te ayudan a lavar trastes. Así transcurren los días en este palacio andaluz.

marianafm@gmail.com