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Viajeras de Ítaca – Ocho días en París y un mes en el paraíso

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

Para un trio de cómplices en este viaje

Para Sara, que viene llegando de París

Primera Parte

Desde la ventana de un cuarto piso veo la vida de la ciudad, el cielo esconde la luz detrás de las nubes y la gente camina a la velocidad del viento de noviembre que se cuela en sus espaldas. Muy cerca, en la esquina más próxima, pequeños puntos de colores vivos: amarillos, rojos, verdes, morados, azul eléctrico  se mantienen estáticos junto a una pared, un rato más tarde un grupo de niños  de taller Montessori salen corriendo y montan sus jinetes en forma de triciclos, patines del diablo, pequeñas bicicletas con cuatro ruedas y otros montables.  Del punto a la línea y de la línea al plano que prefiguran los movimientos infantiles, las teorías de la forma de Paul Klee se confirman.

Segunda Parte

Un reencuentro con París. A su llegada, lo primero que vieron las niñas (mis cómplices de viaje) fue la Dama de Hierro, la Torre Eiffel, estructura metálica de trescientos metros, emblema de la Exposición Universal de 1889, Centenario de la Toma de la Bastilla y símbolo de la ciudad. Todos los amigos de las niñas que sabían de su cambio de residencia a la Ciudad Luz les pedían fotos con la Torre. Los teléfonos celulares, Ipads, Facebook y WhatsApp harían el resto. Hoy estuve de nuevo ahí, a unos cuantos metros. La miré desde abajo, dejé resbalar contra a la gravedad mi vista de forma ascendente reconociendo la fuerza y energía de cada elemento. Que manifestarían hoy en el siglo XXI el poeta Víctor Hugo que luchó contra ella secundado por artistas, poetas e intelectuales jurando que desaparecería del panorama de Paris. (Leonardo Benévolo, Historia de la Arquitectura Moderna. 1750-1950) y en 1909 su condena fue revocada considerando un nuevo uso: el de antena de transmisión radiofónica que aún mantiene a la fecha con una extensión de 20 metros más de altura.

Hoy mi recorrido por París ha continuado por avenidas y rincones pero, como  todos los caminos llevan a Roma, un enorme eje nos lleva de los jardines de las Tuilerias a la Plaza de la Concordia para continuar por la Avenida des Champs Elysees. Su punto central: el Arco del Triunfo. Cuando en clase de Arquitectura Neoclásica me he referido en los últimos anos y he tomado algunas viejas diapositivas o bien nuevas imágenes bajadas de la red, es claro que estas imágenes adolecen de un claro sentido de la escala, que no de la proporción. El monumento referido guarda la proporción correcta de los arcos imperiales romanos de Tito o Trajano, pero el deseo de inmortalizarse del Emperador Napoleón I hizo que su grandeza se reflejara en un aumento de tamaño considerable del Arco Triunfal. Diría Gabriel García Márquez “Vivir para contarlo”

Colofón

Los primeros días del mes con mis niñas en París fueron un reencuentro gozoso. Lo de más valor fue enseñarme su casa y su escuela, verlas expresarse casi con fluidez en la lengua de Víctor Hugo, comerse de inmediato las papas enchilosas y los taquitos fuego que traje de México. Lo superior, recogerlas de la escuela, ver lo felices que salen saludando y hablando en francés con sus compañeros de “Elementary” y llevarlas con frecuencia a fiestecitas de cumpleaños en las que se distinguen por la buena educación y cortesía mexicana.

Para una madre o una abuela de mi generación es un gusto ver que mis niñas disfruten la comida mexicana que se cocinaba en casa de mi madre y de mi abuela, y a la vez saber que están abrevando de otra cultura, que se maravillan con la Torre Eiffel a la que subiremos juntas desafiando el gélido viento del invierno y al igual añoran la llegada a México, a la familia, las pastorelas y la navidad.