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Viajeras de Ítaca — Primero de noviembre

  • Guadalupe Mendoza Alcocer

En 1994 yo vivía en Morelia y trabajaba en la Secretaría de Turismo del Estado de Michoacán. Me gustaba la ciudad y me gustaba mi trabajo: atender a los visitantes distinguidos, el espectro era muy amplio, los visitantes distinguidos comprendían cualquier grupo de turistas que se presentarán en la galería de turismo solicitando una visita guiada. Esa noche de muertos parecía estar muy tranquila, hacia el medio día del primero de noviembre no había recibido ningún citatorio, a las cuatro de la tarde sonó el teléfono: arquitecta, que viene saliendo de la Ciudad de México el Comandante Tomás Borge, tiene mucho interés de visitar la festividad de la noche de muertos en el Lago de Pátzcuaro. Me indicaron que debía estar en el Hotel Posada de Don Vasco a las ocho de la noche.

Yo me fui temprano a Pátzcuaro para saludar a mi mamá y dejar en su casa mi maleta y esperé en el hotel casi tres horas, el Oficial Mayor de la Secretaría de Turismo era el encargado de darle la bienvenida a nuestro visitante, a las once de la noche me dijo –yo creo que ya no va a llegar, -deje el teléfono en dónde va a estar por si acaso llega-. El se regresó a Morelia y yo a casa de mi mamá, apenas entraba y sonó el teléfono, me informaban que el Comandante iba llegando, que en media hora lo encontrara en el vestíbulo del hotel.

El Comandante Tomás Borge, integrante del Frente Sandinista de Liberación Nacional poeta y autor de la biografía de Fidel Castro traía una camioneta, de otra forma hubiera sido imposible movernos en Pátzcuaro en la noche de muertos. Él era un hombre rubio, delgado, bajito de unos sesenta años aproximadamente, su esposa, la tercera, era una joven de veinte, con un bebé en los brazos, la suegra tendría cuarenta años. Toda la caravana nos dirigimos al lago. Mi hermano me recomendó que alquilara una lancha particular, sería una locura intentar abordar  lanchas colectivas en un muelle con varios miles de personas en movimiento. Yo seguí sus atinadas indicaciones.

El Comandante me pidió que antes de embarcarnos lo llevara a comer un caldo de pescado y un pescado blanco, él que venía cansado de la carretera, pareció volver a la vida y al entusiasmo por ver la ceremonia de la velación. Era la una de la mañana cuando subimos a la lancha. Decenas de embarcaciones iban y venían a la isla de Janitzio por lo que el tráfico era lento, la bruma no permitía ver el panteón al costado derecho de la isla. A medida que nos acercamos apareció ante nuestros ojos la luminosidad de cientos de cirios, una luz de cientos de voces que esperaban que regresaran sus difuntos. Una vez que bajamos de la lancha nos abrimos camino entre la gente, había grupos de jóvenes que tomaban cerveza, ignorando el profundo ritual que viven los pueblos indígenas esa noche eterna. Llegamos por fin al panteón, las familias en torno a sus tumbas, los arcos cubiertos de flores amarillas, fotografías, los cirios encendidos, las ofrendas: canastas con panes y fruta, cazuelas con caldo de res, corundas, pescados, patos y gallaretas, charanda y mezcal para beber, cigarros, todo lo que le gustaba, al difunto.

El comandante recorría las tumbas, parecía embelesado, permanecimos un rato más en la fría madrugada, por momentos llegué a sentir que nuestro “visitante” hacía oración. La joven esposa y el bebé dormitaban, la suegra fumaba. Regresamos en silencio, sólo al despedirse me tomó ambas manos y repitió “gracias, gracias”. Sentí que el alma sensible del poeta nicaragüense se llevó marcada hasta los huesos la profundidad del ritual indígena y con ella regresó a su tierra natal.

guayus@hotmail.com