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Viajeras de Ítaca – Segunda vuelta

  • Susana Pagano

Su cabello ondulado cayó sobre sus hombros de manera rotunda. Se hizo el silencio. Una gota de lluvia resbaló por el vidrio del automóvil y Georgina clavó la mirada en el exterior. Hubiera querido salir corriendo. Abrir la puerta del vehículo y arrojarse al pavimento. Imaginó la caída. Un golpe seco. Si tenía suerte se golpearía la cabeza y ahí quedaría zanjado el asunto. Pero tuvo la certeza, como todo en la vida, de que no sucedería así. Por el contrario, se rompería el cráneo, una clavícula, tres costillas y montones de otros huesos del cuerpo. Las cosas siempre acaban mal, se dijo, así… rotas, accidentadas, llenas de astillas. Luego rió absurdamente. Estaba acostumbrada a tener este tipo de fantasías. Imagino historias violentas contra mí, contra mi cuerpo, contra mi espíritu. Reflexionó que esa situación debía cambiar. Tenía que hacer algo al respecto. Las sesiones con el psicoanalista, estaba claro, ya no servían para un carajo. Que si Freud, que si Lacan. Tu psicoanalista no te da clases de teorías psicoanalíticas. No, no lo hace pero yo pienso en ellos cuando veo su cara larga, la del psicoanalista, mirándome fijamente, queriéndome exprimir todos los recuerdos de la infancia. Maldita infancia, ¿quién diablos se quiere acordar de lo que le sucedió hace tanto tiempo? Que si fuiste infeliz, que si tus padres te golpeaban, que si no te dieron todo lo que querías, pendejadas. Tu papá te agarraba a cuerazos cuando lo despertabas accidentalmente los sábados por la mañana, ¿te acuerdas? Mierda. ¡Cómo olvidarlo! Pues ya va siendo hora. ¡Por Dios! Georgina posó la mano sobre el cristal húmedo y frío del automóvil. Cómo me dan ganas de abrir esta maldita puerta, de arrojarme al vacío. Allá se ve el barranco. ¿Y de que te serviría aventarte? Pues me liberaría, estoy harta de ir por la libre, de ir por la puta vida sin piloto, ni siquiera automático. No sé a donde voy ni por qué. Quizá deba pensar en arreglar las cosas con mi pasado de una vez. Arregla tu presente, eso te vendría mejor, sería de mayor beneficio. ¿En serio? A veces pienso que vine a este plano por pura necedad. ¿Sabes que me arrepentí a medio camino? Dicen que yo ya no quería nacer, que dos vueltas del cordón umbilical alrededor de mi cuello hubieran hecho las veces de soga y el canal uterino de patíbulo. Me habría ahorcado si no fuera porque los médicos tuvieron la brillante idea de hacer cesárea. Me arrepentí. Me rajé. Dije: a la chingada, mejor me regreso por donde vine. Malditos médicos, dijeron que ni madres, que me traían a este mundo me gustara o no. Ahora te chingas. Y cumples. Cumplir ¿qué? Tu parte del trato. No tengo idea qué parte del trato pueda ser ésa. Odié venir, ésa es la mera verdad. Odie aterrizar en este plano terrenal y tener que afrontar a unos padres que ya no quería tener, a unos hermanos que adoraba pero que me abandonaban todos los días para ir a la escuela ¿Ya estás más tranquila? Preguntó la voz al frente del volante y Georgina regresó a una realidad rara. ¿Qué hago aquí?, le preguntó a su acompañante. Vamos de regreso a casa, le respondió aquél. Georgina miró al hombre que conducía el auto. Lo reconoció como su esposo y al mismo tiempo vio en él a un extraño. ¿Qué estoy haciendo aquí?, preguntó de nuevo. Pero él no parecía conocer la respuesta, ni siquiera entender la pregunta. No debí venir, dijo en voz alta, y abrió la puerta del vehículo en movimiento. Lo que vio a continuación no podría habérselo imaginado nunca. Se vio a sí misma en el vientre de su madre, con dos vueltas del cordón umbilical rodeando su cuello y a ella, en su diminuto cuerpo, haciendo piruetas para deshacer el nudo. Su madre se tocó el vientre y sonrió. Este bebé tiene un carácter del carajo, le dijo a su compañera de café, y el par de amigas rieron.

 

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