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Viajeras de Ítaca – Tiempos de sororidad

  • Mariana Figueroa Márquez

En el panorama actual, donde 6 de cada 10 mujeres mexicanas han sido víctimas de violencia y datos de Amnistía Internacional señalan que hay por lo menos 14 mil violaciones al año, sin contar las miles de desaparecidas y la llegada de un presidente misógino al país vecino, una palabra ha reaparecido en el radar de la lengua y de las redes sociales: sororidad.

En el diccionario de la Real Academia Española la definición de esta palabra es inexistente, pero de acuerdo con el periódico El País, el pasado 30 de noviembre la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) admitió su uso en los medios de comunicación para referirse a “la relación de solidaridad entre mujeres, especialmente relacionada con la reivindicación de la igualdad con los hombres”.

Sororidad viene del latín soror, que significa hermana; es una palabra que fue usada por las feministas estadounidenses de los 70, pero su origen podemos remontarlo más atrás, al año 1874, cuando se usó para designar a las fraternidades de mujeres en las universidades de Estados Unidos, ya que llamarlas simplemente fraternidades, como a las conformadas por hombres, era considerado incorrecto. Estas primeras agrupaciones representaron un gran logro en lo relacionado con los derechos e igualdad de condiciones para ellas.

Ahora, 143 años después, la palabra resurge con fuerza. Es usada por quienes participaron en la Marcha de las Mujeres, realizada el pasado 21 de enero en diversas ciudades de Estados Unidos para manifestar su repudio a la misoginia presidencial y a la violencia contra el género, y por mujeres de todo el mundo que buscan impulsar este movimiento.

En Buenos Aires, hace dos semanas tres mujeres fueron desalojadas de un balneario por rehusarse a usar su bikini completo; el operativo fue realizado por 20 policías. Como consecuencia, hace unos días cientos de mujeres organizaron un “tetazo”, una protesta con los senos al aire para reclamar su derecho a estar topless y exigir un alto a la violencia.

En México, la palabra ya figura desde el año pasado en un documento oficial. En marzo del 2016, el Congreso local de Jalisco firmó el Pacto de Sororidad y Coordinación, con el que buscan fortalecer los lazos entre mujeres de distintos sectores: político, empresarial, científico y agrícola.

La revista digital feminista Antes de Eva, que cuenta con una página en Facebook del mismo nombre, realizó una serie de #sororitips en los que promueve este pacto social a través de viñetas en las que da consejos claros, por ejemplo: “No critiques a una mujer por su apariencia física, el maquillaje o tipo de ropa que usa; cada quien tiene gustos diferentes, apoyemos la diversidad”, o “no fomentes la noción de que la infidelidad es culpa de las ‘zorras-robahombres’. Para poner el cuerno se necesitan dos”.

Como mujeres, a lo largo del día, ¿cuántas de nuestras interacciones con otras mujeres aprovechamos para crecer, para apoyar y para aprender y cuántas aprovechamos para descalificarnos, denigrarnos o desestimarnos?

Hay que sacudirnos la mala educación, esa que desde el seno familiar nos injertó frases añejas sobre cómo descalificar a una mujer: “Si andaba en minifalda, se lo buscó”, “déjala, debe andar en sus días”, “es una vieja histérica”…

El lenguaje refleja los tiempos. La palabra sororidad resurge con fuerza porque es necesaria, porque hay que nombrar la unión con la que las mujeres nos vemos obligadas a hacer frente a la violencia machista y a encarar a los líderes, de todos niveles, que insisten en decirnos qué hacer con nuestro cuerpo y con nuestra vida, y regresar a un punto anterior a muchas batallas que ya creíamos ganadas.

 

@marianfi