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Viajeras de Ítaca – Venderle el alma al diablo

  • Susana Pagano

¿De qué viven los escritores? Es la pregunta obligada con respecto a los artífices de la pluma y a los artistas en general.

Muchos padres intentan persuadir a sus hijos de estudiar una carrera “productiva” antes que dedicarse a las artes. “Algún día tendrás que pagar la renta”, le dicen a sus vástagos aspirantes a ‘muertos de hambre’. Si bien es cierto que publicar un libro, en primera instancia, no reditúa ni la inversión de un mes de trabajo, el escritor se va haciendo de oficios alternos para subsistir y pagar la famosa renta. Entonces se convierte uno en facilitador de talleres de creación literaria, en cazador de becas y premios, en guionista de culebrones y documentales… Todo lo necesario para perseguir la chuleta, pues. En el caso de los pintores, por ejemplo, se hacen trabajos sobre pedido y en ocasiones se le vende el alma al diablo pintando para el gobierno, como algunos de los muralistas: Diego Rivera en el pasado, Víctor Cauduro en el presente. García Márquez y Juan Rulfo tuvieron la decencia de escribir guiones de cine. Trabajos la mar de respetables todos y mucho mejor remunerados que una novela de mil ejemplares o un lienzo que quizá tarde meses en venderse.

Sin embargo, en el medio artístico, en particular el de los escritores, resulta muy satanizado el hecho de escribir, muy específicamente, guiones de telenovela; se percibe como un sacrilegio y una forma de “prostituirse” como artista. Pero las facturas siguen llegando sin importar que uno tenga aspiraciones a la Woolf o a la Vargas Dulché. Así que es igual de digno escribir un guión de televisión que una novela literaria. El primero seguramente no trascenderá y el segundo quizá sí. Empero, el quid de este artículo en realidad es acerca de permitirse el lujo de ser artista. No importa qué tan difícil pueda ponerse la situación, ni qué tan ardua sea la subida hacia la cima. El artista debe ser fiel a su propio impulso de ser artista. Lo que vale es la perseverancia y el amor por la profesión. Ser escritor, escultor, pintor, teatrero, músico o bailarín, siempre vale la pena. Porque el día que te encuentras en tu camino con una frase soberbia o una historia magistral, suspiras hacia arriba y dices: Gracias.

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