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Viajeras de Ítaca – Vivir offline

  • Mariana Figueroa Márquez

¿Se acuerda de cuando no existían los teléfonos celulares ni el Internet? Era una época que hoy parece muy distante. Recuerdo que me sabía de memoria al menos unos 10 teléfonos, contando los de mi familia y mis amigos más cercanos. Si salía de casa, era imposible que alguien me localizara, sólo tenía la opción de dejarme un recado. En las reuniones con los amigos pasábamos horas tratando de recordar el nombre de ese actor o esa película que nos había gustado; y si tenía que ir a un lugar nuevo, mi papá me dibujaba un croquis en un pedazo de papel, donde ponía referencias como los semáforos que había que cruzar o los negocios aledaños a mi destino.

Hoy sólo me sé de memoria mi propio teléfono, estoy localizable las 24 horas, cuando en una reunión tratamos de recordar el nombre de un actor o película, nunca falta el que lo googlea en segundos y si necesito ir a algún lugar nuevo, mi teléfono me dice cómo llegar, a qué distancia está, cuánto tiempo haré y cuál es la ruta con menos tráfico.

Es increíble estar conectado, sí, pero es terrible al mismo tiempo; todos conocemos a alguien que no puede estar separado de su teléfono ni un segundo y que ha desarrollado incluso esa habilidad multitasking de teclear frenéticamente mientras platica con nosotros o hace como que platica con nosotros.

Hay algo en ese antes de la era de los smartphones y el Internet que se ha perdido, y ése es precisamente el tema del libro The End of Absence: Reclaiming What We’ve Lost in a World of Constant Connection (El fin de la ausencia: Reclamando lo que hemos perdido en un mundo de conexión constante), de Michael Harris.

El autor se enfoca en un público específico, las personas que nacieron antes de 1985, a quienes considera los restos de una especie en vías de desaparecer, una especie conformada por personas que han vivido en el “antes” y el “después”, en la vida sin Internet y la vida completamente online.

Estar en esta situación nos pone en una posición altamente privilegiada. En una entrevista Harris dice: “Si somos las últimas personas en la historia en conocer la vida antes del Internet, también somos los únicos que llegaremos a hablar ambos lenguajes. Somos los únicos traductores elocuentes del Antes y el Después”.

Una de las cosas que preocupan al autor es cómo la gente cree que debe rendir cuentas online, y su valía como persona depende de cómo sea calificado en las redes sociales, es decir, si escribes un tuit y es retuiteado, entonces tus pensamientos son valiosos; si cambias tu perfil de Facebook y obtienes muchos likes, entonces eres guapo o guapa; estando en permanente conexión, la gente pierde la capacidad de decidir qué piensa de sí misma.

El escritor canadiense recomienda desconectarse de las redes, él lo hizo durante un mes, algo que sería imposible para cualquiera de nosotros, ya que seguramente nos despedirían del trabajo después de tres días sin contestar nuestro correo, pero la idea de un descanso ocasional del Internet es algo que tengo anotado en mis propósitos para este 2017.

Con suerte, desconectarnos al menos durante los fines de semana o ciertas horas en el día nos dará, como promete el autor, una luz interior más plena y la capacidad de ver nuestra vida en línea con ojos críticos. Y si no resultara así, al menos nos evitará ser cómplices semi-involuntarios de todos esos raptores de atención y tiempo que, como cuando se abusa de un licor de calidad cuestionable, no dejan más que un sacrificio inútil de neuronas y una mala resaca al día siguiente. Qué nostalgia por los años en los que el tema de sobremesa no eran los XV de Rubí, ni siquiera sabíamos quién diantres era la tal Rubí. Qué nostalgia por esos tiempos en los que la sandez era menos fácil de difundir. Pongamos de nuestra parte y callemos al Internet, aunque sea por un rato.

@marianfi