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Viajeras de Ítaca – Vivir sin azúcar

  • Mariana Figueroa Márquez

Cruzar la barrera de los 40 años trae una inevitable crisis, es imposible no pensar que uno ha alcanzado, de acuerdo con las estadísticas y si es que las condiciones son favorables, la mitad de su existencia. Nacen, en mi caso, deseos de renovación, de estar mejor, de entrar con el pie derecho en la segunda y última mitad de la vida.

En los días subsecuentes a mi cumpleaños, me topé con un artículo de Arielle Calderón, colaboradora de BuzzFeed, que me resultó realmente inspirador, se llama “Renuncié al azúcar por 30 días y esto es lo que pasó”.

Aunque ya tenía antecedentes escandalosos de los males que trae el azúcar que consumimos, siempre opté por hacerme de la vista gorda, porque es más rico comerse una dona con topping de palomitas acarameladas y fingir demencia, ¿no? Sabía por ejemplo de la nota de The New York Times -publicada el año pasado- que revela que la industria del azúcar pagó estudios en los años 60 para que no se le relacionara con enfermedades del corazón y se culpara de ellos a las grasas saturadas. Quizá es por esto que pensamos que es “menos dañino” comer un pastel que una rebanada de tocino.

También sabía de campañas como la de la Alianza por la Salud Alimentaria, que evidenció que un refresco de 600 mililitros tiene 12 cucharadas de azúcar, el máximo de azúcar recomendado por la OMS para un adulto por día. ¿Usted se comería 12 cucharadas de azúcar de una sentada? Probablemente no, y sin embargo probablemente pueda tomarse un refresco sin remordimiento ni preocupación, o dos. Si consume dos refrescos de este tamaño al día, habrá consumido en un año 46 kilos de azúcar, lo cual hace lógico el hecho de que nuestro país lidere las cifras mundiales de obesidad y diabetes.

Pero ni estos datos, ni la realidad ineludible de que en mis genes hay propensión a la diabetes, habían logrado darme la motivación del post de Arielle, quien se propuso no consumir azúcar procesada de ningún tipo, con lo que la única azúcar “permitida” en este régimen es la contenida naturalmente en las frutas.

Pasar 30 días sin azúcar procesada es realmente una tarea titánica, sobre todo para quienes tenemos un lazo tan profundo con este ingrediente que, está probado, es tan adictivo como la cocaína y la heroína.

Mi mayor hallazgo fue darme cuenta de que la mayoría de los alimentos procesados tienen azúcar, hasta los menos obvios, como la mayonesa, y cuando su cantidad no excede el 1 por ciento, ostentan la engañosa leyenda de 0% azúcar, así que hay que ser muy cuidadosos con leer las letras pequeñas de las etiquetas. Durante estos 30 días descubrí que algunos de los productos que consumía cotidianamente por considerar “no tan malos” contienen azúcar, entre ellos: yogurt natural, queso cottage, leche de arroz, mostaza y vinagre de manzana.

Los beneficios más palpables después de cuatro semanas fueron una pérdida de peso de 3.5 kilos, mayor energía a la hora de hacer ejercicio y una sensación de tener un paladar nuevo, con el que distingo y disfruto mejor todos los sabores, no sólo los dulces.

Después de unos día de descanso, en los que me premié con un pan francés que sorprendentemente me empalagó, estoy lista para comenzar una segunda etapa de este reto, innovando recetas y encontrando sustitutos para aquellos alimentos que pensaba que no podría dejar de comer nunca y que ahora han quedado atrás.

En un país en el que los alimentos a los que tenemos acceso no están filtrados por su valor nutrimental o por su calidad nutricia, sino por los intereses económicos de algunos cuantos, debemos tomar una postura rebelde y dejar de consumir toda esa ubicua azúcar procesada que comemos sin siquiera percatarnos de ella; quizá sólo así podamos llegar plenos a los 80 o más años. Creo que nunca es tarde para cambiar hábitos en aras de un mejor estado de salud. Yo empecé a los 40 años, ¿a los cuántos años empezará usted?

marianafm@gmail.com