imagotipo

Viajeras de Ítaca – Yayoi Kusama, una giganta

  • Mariana Figueroa Márquez

Desde que su obra se presentó en el Museo Rufino Tamayo de la Ciudad de México, donde rompió récords de asistencia en el 2015 (la vimos 320 mil personas en menos de cuatro meses), Yayoi Kusama, la artista viva más célebre de Japón y cuya obra ha ganado reconocimiento mundial en la última década, me sedujo.

En su autobiografía “Infinity Net” (red infinita), la nipona de hoy 88 años relata su niñez en Matsumoto, su temprana afición por el arte y su partida de la casa paterna rumbo a Nueva York en 1957, donde llegó con 28 años, 60 kimonos de seda para vender y 200 dibujos y pinturas. En los años más duros, la joven Yayoi vivía en un estudio con ventanas rotas y dormía sobre una puerta de madera que alguien había dejado en la calle, pasando frío, penurias y hambre.

Dos años más tarde, tenía su primera exhibición en solitario con cinco obras en las que su sello distintivo, patrones repetidos incansablemente como redes infinitas -sin centro ni composición aparente-, captó la atención de los críticos.

Kusama nos lleva de la mano por los clímax de su carrera, sus viajes, los personajes con los que conoció y convivió, incluido Warhol, y su retorno a Japón, donde vive recluida voluntariamente en un hospital psiquiátrico.

Desde sus inicios Yayoi fue contestataria, crítica y peculiar. Durante su participación en la edición 33 de la Bienal de Venecia, en 1966, creó la instalación “Narcissus Garden” (el jardín de Narciso), conformada por 1500 esferas de material reflejante. Como comentario personal al comercio del arte, la japonesa decidió vender cada una de las bolas a los asistentes por 2 dólares, en una especie de performance. Los organizadores la reprendieron diciendo que era inapropiado vender sus obras como si fueran hot dogs o conos de helado.

En 1967, el año del amor libre, con los beatniks, gays y hippies floreciendo, comenzó a realizar Happenings que cimbraron a los conservadores y esparcieron su nombre a lo largo y ancho de Estados Unidos. Los cuerpos desnudos de los performanceros que la apoyaban y colaboraban con ella gritaban por un alto a la guerra de Vietnam y libertad sexual.

Durante los siguientes años Kusama se convirtió en la reina del performance, haciendo su arte en lugares tan osados como el Museo de Arte Moderno (MoMA), donde cuatro hombres y cuatro mujeres se desnudaron y entraron a una fuente.

Las noticias de Yayoi llegaban a Japón con encabezados de escándalo, no hablaban de la revolución desnuda, sino de la japonesa que se había convertido en motivo de vergüenza. Sus padres le externaban en cartas su dolor y su madre llegó al punto de escribirle alguna vez: “El hecho de que te hayas convertido en una desgracia nacional es un insulto para nuestros ancestros, Yayoi, y acabo de regresar del cementerio, adonde fui otra vez hoy a pedirles perdón. Si tan solo te hubieras muerto de esa infección de garganta que tuviste cuando eras niña…”.

En uno de sus libros, Kusama escribe un entrañable poema que es como una reconciliación póstuma con sus progenitores, titulado “Ahora que han muerto”.

En 1993, luego de que Yayoi fuera elegida la artista para representar a Japón en la edición 45 de la Bienal de Venecia, esa misma en la que una vez fue regañada, su obra comenzó a revalorarse y retrospectivas comenzaron a montarse en todo el mundo desatando una Kusamanía que alcanzó a México hace dos años.

Su obra permanece y ella sigue creando porque es, en sus palabras, la forma de buscar la verdad que lleva a la luz.

“He escogido al arte para lograr este cometido. Es una tarea de toda una vida. Y si solo una persona en los próximos 100 años comprendiera qué está en mi corazón, continuaría creando arte por el bien de ese individuo”.

marianafm@gmail.com