/ miércoles 16 de octubre de 2019

Belleza, palabras, cartas

Vitral

Ella quería ser bella a como fuera. Le reclamaba a la naturaleza por diversos defectos que sentía padecer en su cuerpo. Piernas medio flacas, falta de glúteos, cara muy larga, brazos delgados, dedos de los pies feos y ese vientrecillo que no se le quitaba con nada. Desde que estuvo embarazada y luego parió ya nada volvió a ser igual. Según decía ella misma se había puesto como sapo y parecía cuerda con nudo: flaca y panzona. Aún así, se daba ánimos. No le bastaban las palabras de su esposo –que la amaba en verdad– y que no se cansaba de repetirle que no estaba gorda, que estaba bonita. Esas palabras no significaban nada para ella.

Selfie tras selfie le revelaban que ya le faltaba algo por aquí, algo por allá. Ni con photoshop lograba mejorarlas a su gusto. Y menos ahora que estaba empeñada en ser modelo profesional. Bueno, ese deseo ya era añejo, pero se vio interrumpido por la maternidad, aunque desde antes nunca lo consiguió. A lo más que llegó fue a edecán afuera de una farmacia, vestida con un shortcito para atraer clientela. Trabajo que detestaba por lo ridícula que se sentía bailando como loquita con unos pasos desangelados, solitarios y a ritmo de una horrible música banda. Ella, que estaba destinada a las grandes pasarelas, no pasaba de bailarina junto a unas pretendidamente chistosas botargas.

Tenía repleto su feisbuk de fotos en mil posiciones, por supuesto parando la trompita, la cadera, y escondiendo los cachetes. Sin embargo, tenía pocos likes y no se explicaba porqué. Encima de quien fuera, ella iba a triunfar y a lograr su sueño. Por lo pronto, dejaba a su hija encargada todo el día con su mamá, y a la abuelita no le quedaba otra que apoyar a su hija para lograr el triunfo anhelado. El esposo le pagaba con trabajos el gym en el barrio y unas clases de zumba en una casa de cultura de la alcaldía. Y seguía esperando el gran salto, foto tras foto, mientras trabajaba de edecán afuera de farmacias, pollerías o carnicerías en colonias lejanas. Un día, muy pronto, realizaría su sueño, y entonces sí, sería admirada por todos, incluidas las amigas chismosas que tanto la criticaban por desgarbada, por dejar encargada siempre a su hija, por presumida, y por las uñas de gavilán –así decían–, que se empotraba en las manos. –Garras–, susurraban sus críticas.

En la última foto que había subido al feis, se veía triste, cabizbaja. Al parecer, ya estaba embarazada por segunda vez y sus fantasías se vendrían abajo. En fin.

*

Nos decimos unas palabras colgados del viento, asidos a la nada. Es tremendo. Son verdaderas, pero a la vez están en el aire y condenadas al olvido. A menos que… se vuelvan arte y alimenten a otros, en otro lugar, en otro tiempo. A menos que surjan del amor más puro capaz de alimentar a lo viviente. Son palabras concretas en su momento, pronunciadas de frente y mirando a los ojos, en ese momento tienen un valor infinito, el valor del momento presente, de ese momento de eternidad continua, de lo único que tenemos cierto. Dichas junto a ti son palabras intensamente fuertes, ciertas, verdaderas, y ese es su potencial valor. En ese instante no importa que después sean nada, porque están construyendo nuestra vida concreta, nuestros actos, nuestros pasos. Es esa paradoja entre lo permanente y lo finito, entre lo que es y lo que luego no será. En la vida todo es una paradoja, esto, pero aquello también. No hay absolutos. Así que lo presente, para uno, es lo eterno. Las palabras se disuelven en la nada, pero también cobran vida y se vuelven actos concretos que construyen determinado tipo de vida. Son importantes.

*

La mentalidad mágica nos lleva a creer que las cosas pueden resolverse al instante, o que la creación puede aparecer así de pronto. Por supuesto que eso no es así, todo es un proceso, pero la ansiedad que se vive nos hacer querer que todo sea rápido, y en ello se gesta nuestra frustración y desesperación.

Sería bueno disfrutar lentamente del proceso en toda actividad, desmenuzarla, gozarla, entenderla sin desesperación. Entenderíamos muchas, muchas cosas.

*

Observa en la naturaleza cómo se manifiesta la inteligencia y sabiduría del cosmos. En el insecto que tengas enfrente, en la flor más cercana, en el árbol de afuera, en el cuerpo de tus hijos, en la mirada de tus seres amados. Vamos, detente un momento, y date cuenta con qué perfección se mueve el universo. Averigua acerca de las órbitas celestes, de cómo se forma una estrella, de cómo se desplazan las galaxias. Es la inteligencia, la sabiduría manifestada en leyes que rigen todo lo existente. Regocíjate en ello, nutre tu intelecto, ni en toda tu vida lograrás captarlo todo. Disfrútalo. Nada en su perfección y armonía. Asómbrate, porque ese el inicio de la filosofía, llena de alegría y amor tu corazón y tu mente.

*

¿Quién se desnuda íntegramente en las cartas que escribe? Prácticamente nadie, es peligroso, puede traer dolores de cabeza. Y sin embargo, a pesar de la autocensura, la correspondencia es tan reveladora de los recovecos más íntimos de una persona. No puede ser de otra manera. De hecho, todos nuestros actos y palabras nos reflejan de una u otra forma. Es inevitable. No hay forma de guardar un secreto, o casi. Todo sale a flote. A pesar de esto, qué arte tan maravilloso es este de escribir cartas. Grandes escritores han practicado este placer fecundo: Flaubert, Wilde, Hemingway, Lewis Carrol, Balzac, Freud, Rilke, Hawthorne, García Lorca, Miguel Hernández, Víctor Hugo, Joyce, Chesterton, Keats, Goethe, Plath, Vonnegut… y la lista es interminable. Todos ellos dejaron plasmados episodios claves de sus vidas y de su tiempo. Obras que hoy son materia de estudio y ejemplo vital para nosotros.

Hay que animarse a escribir cartas que vayan más allá del frío e-mail. Son poderosas. Hacen reír, llorar. Animan, estimulan, alegran o entristecen. Quedan como recuerdos y anécdotas por siempre. Sobreviven.


https://escritosdeaft.blogspot.com

Ella quería ser bella a como fuera. Le reclamaba a la naturaleza por diversos defectos que sentía padecer en su cuerpo. Piernas medio flacas, falta de glúteos, cara muy larga, brazos delgados, dedos de los pies feos y ese vientrecillo que no se le quitaba con nada. Desde que estuvo embarazada y luego parió ya nada volvió a ser igual. Según decía ella misma se había puesto como sapo y parecía cuerda con nudo: flaca y panzona. Aún así, se daba ánimos. No le bastaban las palabras de su esposo –que la amaba en verdad– y que no se cansaba de repetirle que no estaba gorda, que estaba bonita. Esas palabras no significaban nada para ella.

Selfie tras selfie le revelaban que ya le faltaba algo por aquí, algo por allá. Ni con photoshop lograba mejorarlas a su gusto. Y menos ahora que estaba empeñada en ser modelo profesional. Bueno, ese deseo ya era añejo, pero se vio interrumpido por la maternidad, aunque desde antes nunca lo consiguió. A lo más que llegó fue a edecán afuera de una farmacia, vestida con un shortcito para atraer clientela. Trabajo que detestaba por lo ridícula que se sentía bailando como loquita con unos pasos desangelados, solitarios y a ritmo de una horrible música banda. Ella, que estaba destinada a las grandes pasarelas, no pasaba de bailarina junto a unas pretendidamente chistosas botargas.

Tenía repleto su feisbuk de fotos en mil posiciones, por supuesto parando la trompita, la cadera, y escondiendo los cachetes. Sin embargo, tenía pocos likes y no se explicaba porqué. Encima de quien fuera, ella iba a triunfar y a lograr su sueño. Por lo pronto, dejaba a su hija encargada todo el día con su mamá, y a la abuelita no le quedaba otra que apoyar a su hija para lograr el triunfo anhelado. El esposo le pagaba con trabajos el gym en el barrio y unas clases de zumba en una casa de cultura de la alcaldía. Y seguía esperando el gran salto, foto tras foto, mientras trabajaba de edecán afuera de farmacias, pollerías o carnicerías en colonias lejanas. Un día, muy pronto, realizaría su sueño, y entonces sí, sería admirada por todos, incluidas las amigas chismosas que tanto la criticaban por desgarbada, por dejar encargada siempre a su hija, por presumida, y por las uñas de gavilán –así decían–, que se empotraba en las manos. –Garras–, susurraban sus críticas.

En la última foto que había subido al feis, se veía triste, cabizbaja. Al parecer, ya estaba embarazada por segunda vez y sus fantasías se vendrían abajo. En fin.

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Nos decimos unas palabras colgados del viento, asidos a la nada. Es tremendo. Son verdaderas, pero a la vez están en el aire y condenadas al olvido. A menos que… se vuelvan arte y alimenten a otros, en otro lugar, en otro tiempo. A menos que surjan del amor más puro capaz de alimentar a lo viviente. Son palabras concretas en su momento, pronunciadas de frente y mirando a los ojos, en ese momento tienen un valor infinito, el valor del momento presente, de ese momento de eternidad continua, de lo único que tenemos cierto. Dichas junto a ti son palabras intensamente fuertes, ciertas, verdaderas, y ese es su potencial valor. En ese instante no importa que después sean nada, porque están construyendo nuestra vida concreta, nuestros actos, nuestros pasos. Es esa paradoja entre lo permanente y lo finito, entre lo que es y lo que luego no será. En la vida todo es una paradoja, esto, pero aquello también. No hay absolutos. Así que lo presente, para uno, es lo eterno. Las palabras se disuelven en la nada, pero también cobran vida y se vuelven actos concretos que construyen determinado tipo de vida. Son importantes.

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La mentalidad mágica nos lleva a creer que las cosas pueden resolverse al instante, o que la creación puede aparecer así de pronto. Por supuesto que eso no es así, todo es un proceso, pero la ansiedad que se vive nos hacer querer que todo sea rápido, y en ello se gesta nuestra frustración y desesperación.

Sería bueno disfrutar lentamente del proceso en toda actividad, desmenuzarla, gozarla, entenderla sin desesperación. Entenderíamos muchas, muchas cosas.

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Observa en la naturaleza cómo se manifiesta la inteligencia y sabiduría del cosmos. En el insecto que tengas enfrente, en la flor más cercana, en el árbol de afuera, en el cuerpo de tus hijos, en la mirada de tus seres amados. Vamos, detente un momento, y date cuenta con qué perfección se mueve el universo. Averigua acerca de las órbitas celestes, de cómo se forma una estrella, de cómo se desplazan las galaxias. Es la inteligencia, la sabiduría manifestada en leyes que rigen todo lo existente. Regocíjate en ello, nutre tu intelecto, ni en toda tu vida lograrás captarlo todo. Disfrútalo. Nada en su perfección y armonía. Asómbrate, porque ese el inicio de la filosofía, llena de alegría y amor tu corazón y tu mente.

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¿Quién se desnuda íntegramente en las cartas que escribe? Prácticamente nadie, es peligroso, puede traer dolores de cabeza. Y sin embargo, a pesar de la autocensura, la correspondencia es tan reveladora de los recovecos más íntimos de una persona. No puede ser de otra manera. De hecho, todos nuestros actos y palabras nos reflejan de una u otra forma. Es inevitable. No hay forma de guardar un secreto, o casi. Todo sale a flote. A pesar de esto, qué arte tan maravilloso es este de escribir cartas. Grandes escritores han practicado este placer fecundo: Flaubert, Wilde, Hemingway, Lewis Carrol, Balzac, Freud, Rilke, Hawthorne, García Lorca, Miguel Hernández, Víctor Hugo, Joyce, Chesterton, Keats, Goethe, Plath, Vonnegut… y la lista es interminable. Todos ellos dejaron plasmados episodios claves de sus vidas y de su tiempo. Obras que hoy son materia de estudio y ejemplo vital para nosotros.

Hay que animarse a escribir cartas que vayan más allá del frío e-mail. Son poderosas. Hacen reír, llorar. Animan, estimulan, alegran o entristecen. Quedan como recuerdos y anécdotas por siempre. Sobreviven.


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