/ miércoles 22 de julio de 2020

Blutch, el chamán de los vientos

Vitral

Las aves nacidas en una jaula piensan que volar es una enfermedad.

Alejandro Jodorowski

Volar, volar en un parapente, estable, pero con la mínima seguridad. Un parapente es un planeador muy ligero y flexible que permite volar desde las pendientes de las montañas y sostenerse incluso por horas en el aire, permite también recorrer grandes distancias. Uno de los documentos visuales que nos deja comprender qué es un parapente y cuáles son sus posibilidades nos la proporciona la película francesa titulada Blutch. Se trata de un documental filmado en 2018 que narra las aventuras de un parapentista que viaja en su planeador por los cielos y montañas de varios países –Tayikistán, Pakistán, India, Nepal, Sikkim y Arunachal Pradesh– en un viaje que durará cuatro meses, en los que pasará peligros, hambre, incertidumbres, asombros, alegrías, y atestiguará la belleza suprema de los paisajes, todo para llegar, tras horas y días de aventuras, dudas y esfuerzos, al corazón del Himalaya.

¿Acaso este viaje no es una metáfora de la vida misma? Vuelas por los aires a alturas insospechadas solamente sostenido en un pequeño artefacto desde el cual contemplas el mundo. Así es también nuestro viaje sobre el planeta tierra, encarnados en un cuerpo poderoso, pero delicado; fuerte, pero expuesto a mil cosas. Y podrías volar en un parapente junto con otros, pero finalmente vas tú solo atenido a tu propia habilidad, fuerza y conocimiento de la atmósfera, el clima y las circunstancias. Exacto, como la vida misma. Vas con otros, pero finalmente vas solo. Esa es la dialéctica vida- muerte que acompañará por siempre al ser humano.

Blutch es un alpinista y parapentista francés cuyo nombre real es Jean-Yves Fredriksen, que filma él mismo sus aventuras en las montañas y en los cielos. Ha sido el primero en volar en un parapente desde Tayikistán a Nepal, hasta llegar al Himalaya. De este viaje surgió su libro Vol au-dessus de l'Himalaya (Vuelo sobre el Himalaya).

En este documental, Blutch nos muestra su recorrido por los cielos de varios países en el oriente del mundo, y aparte de disfrutar visualmente sus increíbles aventuras, nos permite una reflexión respecto a nuestro propio vuelo, una metáfora de la propia vida. El Uno está en el todo, y todo contiene al Uno.

Volar, volar con un mínimo de implementos; volar, volar con el máximo de ánimo espiritual. Desplegarse sorprendentemente por los aires entre picos de montañas, divisando valles a lo lejos, haciendo amigos pasajeros, pero paradójicamente verdaderos, desvelando paisajes humanos, tragedias y alegrías, tristezas y asombro. El asombro es el principio de la filosofía. Extasiado ante las salidas y puestas de sol, y tocando con su viejo y fiel violín en las cimas de las montañas para nadie más que para él, para la madre tierra y para el universo. Afina su instrumento con el infinito. Así viaja Blutch, expuesto a todos los peligros, pero recibiendo la benevolencia de la vida, es bien tratado por el aire, las nubes y las montañas. Es un tipo bendecido, sin miedo, simple y complejo como sus viajes, un chamán de los vientos. Es una águila, un cóndor y un buitre a la vez, de mirada certera puesta sobre su presa que es el mismo mundo.

Las implicaciones políticas de actos como los que realiza Blutch son enormes. Rompe con la existencia de fronteras aunque a la vez está tan limitado por ellas. Algunos países por los que va a pasar le niegan la autorización, lo cual lo obliga a realizar enormes rodeos. Blutch reta las fronteras porque se da cuenta que desde el aire, desde el cielo, éstas no existen.

Reta también de los sistemas políticos, porque a pesar de las prohibiciones sufridas, logra su meta. Los enormes y complejos intereses geopolíticos que están en juego en la zona entre India, Nepal, Bután, Afganistán y China, no son fáciles de desentrañar ni resolver. Aún así, Blutch, pese a todo el poderío que le prohíbe volar o descender en algunos lugares, tiene una meta y la consigue. Y ese logro es extraordinario porque muestra que de alguna forma esas potencias tienen pies de barro y no pueden frenar los anhelos de libertad de algunos seres que no conciben fronteras en sus mentes, sino que al contrario, creen en la solidaridad, en el apoyo, en la cooperación, en el asombro, en la reivindicación de lo sencillo, en lo más diáfano de la vida humana por más ingenuo o utópico que esto parezca. Blutch recibe apoyo por aquí, por allá y por todos lados, porque la gente, en el fondo, comparte los mismos anhelos. Con sus amigos toca y comparte su violín frente a impresionantes puestas de sol, y no hay quien lo frene ni quien se lo impida, él representa y concreta los más altos valores de los seres humanos. Vuela libre por los cielos, puede descender en donde quiera y encontrar amistad y amor por doquier. Aunque nosotros no volemos en un parapente, podemos sacar grandes enseñanzas de la experiencia de Blutch porque cada uno estamos en nuestro propio vuelo por la tierra, podemos romper las fronteras que nos separan de otros, y podemos encontrar y sembrar la semilla de la amistad, la cooperación y el amor donde sea, a pesar de todos los poderes que se opongan, a pesar del aparente triunfo del odio, la maldad, el robo, y el crimen, no sólo existen estos, también vive la propuesta llevada cabo por Blutch que es un gran canto libertario.

Pero el aporte más importante de Blutch es que nos muestra visualmente la magnificencia de la soledad y el silencio, dos posibilidades que en el mundo común se pierden entre la barahúnda del ruido, masificación y superficialidad. Blutch es el reencuentro con lo más sacrosanto que tenemos: nosotros mismos y nuestro contacto con la naturaleza y con el universo. El mar, las montañas, el viento, los árboles, el cielo, las nubes, la lluvia, las puestas de sol, la música, el violín, la amistad son el reencuentro con nuestro ser. Son la manifestación de la fuente única y de la unidad de todo, la manifestación de la armonía y la belleza del silencio en soledad.

Blutch. Documental. Dir. Nicolas Alliot. Francia 2018


https://escritosdealfonsofrancotiscareno.blogspot.com

Las aves nacidas en una jaula piensan que volar es una enfermedad.

Alejandro Jodorowski

Volar, volar en un parapente, estable, pero con la mínima seguridad. Un parapente es un planeador muy ligero y flexible que permite volar desde las pendientes de las montañas y sostenerse incluso por horas en el aire, permite también recorrer grandes distancias. Uno de los documentos visuales que nos deja comprender qué es un parapente y cuáles son sus posibilidades nos la proporciona la película francesa titulada Blutch. Se trata de un documental filmado en 2018 que narra las aventuras de un parapentista que viaja en su planeador por los cielos y montañas de varios países –Tayikistán, Pakistán, India, Nepal, Sikkim y Arunachal Pradesh– en un viaje que durará cuatro meses, en los que pasará peligros, hambre, incertidumbres, asombros, alegrías, y atestiguará la belleza suprema de los paisajes, todo para llegar, tras horas y días de aventuras, dudas y esfuerzos, al corazón del Himalaya.

¿Acaso este viaje no es una metáfora de la vida misma? Vuelas por los aires a alturas insospechadas solamente sostenido en un pequeño artefacto desde el cual contemplas el mundo. Así es también nuestro viaje sobre el planeta tierra, encarnados en un cuerpo poderoso, pero delicado; fuerte, pero expuesto a mil cosas. Y podrías volar en un parapente junto con otros, pero finalmente vas tú solo atenido a tu propia habilidad, fuerza y conocimiento de la atmósfera, el clima y las circunstancias. Exacto, como la vida misma. Vas con otros, pero finalmente vas solo. Esa es la dialéctica vida- muerte que acompañará por siempre al ser humano.

Blutch es un alpinista y parapentista francés cuyo nombre real es Jean-Yves Fredriksen, que filma él mismo sus aventuras en las montañas y en los cielos. Ha sido el primero en volar en un parapente desde Tayikistán a Nepal, hasta llegar al Himalaya. De este viaje surgió su libro Vol au-dessus de l'Himalaya (Vuelo sobre el Himalaya).

En este documental, Blutch nos muestra su recorrido por los cielos de varios países en el oriente del mundo, y aparte de disfrutar visualmente sus increíbles aventuras, nos permite una reflexión respecto a nuestro propio vuelo, una metáfora de la propia vida. El Uno está en el todo, y todo contiene al Uno.

Volar, volar con un mínimo de implementos; volar, volar con el máximo de ánimo espiritual. Desplegarse sorprendentemente por los aires entre picos de montañas, divisando valles a lo lejos, haciendo amigos pasajeros, pero paradójicamente verdaderos, desvelando paisajes humanos, tragedias y alegrías, tristezas y asombro. El asombro es el principio de la filosofía. Extasiado ante las salidas y puestas de sol, y tocando con su viejo y fiel violín en las cimas de las montañas para nadie más que para él, para la madre tierra y para el universo. Afina su instrumento con el infinito. Así viaja Blutch, expuesto a todos los peligros, pero recibiendo la benevolencia de la vida, es bien tratado por el aire, las nubes y las montañas. Es un tipo bendecido, sin miedo, simple y complejo como sus viajes, un chamán de los vientos. Es una águila, un cóndor y un buitre a la vez, de mirada certera puesta sobre su presa que es el mismo mundo.

Las implicaciones políticas de actos como los que realiza Blutch son enormes. Rompe con la existencia de fronteras aunque a la vez está tan limitado por ellas. Algunos países por los que va a pasar le niegan la autorización, lo cual lo obliga a realizar enormes rodeos. Blutch reta las fronteras porque se da cuenta que desde el aire, desde el cielo, éstas no existen.

Reta también de los sistemas políticos, porque a pesar de las prohibiciones sufridas, logra su meta. Los enormes y complejos intereses geopolíticos que están en juego en la zona entre India, Nepal, Bután, Afganistán y China, no son fáciles de desentrañar ni resolver. Aún así, Blutch, pese a todo el poderío que le prohíbe volar o descender en algunos lugares, tiene una meta y la consigue. Y ese logro es extraordinario porque muestra que de alguna forma esas potencias tienen pies de barro y no pueden frenar los anhelos de libertad de algunos seres que no conciben fronteras en sus mentes, sino que al contrario, creen en la solidaridad, en el apoyo, en la cooperación, en el asombro, en la reivindicación de lo sencillo, en lo más diáfano de la vida humana por más ingenuo o utópico que esto parezca. Blutch recibe apoyo por aquí, por allá y por todos lados, porque la gente, en el fondo, comparte los mismos anhelos. Con sus amigos toca y comparte su violín frente a impresionantes puestas de sol, y no hay quien lo frene ni quien se lo impida, él representa y concreta los más altos valores de los seres humanos. Vuela libre por los cielos, puede descender en donde quiera y encontrar amistad y amor por doquier. Aunque nosotros no volemos en un parapente, podemos sacar grandes enseñanzas de la experiencia de Blutch porque cada uno estamos en nuestro propio vuelo por la tierra, podemos romper las fronteras que nos separan de otros, y podemos encontrar y sembrar la semilla de la amistad, la cooperación y el amor donde sea, a pesar de todos los poderes que se opongan, a pesar del aparente triunfo del odio, la maldad, el robo, y el crimen, no sólo existen estos, también vive la propuesta llevada cabo por Blutch que es un gran canto libertario.

Pero el aporte más importante de Blutch es que nos muestra visualmente la magnificencia de la soledad y el silencio, dos posibilidades que en el mundo común se pierden entre la barahúnda del ruido, masificación y superficialidad. Blutch es el reencuentro con lo más sacrosanto que tenemos: nosotros mismos y nuestro contacto con la naturaleza y con el universo. El mar, las montañas, el viento, los árboles, el cielo, las nubes, la lluvia, las puestas de sol, la música, el violín, la amistad son el reencuentro con nuestro ser. Son la manifestación de la fuente única y de la unidad de todo, la manifestación de la armonía y la belleza del silencio en soledad.

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