/ miércoles 4 de diciembre de 2019

Contraluz: J. Guadalupe Velázquez

Primer director y fundador de la Escuela de Música Sacra y Conservatorio de Música que hoy lleva su nombre

Querétaro ha sido tierra de grandes voces, de orfeones y de coros que seguramente tuvieron gran parte de su cimiento en la figura del padre José Guadalupe Velázquez Pedraza primer director y fundador de la Escuela de Música Sacra y Conservatorio de Música que hoy lleva su nombre.

En la parroquia de San Miguel Arcángel en la comunidad de Ceja de Bravo, Huimilpan, en una modesta vivienda, J. Guadalupe Lucio Velázquez vio la primera luz el 12 de diciembre de 1856.

Tuvo una infancia que pronto fue alterada por los vaivenes de los tiempos de la Reforma en los que desórdenes y robos en las haciendas de la región eran el pan de cada día por lo que sus padres, Eligio Velázquez y Dolores Pedraza, decidieron trasladarse a la ciudad de Querétaro en busca de mayor tranquilidad y estabilidad.

Aquí, J. Guadalupe Velázquez entró a estudiar en la escuela del profesor Luis Ruiz, al tiempo que, impulsado por sus padres, aprendió a tocar flauta con el maestro Francisco Moya acompañándose en trío con sus compañeros Juan Montes, guitarra, y Luis González, violín.

Foto: CORTESÍA | CARLOS JIMÉNEZ

Al concluir la primaria ingresó al Colegio de la Santa Cruz de los Milagros a estudiar latín; sin embargo a los pocos meses lo dejó e ingresó como alumno externo al Seminario Conciliar ubicado entonces en la Casa de los Perros, en Allende Sur.

Desde entonces nunca dejó de estudiar música y además, con el maestro Salvador Lara, estudió dibujo y pintura.

En marzo de 1878 el obispo Manuel Sabas Camacho le otorgó las órdenes menores y el 21 de diciembre el diaconado, asumiendo la encomienda de maestro de cantores de Catedral.

En 1886 fue ordenado sacerdote en el Templo de Teresitas y dos años después el obispo Camacho lo envió a estudiar a Europa con la visión y el deseo de restaurar la música litúrgica. Así, junto con el maestro Agustín González emprendió el viaje a Veracruz y después a Roma, donde estudió música con los maestros del Coro de San Pedro, y alemán durante cuatro meses.

De ahí salieron rumbo a Alemania donde se prepararon intensamente en la llamada Escuela de Música Eclesiástica de Ratisbona.

Año y medio después retorna a Querétaro donde el obispo Manuel Sabas Camacho funda la Escuela de Canto Gregoriano, nombrando a J. Guadalupe Velázquez, director. La sede era el anexo del Templo de Teresitas.

De ahí parte la fundación del Orfeón Queretano que por muchos años fue considerado el mejor en su género, siendo invitado frecuentemente a participar en festividades de otros estados y diócesis, y a la capital de la república.

Poesía, docencia, dirección y composición coral fueron entreverándose en una vida intensa que apuntaba todo hacia la docencia, la belleza y la armonía.

Nervioso, melancólico muchas veces, J. Guadalupe parecía pretender escalar hacia alturas insospechadas de luz y de serena paz que se reflejan en sus innumerables obras musicales, pinturas y poesía.

Era docente y arista permanente; sus composiciones musicales y corales, fueron reconocidas, apreciadas y cantadas en decenas de países, así como en diversas congregaciones religiosas.

Pero además J. Guadalupe Velázquez supo también cantar a su tierra, a sus alboradas y atardeceres, a sus campiñas y serranías. Era un místico y un artista pleno, con carácter y “rarezas”, como todos los genios que aceptan vivir soledades en las que se aventuran y que sólo ellos conocen, por su cercanía con la plenitud…

Foto: CORTESÍA | CARLOS JIMÉNEZ

Su fama trascendió y fue solicitado en 1895 por las autoridades de la República y de la Arquidiócesis de México, donde no sin pesar por dejar su tierra, se encargó de diversas tareas en el Conservatorio Nacional de Música, la Colegiata de Guadalupe, en el Seminario Conciliar y en diversos templos y capillas, todo sin dejar la composición.

El general Porfirio Díaz lo nombró el 13 de agosto de 1901 profesor de órgano, solfeo, y conjuntos corales, concertador y director de coros, inspector y director de todos los colegios civiles.

En ese tiempo un grupo de liberales reclamaron al secretario de Educación, Justo Sierra, el hecho de que el padre Velázquez, siendo clérigo, fuese llamado a colaborar en el Conservatorio, a lo que el funcionario replicó “a mi lo que menos me interesa es que Velázquez sea cura. Lo que me importa es que es el maestro que se necesita ahí, y no sé cómo admirarlo más: si como músico, como poeta o como hombre…”

Muchas tareas más desempeñó en diversos círculos eclesiásticos y docentes de la capital. En 1915 fue detenido como muchos otros clérigos. Tras doce días detenido fue liberado. Un intendente policial explicó la razón: “dicen que porque es gloria nacional”.

Hombre desprendido de todo bien material, sufrió al final de su vida para vestir, tener techo y comer. Todo lo daba. Nada dejaba para sí.

Retornó a Querétaro en dicho año de 1915 y ya con su salud mermada.

En 1919 recibe un magno homenaje en el entonces Teatro Iturbide, junto al maestro Agustín González.

En 1920 vuelve a la capital de la República para atender sus problemas de salud, pero fallece el 17 de febrero de 1920 por una congestión pulmonar al salir de la casa de Puente de Alvarado en la que se hospedaba.

En el 50 aniversario de la Escuela de Música Sacra el padre Cirilo Conejo, dio cobijo a maestros de la Academia de Bellas Artes del Estado, Fernando Loyola, Trinidad Sánchez, Germán Patiño, Sebastián Larrondo y Salvador Galván entre otros, quienes impulsan poner el nombre de J. Guadalupe Velázquez al Conservatorio de Música fundado en febrero de 1892.

Querétaro ha sido tierra de grandes voces, de orfeones y de coros que seguramente tuvieron gran parte de su cimiento en la figura del padre José Guadalupe Velázquez Pedraza primer director y fundador de la Escuela de Música Sacra y Conservatorio de Música que hoy lleva su nombre.

En la parroquia de San Miguel Arcángel en la comunidad de Ceja de Bravo, Huimilpan, en una modesta vivienda, J. Guadalupe Lucio Velázquez vio la primera luz el 12 de diciembre de 1856.

Tuvo una infancia que pronto fue alterada por los vaivenes de los tiempos de la Reforma en los que desórdenes y robos en las haciendas de la región eran el pan de cada día por lo que sus padres, Eligio Velázquez y Dolores Pedraza, decidieron trasladarse a la ciudad de Querétaro en busca de mayor tranquilidad y estabilidad.

Aquí, J. Guadalupe Velázquez entró a estudiar en la escuela del profesor Luis Ruiz, al tiempo que, impulsado por sus padres, aprendió a tocar flauta con el maestro Francisco Moya acompañándose en trío con sus compañeros Juan Montes, guitarra, y Luis González, violín.

Foto: CORTESÍA | CARLOS JIMÉNEZ

Al concluir la primaria ingresó al Colegio de la Santa Cruz de los Milagros a estudiar latín; sin embargo a los pocos meses lo dejó e ingresó como alumno externo al Seminario Conciliar ubicado entonces en la Casa de los Perros, en Allende Sur.

Desde entonces nunca dejó de estudiar música y además, con el maestro Salvador Lara, estudió dibujo y pintura.

En marzo de 1878 el obispo Manuel Sabas Camacho le otorgó las órdenes menores y el 21 de diciembre el diaconado, asumiendo la encomienda de maestro de cantores de Catedral.

En 1886 fue ordenado sacerdote en el Templo de Teresitas y dos años después el obispo Camacho lo envió a estudiar a Europa con la visión y el deseo de restaurar la música litúrgica. Así, junto con el maestro Agustín González emprendió el viaje a Veracruz y después a Roma, donde estudió música con los maestros del Coro de San Pedro, y alemán durante cuatro meses.

De ahí salieron rumbo a Alemania donde se prepararon intensamente en la llamada Escuela de Música Eclesiástica de Ratisbona.

Año y medio después retorna a Querétaro donde el obispo Manuel Sabas Camacho funda la Escuela de Canto Gregoriano, nombrando a J. Guadalupe Velázquez, director. La sede era el anexo del Templo de Teresitas.

De ahí parte la fundación del Orfeón Queretano que por muchos años fue considerado el mejor en su género, siendo invitado frecuentemente a participar en festividades de otros estados y diócesis, y a la capital de la república.

Poesía, docencia, dirección y composición coral fueron entreverándose en una vida intensa que apuntaba todo hacia la docencia, la belleza y la armonía.

Nervioso, melancólico muchas veces, J. Guadalupe parecía pretender escalar hacia alturas insospechadas de luz y de serena paz que se reflejan en sus innumerables obras musicales, pinturas y poesía.

Era docente y arista permanente; sus composiciones musicales y corales, fueron reconocidas, apreciadas y cantadas en decenas de países, así como en diversas congregaciones religiosas.

Pero además J. Guadalupe Velázquez supo también cantar a su tierra, a sus alboradas y atardeceres, a sus campiñas y serranías. Era un místico y un artista pleno, con carácter y “rarezas”, como todos los genios que aceptan vivir soledades en las que se aventuran y que sólo ellos conocen, por su cercanía con la plenitud…

Foto: CORTESÍA | CARLOS JIMÉNEZ

Su fama trascendió y fue solicitado en 1895 por las autoridades de la República y de la Arquidiócesis de México, donde no sin pesar por dejar su tierra, se encargó de diversas tareas en el Conservatorio Nacional de Música, la Colegiata de Guadalupe, en el Seminario Conciliar y en diversos templos y capillas, todo sin dejar la composición.

El general Porfirio Díaz lo nombró el 13 de agosto de 1901 profesor de órgano, solfeo, y conjuntos corales, concertador y director de coros, inspector y director de todos los colegios civiles.

En ese tiempo un grupo de liberales reclamaron al secretario de Educación, Justo Sierra, el hecho de que el padre Velázquez, siendo clérigo, fuese llamado a colaborar en el Conservatorio, a lo que el funcionario replicó “a mi lo que menos me interesa es que Velázquez sea cura. Lo que me importa es que es el maestro que se necesita ahí, y no sé cómo admirarlo más: si como músico, como poeta o como hombre…”

Muchas tareas más desempeñó en diversos círculos eclesiásticos y docentes de la capital. En 1915 fue detenido como muchos otros clérigos. Tras doce días detenido fue liberado. Un intendente policial explicó la razón: “dicen que porque es gloria nacional”.

Hombre desprendido de todo bien material, sufrió al final de su vida para vestir, tener techo y comer. Todo lo daba. Nada dejaba para sí.

Retornó a Querétaro en dicho año de 1915 y ya con su salud mermada.

En 1919 recibe un magno homenaje en el entonces Teatro Iturbide, junto al maestro Agustín González.

En 1920 vuelve a la capital de la República para atender sus problemas de salud, pero fallece el 17 de febrero de 1920 por una congestión pulmonar al salir de la casa de Puente de Alvarado en la que se hospedaba.

En el 50 aniversario de la Escuela de Música Sacra el padre Cirilo Conejo, dio cobijo a maestros de la Academia de Bellas Artes del Estado, Fernando Loyola, Trinidad Sánchez, Germán Patiño, Sebastián Larrondo y Salvador Galván entre otros, quienes impulsan poner el nombre de J. Guadalupe Velázquez al Conservatorio de Música fundado en febrero de 1892.

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