/ miércoles 12 de febrero de 2020

Contraluz: Parásitos

Película aleccionadora que tratada con maestría, es brutal en su narrativa que lleva indefectiblemente al cuestionamiento sobre nuestro hoy social, económico y espiritual

Vivimos tiempos revueltos y complejos en donde los afanes comunitarios parecen haberse destemplado dejando para la supervivencia sólo raíles de incertidumbre, miedo, complicidades oscuras y espacios radicalmente definidos donde el pregón permanente es que el fin justifica los medios… aunque el fin no se alcance.

Habiendo conocido Corea del Sur y tras diversas recomendaciones tenía especial interés en ver Parásitos, la película de Bong Joon-ho merecedora de la Palma de Oro de Cannes y de los más importantes premios del Óscar, incluido los de mejor dirección y mejor película.

Bong Joon-ho, el director coreano merecedor de los más grandes lauros por “Parásitos”. Foto: Cortesía | Carlos Jiménez E.

Y sí, es una película aleccionadora que tratada con maestría, es brutal en su narrativa que lleva indefectiblemente al cuestionamiento sobre nuestro hoy social, económico y espiritual, en el que sin piedad retoma el aforismo latino de Plauto (250 a. C.) que Hobbes recuerda en el siglo XVII en su Leviatán.

Los cuatro integrantes de una familia, sin trabajo formal y explotados por intermediarios que los ponen a suajear cajas para pizzas, ven transcurrir el día a día en su vivienda, un sótano cuyas ventanas parecen más bien alcantarillas, en donde el nuevo protagonista de nuestro tiempo, el Smartphone y la búsqueda de una señal gratuita de wifi, tienen un relevante e insustituible papel en el estrecho campo de sus satisfacciones.

Es entonces cuando un hogar millonario se convierte en su mayor oportunidad de vida y sobrevivencia.

Dicho hogar, donde son bien recibidos, marca entonces la cima de sus sueños, más allá del dinero recibido y de su mejoría laboral.

Se marcan así las diferencias y similitudes de todos los personajes que intervienen en las dos familias, entreviéndose envida de unos e indolencia de los otros.

En el entorno no se advierte más valor que el presumible de una familia unida.

Tampoco se deja ver entre la narrativa algún signo de autoridad civil.

Con ironía, se alude acaso, en el único momento político, a la división de las dos Coreas y a los demagógicos discursos del líder del Norte.

Los hechos se desenvuelven entonces rumbo a un final inesperado, sórdido, oscuro y ambiguo.

Los personajes de Parásitos son comunes, frágiles, discordantes, atados a la inmediatez real y a sueños que no se consuman.

Ahí radica quizá el enorme éxito de la cinta y de su récord taquillero en su país natal y en todo el mundo.

Esa fragilidad de la familia manipuladora es fácilmente comprensible y accesible; con maestría, el director lleva al espectador por diversos campos cinematográficos en un recorrido no exento de angustia, humor y terror, sin juzgar a los personajes, incidiendo en posibles empatías ante situaciones semejantes.

En estos tiempos en que las opiniones sobre casi cualquier tema son en blanco y negro –con “datos duros” según le llaman algunos- sin escalas de grises y sin el mérito de la duda, vale eludir el término de “obra maestra” y reconocer en cambio que “Parásitos” es el mejor largometraje del genio surcoreano Bong Joon-ho, cuya cinta, cercana a la perfección, está ya inscrita en la historia.

Y es que el filme deslumbra por su elegancia y precisión; por la secuencialidad narrativa y por su belleza tanto en los pasajes más ligeros como en los lóbregos y oscuros.

El filme brilla igualmente con su propuesta narrativa con giros impredecibles, son sorpresas y personajes minuciosamente redondeados que, sin esconder la crítica social, acompañan al espectador en una creciente y serena carga de sensaciones, donde todo parece tener razón de ser: encuadres, ritmo, música...

Hay quien ha comparado esta singular cinta con una sinfonía maravillosa en la que todos los instrumentos disponibles tienen su tiempo y su espacio para confluir en un caudal de sensaciones y emociones cuya aparente ambigüedad deja resquicios para concluir que el gran sueño de ser ricos muy ricos, no será alcanzado.

Vale advertir que en entrevista con “Culture”, Bong Joon-ho explicó que el final de Parásitos, que algunos podrían encontrar ambiguo, él siempre lo tuvo claro como algo muy realista y reveló que para él era importante ser honesto con la audiencia y especificar que es imposible que Ki-woo comprara la casa y así liberar a su padre, tal como lo expone en su plan.

La película plantea que la familia Kim, los pobres, no tiene forma de conseguir la vida de lujos o despreocupaciones de la familia Park –los ricos- más que siendo “parásitos” de los mismos. A menos que encuentren una forma de subsistir mediante ellos, o colgándose de su fortuna, o también, como hace la familia Kim, al engañarlos para lograr empleo para todos. Esta idea fondea la conversación entre los Kim, padre e hijo, cuando están en el refugio por el desborde del río y uno le dice al otro que no tiene sentido hacer un plan, porque la vida jamás respeta esos planes.

Es oportuno por fin señalar que es más que interesante que la Academia haya optado este año por otorgar su mayor galardón a esta magistral película, que contiene indudable crítica social, en tiempos en los que han retornado el proteccionismo radical y los nacionalismos a ultranza; el desprecio por los migrantes pobres y la propuesta de volver a generar muros divisorios; la desintegración de comunidades internacionales y el narcisismo de Estados; el avance de los procesos de comercialización de cultura y deporte; y la desesperanza que parece acompañar a muchos pobres y ricos, jóvenes y adultos que no encuentran sentido a sus vidas.

Vivimos tiempos revueltos y complejos en donde los afanes comunitarios parecen haberse destemplado dejando para la supervivencia sólo raíles de incertidumbre, miedo, complicidades oscuras y espacios radicalmente definidos donde el pregón permanente es que el fin justifica los medios… aunque el fin no se alcance.

Habiendo conocido Corea del Sur y tras diversas recomendaciones tenía especial interés en ver Parásitos, la película de Bong Joon-ho merecedora de la Palma de Oro de Cannes y de los más importantes premios del Óscar, incluido los de mejor dirección y mejor película.

Bong Joon-ho, el director coreano merecedor de los más grandes lauros por “Parásitos”. Foto: Cortesía | Carlos Jiménez E.

Y sí, es una película aleccionadora que tratada con maestría, es brutal en su narrativa que lleva indefectiblemente al cuestionamiento sobre nuestro hoy social, económico y espiritual, en el que sin piedad retoma el aforismo latino de Plauto (250 a. C.) que Hobbes recuerda en el siglo XVII en su Leviatán.

Los cuatro integrantes de una familia, sin trabajo formal y explotados por intermediarios que los ponen a suajear cajas para pizzas, ven transcurrir el día a día en su vivienda, un sótano cuyas ventanas parecen más bien alcantarillas, en donde el nuevo protagonista de nuestro tiempo, el Smartphone y la búsqueda de una señal gratuita de wifi, tienen un relevante e insustituible papel en el estrecho campo de sus satisfacciones.

Es entonces cuando un hogar millonario se convierte en su mayor oportunidad de vida y sobrevivencia.

Dicho hogar, donde son bien recibidos, marca entonces la cima de sus sueños, más allá del dinero recibido y de su mejoría laboral.

Se marcan así las diferencias y similitudes de todos los personajes que intervienen en las dos familias, entreviéndose envida de unos e indolencia de los otros.

En el entorno no se advierte más valor que el presumible de una familia unida.

Tampoco se deja ver entre la narrativa algún signo de autoridad civil.

Con ironía, se alude acaso, en el único momento político, a la división de las dos Coreas y a los demagógicos discursos del líder del Norte.

Los hechos se desenvuelven entonces rumbo a un final inesperado, sórdido, oscuro y ambiguo.

Los personajes de Parásitos son comunes, frágiles, discordantes, atados a la inmediatez real y a sueños que no se consuman.

Ahí radica quizá el enorme éxito de la cinta y de su récord taquillero en su país natal y en todo el mundo.

Esa fragilidad de la familia manipuladora es fácilmente comprensible y accesible; con maestría, el director lleva al espectador por diversos campos cinematográficos en un recorrido no exento de angustia, humor y terror, sin juzgar a los personajes, incidiendo en posibles empatías ante situaciones semejantes.

En estos tiempos en que las opiniones sobre casi cualquier tema son en blanco y negro –con “datos duros” según le llaman algunos- sin escalas de grises y sin el mérito de la duda, vale eludir el término de “obra maestra” y reconocer en cambio que “Parásitos” es el mejor largometraje del genio surcoreano Bong Joon-ho, cuya cinta, cercana a la perfección, está ya inscrita en la historia.

Y es que el filme deslumbra por su elegancia y precisión; por la secuencialidad narrativa y por su belleza tanto en los pasajes más ligeros como en los lóbregos y oscuros.

El filme brilla igualmente con su propuesta narrativa con giros impredecibles, son sorpresas y personajes minuciosamente redondeados que, sin esconder la crítica social, acompañan al espectador en una creciente y serena carga de sensaciones, donde todo parece tener razón de ser: encuadres, ritmo, música...

Hay quien ha comparado esta singular cinta con una sinfonía maravillosa en la que todos los instrumentos disponibles tienen su tiempo y su espacio para confluir en un caudal de sensaciones y emociones cuya aparente ambigüedad deja resquicios para concluir que el gran sueño de ser ricos muy ricos, no será alcanzado.

Vale advertir que en entrevista con “Culture”, Bong Joon-ho explicó que el final de Parásitos, que algunos podrían encontrar ambiguo, él siempre lo tuvo claro como algo muy realista y reveló que para él era importante ser honesto con la audiencia y especificar que es imposible que Ki-woo comprara la casa y así liberar a su padre, tal como lo expone en su plan.

La película plantea que la familia Kim, los pobres, no tiene forma de conseguir la vida de lujos o despreocupaciones de la familia Park –los ricos- más que siendo “parásitos” de los mismos. A menos que encuentren una forma de subsistir mediante ellos, o colgándose de su fortuna, o también, como hace la familia Kim, al engañarlos para lograr empleo para todos. Esta idea fondea la conversación entre los Kim, padre e hijo, cuando están en el refugio por el desborde del río y uno le dice al otro que no tiene sentido hacer un plan, porque la vida jamás respeta esos planes.

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