/ sábado 16 de abril de 2022

El decálogo “frodiano” (de Frodo, no de Freud) de los artistas malpagados

¿Por qué ciertos artistas no dominamos el arte de cobrar?

En una plática informal y fraterna con algunas amigas cercanas comenté que había recibido un pago frugal, para no decir ínfimo, por parte de una directora que llevó a escena una de mis obras y produjo el montaje con recursos obtenidos por medio del famoso programa EFIARTES (Estímulo Fiscal a Proyectos de Inversión en la Producción Teatral Nacional). Algunas de las cofrades con las que compartí mis desventuras financieras se dedican a la producción teatral, por lo que respingaron de inmediato y me regañaron con severidad: “¿Cómo fue posible que te dejaras embaucar de esa forma?” “¿No sabes que te dio menos del 1% del dinero que recibió?” “¿Por qué no le exigiste que respetara, aunque fuera, el tabulador del INBAL?”.

Antes de ese momento revelador yo no estaba particularmente molesta ni ofuscada por haber recibido aquellos céntimos con los que se me retribuyó por haber cedido, temporalmente, los derechos de mi pieza dramática. Estaba feliz porque aquel texto, entrañable para mí, iba a tener una nueva oportunidad escénica, por lo que, como de costumbre, pensé en las satisfacciones artísticas y no en las alforjas (que se vacían con facilidad y se llenan con enormes sacrificios). Después de que recibí las juiciosas amonestaciones de mis contertulias, comprendí que mi trabajo dramatúrgico estaba siendo fructíferamente explotado por la directora, mientras que yo me había conformado con una palmadita en la espalda, algunos halagos y una suma ridícula. ¿Qué podía hacer? Yo había aceptado los términos y condiciones, después de todo.

Y me sumí en una reflexión culposa, empecé a preguntarme por qué, después de dedicarme a mi profesión durante más de veinte años, con ahínco y esfuerzo, no podía gozar del usufructo de mi trabajo sin preocuparme por la constante incertidumbre económica; me flagelé por ser incapaz de cobrar costos dignos y decentes en las taquillas de los teatros donde me presento; crispé las manos y miré al cielo clamando por una respuesta que me permitiera entender por qué carajos regalo mis libros en lugar de venderlos, por qué ofrezco entradas gratuitas a raudales, por qué imparto talleres especializados en los que acepto conceder descuentos sobre cuotas que, de por sí, son bajísimas. ¿Por qué? ¿Por qué algunos artistas no fuimos debidamente entrenados para sobrevivir en esta jungla capitalista? ¿Qué nos impide conceder un valor monetario a nuestro quehacer?

Después de incordiar al neoliberalismo y estrellar la cabeza contra la pared por puro coraje, me calmé y traté de usar las neuronas que no reventé después de mi arrebato apasionado. Pensé que, a diferencia de millones de seres humanos que dedican ocho, diez o más horas a desempeñar trabajos de mierda que no les satisfacen, nosotros disfrutamos lo que hacemos; y ese gozo parece estar penado por las infinitas consignas judeocristianas que fueron inoculadas en nuestras mentes desde que llegamos a este mundo. Así pues, con un afán casi científico, decidí escudriñar las entrañas de este padecimiento al que denominé Complejo de Frodo, en alusión al famoso hobbit al que le encomiendan salvar de la oscuridad a la Tierra Media y que, después de desvivirse por lograr la encomienda, recibe como recompensa daños psicológicos irreversibles, heridas físicas incurables y la imposibilidad de disfrutar del mundo que ayudó a preservar. Para conferirle seriedad al análisis de mi recién nombrado trastorno psíquico, necesitaba esbozar una definición de los síntomas, y así fue como nació El decálogo frodiano de los artistas malpagados (no confundir con decálogo freudiano), una lista comparativa y anecdótica de razonamientos mediante los cuales muchos de nosotros justificamos el maltrato financiero del que somos víctimas constantemente. Me permito compartir este listado que llevamos impreso en el reverso de nuestras consciencias, es decir, en nuestros inconscientes:

1. Cuando llega Gandalf a la comarca, nos alegramos inmensamente. Su pirotecnia llena nuestra vida de emociones vibrantes y, además, el mago es nuestro amigo. No creemos que sea capaz de jodernos la vida con una petición extrema que nos orillará a padecer penurias insufribles para beneficiarse directamente y cambiar de estatus social, de gris a blanco.

2. Aceptamos la propuesta de Gandalf porque confiamos en que sabe lo que hace y que, eventualmente, recibiremos una justa y equitativa recompensa por nuestros esfuerzos. Creemos en el bien, en que el arte puede cambiar el mundo, en que valen la pena los sacrificios si podemos contribuir a exaltar los valores y la ética en medio del caos y la barbarie. Obviamente, nuestro mejor amigo se percata de que estamos haciendo una estupidez, pero, de cualquier forma, se queda con nosotros y no nos abandona.

3. Cuando empezamos a darnos cuenta de que aceptamos un trato peligroso, ya es demasiado tarde, estamos hasta el cuello de mierda y un Nazgul nos encaja su espada en el pecho.

4. Volvemos a recuperar las fuerzas porque los Elfos, que trabajan con Gandalf, nos echan una manita, nos vendan la herida y nos dicen que hay otras personas que son tan increíbles y comprometidas como nosotros. Además, nos dan unos souvenirs o un depósito inicial, para que aguantemos mientras nos llega la recompensa mayor, que es lograr que nuestro trabajo sea reconocido por los habitantes de la Tierra Media.

5. Uno de los “amigos” que te presentan Gandalf y los Elfos resulta ser un verdadero gandalla que se quiere quedar con el crédito de tu trabajo sin esforzarse ni mínimamente. Te percatas a tiempo y le reclamas a tu Boromir particular. Dejas pasar el incidente porque te sientes un poco culpable, eres un hobbit que ha disfrutado de la vida, mientras que hay orcos que trabajan todo el día bajo las órdenes de jefes tiranos. Tú eres libre y tienes que pagar un precio por esa felicidad de la que carecen los asalariados.

6. Decides que el proyecto siga adelante, pero ya no confías tanto en la comunidad del anillo, así que te aíslas para poder hacer mejor tu trabajo. Tu amigo te sigue, está dispuesto a cobrar la mitad de lo que tú vas a cobrar, aunque haga lo mismo. Te dice que eres mejor que él y que el mundo necesita artistas como tú. Cree genuinamente en tu capacidad y quisiera que te fuera mejor, que no te comportaras tan ingenuamente cuando alguien te invita a colaborar. Le da coraje que te mientan, golpeen o estafen.

7. Te encuentras a un colega que ha sido maltratado por la vida, ya ni parece hobbit. Te asegura que puede ayudarte, porque tiene experiencia, solo tienes que seguirlo sin dudar de él. Te va a ayudar a que Gandalf aparezca, después de haberte abandonado sin cumplir su palabra. Lo sigues, pero tu amigo piensa que es un viejo mañoso y, además, esquizofrénico.

8. El colega mañoso te hace desconfiar de tu amigo y te quedas solo. Crees que tu compañero de andanzas ha querido aprovecharse de ti y ha sido él quien ha querido beneficiarse alevosamente de tu trabajo. Estás demasiado cansado, no has comido y no tienes para pagar la renta, así que le crees a Golum y caes en una trampa: firmas un contrato con la araña. Piensas que vas a lograr tus objetivos artísticos más rápidamente, pero, en lugar de eso, regalas tu idea para que alguien más consiga la beca.

9. Tu amigo vuelve a aparecer, se dio cuenta del engaño y guardó un poquito de dinero para que no te mueras de hambre. Dice que “un jaloncito más y lo lograrás”. Tú ya no sabes si crees en lo que haces o lo sigues haciendo porque no sabes hacer nada más. Entonces él se avienta un monólogo bien conmovedor que te hace recuperar la fe en el arte. Gandalf regresa y te asegura que confía en ti.

10. La obra sale de maravilla, a pesar de todo. Te aplauden y te condecoran. Tus colegas creen que te hiciste rico, pero no saben que lo único que te llevaste fue la estocada de un estúpido Nazgul y una depresión que no se cura ni con ansiolíticos. De cualquier manera, sigues amando lo que haces. Estás seguro de que la culpa no la tiene el arte, sino los aprovechados que saben que estás dispuesto a dar la vida con tal de seguir creando.

Colegas, lo único que puedo agregar después de este decálogo metafórico y burlesco es que no debemos sentirnos culpables por haber elegido el arte como medio de vida y sentido de nuestras existencias. Nuestro trabajo no puede tasarse como mercancía ni juzgarse a partir de consignas utilitarias, pero no por ello debemos aceptar la indignidad ni el abuso financiero. Debemos creer que lo que hacemos tiene un sentido y un lugar en el mundo, disfrutar de nuestra labor no nos convierte en parásitos improductivos, al contrario, le muestra a la humanidad que todo sufrimiento laboral es injusto y que cada persona debe tener el derecho de elegir su camino vital con plena libertad.

"El decálogo frodiano de los artistas malpagados (no confundir con “decálogo freudiano”), ES una lista comparativa y anecdótica de razonamientos mediante los cuales muchos de nosotros justificamos el maltrato financiero del que somos víctimas constantemente"

En una plática informal y fraterna con algunas amigas cercanas comenté que había recibido un pago frugal, para no decir ínfimo, por parte de una directora que llevó a escena una de mis obras y produjo el montaje con recursos obtenidos por medio del famoso programa EFIARTES (Estímulo Fiscal a Proyectos de Inversión en la Producción Teatral Nacional). Algunas de las cofrades con las que compartí mis desventuras financieras se dedican a la producción teatral, por lo que respingaron de inmediato y me regañaron con severidad: “¿Cómo fue posible que te dejaras embaucar de esa forma?” “¿No sabes que te dio menos del 1% del dinero que recibió?” “¿Por qué no le exigiste que respetara, aunque fuera, el tabulador del INBAL?”.

Antes de ese momento revelador yo no estaba particularmente molesta ni ofuscada por haber recibido aquellos céntimos con los que se me retribuyó por haber cedido, temporalmente, los derechos de mi pieza dramática. Estaba feliz porque aquel texto, entrañable para mí, iba a tener una nueva oportunidad escénica, por lo que, como de costumbre, pensé en las satisfacciones artísticas y no en las alforjas (que se vacían con facilidad y se llenan con enormes sacrificios). Después de que recibí las juiciosas amonestaciones de mis contertulias, comprendí que mi trabajo dramatúrgico estaba siendo fructíferamente explotado por la directora, mientras que yo me había conformado con una palmadita en la espalda, algunos halagos y una suma ridícula. ¿Qué podía hacer? Yo había aceptado los términos y condiciones, después de todo.

Y me sumí en una reflexión culposa, empecé a preguntarme por qué, después de dedicarme a mi profesión durante más de veinte años, con ahínco y esfuerzo, no podía gozar del usufructo de mi trabajo sin preocuparme por la constante incertidumbre económica; me flagelé por ser incapaz de cobrar costos dignos y decentes en las taquillas de los teatros donde me presento; crispé las manos y miré al cielo clamando por una respuesta que me permitiera entender por qué carajos regalo mis libros en lugar de venderlos, por qué ofrezco entradas gratuitas a raudales, por qué imparto talleres especializados en los que acepto conceder descuentos sobre cuotas que, de por sí, son bajísimas. ¿Por qué? ¿Por qué algunos artistas no fuimos debidamente entrenados para sobrevivir en esta jungla capitalista? ¿Qué nos impide conceder un valor monetario a nuestro quehacer?

Después de incordiar al neoliberalismo y estrellar la cabeza contra la pared por puro coraje, me calmé y traté de usar las neuronas que no reventé después de mi arrebato apasionado. Pensé que, a diferencia de millones de seres humanos que dedican ocho, diez o más horas a desempeñar trabajos de mierda que no les satisfacen, nosotros disfrutamos lo que hacemos; y ese gozo parece estar penado por las infinitas consignas judeocristianas que fueron inoculadas en nuestras mentes desde que llegamos a este mundo. Así pues, con un afán casi científico, decidí escudriñar las entrañas de este padecimiento al que denominé Complejo de Frodo, en alusión al famoso hobbit al que le encomiendan salvar de la oscuridad a la Tierra Media y que, después de desvivirse por lograr la encomienda, recibe como recompensa daños psicológicos irreversibles, heridas físicas incurables y la imposibilidad de disfrutar del mundo que ayudó a preservar. Para conferirle seriedad al análisis de mi recién nombrado trastorno psíquico, necesitaba esbozar una definición de los síntomas, y así fue como nació El decálogo frodiano de los artistas malpagados (no confundir con decálogo freudiano), una lista comparativa y anecdótica de razonamientos mediante los cuales muchos de nosotros justificamos el maltrato financiero del que somos víctimas constantemente. Me permito compartir este listado que llevamos impreso en el reverso de nuestras consciencias, es decir, en nuestros inconscientes:

1. Cuando llega Gandalf a la comarca, nos alegramos inmensamente. Su pirotecnia llena nuestra vida de emociones vibrantes y, además, el mago es nuestro amigo. No creemos que sea capaz de jodernos la vida con una petición extrema que nos orillará a padecer penurias insufribles para beneficiarse directamente y cambiar de estatus social, de gris a blanco.

2. Aceptamos la propuesta de Gandalf porque confiamos en que sabe lo que hace y que, eventualmente, recibiremos una justa y equitativa recompensa por nuestros esfuerzos. Creemos en el bien, en que el arte puede cambiar el mundo, en que valen la pena los sacrificios si podemos contribuir a exaltar los valores y la ética en medio del caos y la barbarie. Obviamente, nuestro mejor amigo se percata de que estamos haciendo una estupidez, pero, de cualquier forma, se queda con nosotros y no nos abandona.

3. Cuando empezamos a darnos cuenta de que aceptamos un trato peligroso, ya es demasiado tarde, estamos hasta el cuello de mierda y un Nazgul nos encaja su espada en el pecho.

4. Volvemos a recuperar las fuerzas porque los Elfos, que trabajan con Gandalf, nos echan una manita, nos vendan la herida y nos dicen que hay otras personas que son tan increíbles y comprometidas como nosotros. Además, nos dan unos souvenirs o un depósito inicial, para que aguantemos mientras nos llega la recompensa mayor, que es lograr que nuestro trabajo sea reconocido por los habitantes de la Tierra Media.

5. Uno de los “amigos” que te presentan Gandalf y los Elfos resulta ser un verdadero gandalla que se quiere quedar con el crédito de tu trabajo sin esforzarse ni mínimamente. Te percatas a tiempo y le reclamas a tu Boromir particular. Dejas pasar el incidente porque te sientes un poco culpable, eres un hobbit que ha disfrutado de la vida, mientras que hay orcos que trabajan todo el día bajo las órdenes de jefes tiranos. Tú eres libre y tienes que pagar un precio por esa felicidad de la que carecen los asalariados.

6. Decides que el proyecto siga adelante, pero ya no confías tanto en la comunidad del anillo, así que te aíslas para poder hacer mejor tu trabajo. Tu amigo te sigue, está dispuesto a cobrar la mitad de lo que tú vas a cobrar, aunque haga lo mismo. Te dice que eres mejor que él y que el mundo necesita artistas como tú. Cree genuinamente en tu capacidad y quisiera que te fuera mejor, que no te comportaras tan ingenuamente cuando alguien te invita a colaborar. Le da coraje que te mientan, golpeen o estafen.

7. Te encuentras a un colega que ha sido maltratado por la vida, ya ni parece hobbit. Te asegura que puede ayudarte, porque tiene experiencia, solo tienes que seguirlo sin dudar de él. Te va a ayudar a que Gandalf aparezca, después de haberte abandonado sin cumplir su palabra. Lo sigues, pero tu amigo piensa que es un viejo mañoso y, además, esquizofrénico.

8. El colega mañoso te hace desconfiar de tu amigo y te quedas solo. Crees que tu compañero de andanzas ha querido aprovecharse de ti y ha sido él quien ha querido beneficiarse alevosamente de tu trabajo. Estás demasiado cansado, no has comido y no tienes para pagar la renta, así que le crees a Golum y caes en una trampa: firmas un contrato con la araña. Piensas que vas a lograr tus objetivos artísticos más rápidamente, pero, en lugar de eso, regalas tu idea para que alguien más consiga la beca.

9. Tu amigo vuelve a aparecer, se dio cuenta del engaño y guardó un poquito de dinero para que no te mueras de hambre. Dice que “un jaloncito más y lo lograrás”. Tú ya no sabes si crees en lo que haces o lo sigues haciendo porque no sabes hacer nada más. Entonces él se avienta un monólogo bien conmovedor que te hace recuperar la fe en el arte. Gandalf regresa y te asegura que confía en ti.

10. La obra sale de maravilla, a pesar de todo. Te aplauden y te condecoran. Tus colegas creen que te hiciste rico, pero no saben que lo único que te llevaste fue la estocada de un estúpido Nazgul y una depresión que no se cura ni con ansiolíticos. De cualquier manera, sigues amando lo que haces. Estás seguro de que la culpa no la tiene el arte, sino los aprovechados que saben que estás dispuesto a dar la vida con tal de seguir creando.

Colegas, lo único que puedo agregar después de este decálogo metafórico y burlesco es que no debemos sentirnos culpables por haber elegido el arte como medio de vida y sentido de nuestras existencias. Nuestro trabajo no puede tasarse como mercancía ni juzgarse a partir de consignas utilitarias, pero no por ello debemos aceptar la indignidad ni el abuso financiero. Debemos creer que lo que hacemos tiene un sentido y un lugar en el mundo, disfrutar de nuestra labor no nos convierte en parásitos improductivos, al contrario, le muestra a la humanidad que todo sufrimiento laboral es injusto y que cada persona debe tener el derecho de elegir su camino vital con plena libertad.

"El decálogo frodiano de los artistas malpagados (no confundir con “decálogo freudiano”), ES una lista comparativa y anecdótica de razonamientos mediante los cuales muchos de nosotros justificamos el maltrato financiero del que somos víctimas constantemente"

Local

Municipio de Ezequiel Montes dice que sí trabaja para resolver desabasto de agua en Bernal

Precisaron que desde hace dos años el pozo de Santa Rosa de Lima ha presentado un problema técnico

Local

Reforma laboral ha beneficiado

El líder Alejando Olvera afirma que es positiva, dado que da la opción de elegir a sus representantes

Local

Oceransky es libre de llevarse el Trovafest

El alcalde adelantó que están trabajando con la secretaria de Cultural, Teresa García Besné, para desarrollar un programa que promueva a los cantautores locales

Local

Urge regular costos de agua en Bernal

Deberá ser con reglamento de la CEA que se emita con base en la Ley de la materia

Local

Rechazan instalación de parquímetros en la colonia Álamos

En esta administración no habrá imposiciones, y por lo tanto, no se llevará a cabo, informó el secretario de Movilidad, Rodrigo Vega Maestre

Local

Sigue gestión de edil para municipalizar tramo de la 57

Se requieren 4 millones de pesos anuales para el mantenimiento de rutina, y 40 millones de pesos para mantenimiento mayor cada tres años

Sociedad

Jalisco reporta dos nuevos casos sospechosos de hepatitis infantil aguda

Se trata de un niño de año y tres meses, residente del municipio de Cihuatlán, inició con síntomas de Hepatitis Aguda de origen desconocida el pasado 23 de junio

Local

Nueva secretaria de la Mujer capitalina

El alcalde Luis Nava dijo que se reforzarán las acciones que se han realizado en su gobierno

Sociedad

Jalisco reporta dos casos confirmados más de viruela del mono

A la fecha, 55 personas han sido atendidas y en seguimiento hay 22 pacientes confirmados con el virus