/ sábado 21 de septiembre de 2019

El gran teatro del mundo: viajes, ciudades y locos

Punto al que lo lea

A cierta edad, rebasada la frontera de los cuarenta años, es prudente empezar a considerar con seriedad la posibilidad de adquirir bienes perdurables que garanticen cierta seguridad al momento de ser coronado con una insigne cabellera blanca y recibir el título nobiliario de "adulto mayor".

Rebasé la temida frontera, me he convertido en una orgullosa cuarentona, pero en lugar de pagar el enganche de una casa o abrir una cuenta de ahorros, he tomado la irresponsable decisión de viajar cada vez que puedo hacerlo.

Trashumo de latitud en latitud gracias a mi bendita profesión teatral, que me cobija y guarece: no hay país sin escenarios, ni pueblo sin ficciones. Cualquier rincón del mundo puede convertirse en un teatro.

Y eso, mejor que nadie, lo saben los locos locales (valga la cacofonía fonéticamente sobrecargada). Si hay algo que me resulta fascinante en cada viaje, es descubrir a esos ciudadanos fracturados, escindidos, que deambulan por las calles viviendo una realidad alterna que se traslapa sobre la cotidianidad circundante. ¡Ay, los locos!, tan shakespereanos, tan literarios, tan tragicómicos, tan verdaderos, tan honestos.

Tanto en los entornos familiares como en las calles de cualquier ciudad, los locos revelan todo aquello que trata de mantenerse en silencio, soterrado, oculto. La locura es válvula de escape y puesta en acto de los terrores que asolan a los ciudadanos cuerdos que rodean al alienado, es por eso que en cada ciudad los locos representan un drama particular, único y geográficamente irrepetible.

En Boston hay muchas mujeres que de súbito, se detienen en medio de la calle y conminan a sus acompañantes invisibles a guardar silencio. En Hamburgo hay hombres que dan grandes zancadas y, descalzos o semidesnudos, tratan de llegar con urgencia a algún lugar que no existe (porque nunca estuvo ahí o porque desapareció hace tiempo). En Querétaro hay una vociferante señora cuya voz aguardentosa injuria a los paseantes que le recuerdan a quienes le destrozaron el pasado y le llenaron el corazón de rabia. ¿Qué nos dicen sobre las ciudades a las que pertenecen? Quizás aquellas damas que le hablan al vacío delatan la soledad y el aislamiento en el que se encuentran muchos estadounidenses, a quienes el confort capitalista no les ha brindado la felicidad prometida. Tal vez los alemanes de Hamburgo están tratando de encontrarse a sí mismos después de que su país se ha quebrado una y mil veces por guerras que han configurado drásticamente los límites geográficos e ideológicos de eso que alguna vez fue el Imperio austrohúngaro. Y la vociferante de Querétaro puede estar rasgando el velo con el que trata de ocultarse la violencia que existe en esta bella urbe, en la que aún se asegura que no pasa nada. Siempre hay alguna verdad escondida en la lengua de los locos, esa es una lección que Shakespeare nos legó claramente.

Hay vagabundos por todas partes. Personas que decidieron no seguir el juego del sistema. Algunos forjan alianzas y editan revistas para no perder la cabeza o demostrar que la recuperaron después de una larga peregrinación esquizofrénica.

Sí, no hay loco que no muestre un retrato teatral envidiable, puesto que denuncia con sus facciones desinhibidas la historia que lleva a cuestas. Por eso es difícil resistirse a su influjo e ignorarlos, es prácticamente imposible no dedicarles una mirada curiosa de espectador incidental.

A cierta edad, rebasada la frontera de los cuarenta años, es prudente empezar a considerar con seriedad la posibilidad de adquirir bienes perdurables que garanticen cierta seguridad al momento de ser coronado con una insigne cabellera blanca y recibir el título nobiliario de "adulto mayor".

Rebasé la temida frontera, me he convertido en una orgullosa cuarentona, pero en lugar de pagar el enganche de una casa o abrir una cuenta de ahorros, he tomado la irresponsable decisión de viajar cada vez que puedo hacerlo.

Trashumo de latitud en latitud gracias a mi bendita profesión teatral, que me cobija y guarece: no hay país sin escenarios, ni pueblo sin ficciones. Cualquier rincón del mundo puede convertirse en un teatro.

Y eso, mejor que nadie, lo saben los locos locales (valga la cacofonía fonéticamente sobrecargada). Si hay algo que me resulta fascinante en cada viaje, es descubrir a esos ciudadanos fracturados, escindidos, que deambulan por las calles viviendo una realidad alterna que se traslapa sobre la cotidianidad circundante. ¡Ay, los locos!, tan shakespereanos, tan literarios, tan tragicómicos, tan verdaderos, tan honestos.

Tanto en los entornos familiares como en las calles de cualquier ciudad, los locos revelan todo aquello que trata de mantenerse en silencio, soterrado, oculto. La locura es válvula de escape y puesta en acto de los terrores que asolan a los ciudadanos cuerdos que rodean al alienado, es por eso que en cada ciudad los locos representan un drama particular, único y geográficamente irrepetible.

En Boston hay muchas mujeres que de súbito, se detienen en medio de la calle y conminan a sus acompañantes invisibles a guardar silencio. En Hamburgo hay hombres que dan grandes zancadas y, descalzos o semidesnudos, tratan de llegar con urgencia a algún lugar que no existe (porque nunca estuvo ahí o porque desapareció hace tiempo). En Querétaro hay una vociferante señora cuya voz aguardentosa injuria a los paseantes que le recuerdan a quienes le destrozaron el pasado y le llenaron el corazón de rabia. ¿Qué nos dicen sobre las ciudades a las que pertenecen? Quizás aquellas damas que le hablan al vacío delatan la soledad y el aislamiento en el que se encuentran muchos estadounidenses, a quienes el confort capitalista no les ha brindado la felicidad prometida. Tal vez los alemanes de Hamburgo están tratando de encontrarse a sí mismos después de que su país se ha quebrado una y mil veces por guerras que han configurado drásticamente los límites geográficos e ideológicos de eso que alguna vez fue el Imperio austrohúngaro. Y la vociferante de Querétaro puede estar rasgando el velo con el que trata de ocultarse la violencia que existe en esta bella urbe, en la que aún se asegura que no pasa nada. Siempre hay alguna verdad escondida en la lengua de los locos, esa es una lección que Shakespeare nos legó claramente.

Hay vagabundos por todas partes. Personas que decidieron no seguir el juego del sistema. Algunos forjan alianzas y editan revistas para no perder la cabeza o demostrar que la recuperaron después de una larga peregrinación esquizofrénica.

Sí, no hay loco que no muestre un retrato teatral envidiable, puesto que denuncia con sus facciones desinhibidas la historia que lleva a cuestas. Por eso es difícil resistirse a su influjo e ignorarlos, es prácticamente imposible no dedicarles una mirada curiosa de espectador incidental.

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