/ jueves 25 de abril de 2019

“El precio de la historia”, a la queretana

Quienes estén interesados en conocer el valor de sus objetos antiguos, de 10:00 a 21:00 horas, hasta el sábado 27 de abril, los anticuarios ofrecerán en Jardín Corregidora una valuación gratuita

“Nos ha costado que nuestra labor sea considerada también como una actividad cultural”, lamenta el presidente de la Unión de Anticuarios de Querétaro, Francisco Rabell, quien en el festival de la ciudad de este año, junto con otros miembros de la asociación, ofrecerá al público la posibilidad de valuar gratuitamente sus objetos antiguos.

El procedimiento estará a cargo de los especialistas Guillermo Álvarez Diez Marina y Alberto Guerrero, quienes en Jardín Corregidora explicarán a los interesados los elementos culturales, estéticos, históricos y comerciales que todo valuador toma en cuenta para definir el precio de un objeto.

“Las cosas tienen tres valores: el valor sentimental que la persona le da a la pieza porque era de la abuelita, la mamá o de cuando era pequeño; el valor comercial, que se define por la oferta y la demanda en el mercado (…), y el valor de reventa, que se refiera a las facilidades que se tienen para venderlo. Además, hay valores agregados que se los da la historia, la cultura, o el personaje que las poseyó, además del estado de conservación”, explica Guerrero, un anticuario y antropólogo queretano con más de 31 años en este oficio, que describe de carácter multidisciplinario, pues “tienes que saber de historia, de restauración, cultura, y estilos artísticos…”.

Mientras describe a DIARIO DE QUERÉTARO las fases que conlleva este procedimiento, un hombre se acerca al anticuario con su celular para mostrarle la fotografía de un viejo mueble. Con detalle, Alberto le explica las cualidades del objeto y estima el valor, recalcando en la información, la importancia de generar una valuación directa para reafirmar el dictamen.

De acuerdo con el experto, en promedio un anticuario cobra por un avalúo entre mil a 4 mil pesos, dependiendo del tiempo que se ocupa para hacerlo, el desplazamiento al lugar- en caso de tener que ir directamente al espacio donde se encuentra almacenado-, y la documentación que se tenga que entregar.

“Antiguamente los valuadores te cobraban un porcentaje del avalúo, y ¿a qué se prestaba esto?: a que te valuaran muy alto para poderte cobrar más. La ventaja de aquí (en el evento) es que, como es gratuito, demostramos que no media un interés; lo que se hace es un servicio a la comunidad para que nos conozcan, sepan quienes somos, a qué nos dedicamos, cómo trabajamos… y tengan la confianza de acercarse a nuestros espacios”, asevera Guerrero, recalcando que la valuación del patrimonio, no solo es importante para sabes en cuánto vender o comprar, sino para conocer el valor histórico, cultural y económico que tienen nuestros objetos más preciados.

Mercado de antigüedades

Entre catalejos, trenes, máquinas de escribir, libros, baúles, fotografías derruidas por la luz, tocadiscos, bayonetas, cámaras y relojes antiguos, se encuentra el puesto de Rabell; un hombre alegre y con mucha chispa que apenas suelta unas palabras, capta la atención y la curiosidad de los que pasan por el mercado de antigüedades.

Antes de hacer de este oficio su vida, el anticuario cuenta que se dedicaba al teatro, y en las giras por los pueblos más recónditos del país, siempre aprovechaba los descansos para realizar largas caminatas por estos lugares.

“Eran épocas en las que las puertas de las casas estaban abiertas de par en par y cuando veía cosas que me gustaban, le decía a la gente: ¿Oiga no me vendería ese mueblecito que tiene ahí?- ¿Pa´ qué?, ya no sirve… ya está todo apolillado, lo vamos a echar a la lumbre.- ¡Nooo- les persuadía-, véndamelo a mí!, y así fue como empecé a comprar y a comprar, hasta que las cosas que no cabían en casa las empecé a vender, y de poco en poco me fui metiendo a este mundo…”, relata.

Con historias similares, cerca de treinta anticuarios han coincidido en la ciudad de Querétaro, donde no hace mucho tiempo, se agruparon en una asociación para exigir que su labor sea considerada también como una actividad cultural que, como cualquier otra, requiere de un espacio para desarrollarse.

“Recuperamos y restauramos piezas que tienen que ver con el arte, la cultura y la cuestión educativa, porque de pronto las nuevas generaciones no conocen los objetos que se usaban antes. A veces viene niños que al ver una máquina de escribir, le dicen a la mamá: ¡Mira mamá!, ¡una lap antigua!- risas-. No saben cómo vivían las generaciones anteriores, y a veces ni los papás. (…) Además, si nosotros no estuviéramos como intermediarios, estas piezas pasarían desapercibidas y se perderían para siempre; nos ha sucedido en muchas ocasiones que llegamos a casas con objetos de gran valor artístico, cultural y económico, y los tienen arrumbados o entre el montón de la leña, listos para ser quemados porque no saben el valor que tienen; para ellos solo es una cosa simple y vieja”, explica Rabell, quien además reconoce la importante labor que sus homólogos han hecho por la preservación del acervo cultural e histórico de los mexicanos.

“Como en México no existe la costumbre de conservar los objetos antiguos en comparación con otros países, nosotros andamos por todos los pueblos tocando puertas, buscando en cada rincón, y rescatando estas piezas”, dice, subrayando la necesidad de que el gobierno queretano establezca y promueva un mercado de antigüedades, más allá de los festivales, donde una o dos veces a la semana los anticuarios puedan salir de sus tiendas con sus objetos extraños, para que la gente conozca de su pasado y se acerque a la historia de otra manera.

“Nos ha costado que nuestra labor sea considerada también como una actividad cultural”, lamenta el presidente de la Unión de Anticuarios de Querétaro, Francisco Rabell, quien en el festival de la ciudad de este año, junto con otros miembros de la asociación, ofrecerá al público la posibilidad de valuar gratuitamente sus objetos antiguos.

El procedimiento estará a cargo de los especialistas Guillermo Álvarez Diez Marina y Alberto Guerrero, quienes en Jardín Corregidora explicarán a los interesados los elementos culturales, estéticos, históricos y comerciales que todo valuador toma en cuenta para definir el precio de un objeto.

“Las cosas tienen tres valores: el valor sentimental que la persona le da a la pieza porque era de la abuelita, la mamá o de cuando era pequeño; el valor comercial, que se define por la oferta y la demanda en el mercado (…), y el valor de reventa, que se refiera a las facilidades que se tienen para venderlo. Además, hay valores agregados que se los da la historia, la cultura, o el personaje que las poseyó, además del estado de conservación”, explica Guerrero, un anticuario y antropólogo queretano con más de 31 años en este oficio, que describe de carácter multidisciplinario, pues “tienes que saber de historia, de restauración, cultura, y estilos artísticos…”.

Mientras describe a DIARIO DE QUERÉTARO las fases que conlleva este procedimiento, un hombre se acerca al anticuario con su celular para mostrarle la fotografía de un viejo mueble. Con detalle, Alberto le explica las cualidades del objeto y estima el valor, recalcando en la información, la importancia de generar una valuación directa para reafirmar el dictamen.

De acuerdo con el experto, en promedio un anticuario cobra por un avalúo entre mil a 4 mil pesos, dependiendo del tiempo que se ocupa para hacerlo, el desplazamiento al lugar- en caso de tener que ir directamente al espacio donde se encuentra almacenado-, y la documentación que se tenga que entregar.

“Antiguamente los valuadores te cobraban un porcentaje del avalúo, y ¿a qué se prestaba esto?: a que te valuaran muy alto para poderte cobrar más. La ventaja de aquí (en el evento) es que, como es gratuito, demostramos que no media un interés; lo que se hace es un servicio a la comunidad para que nos conozcan, sepan quienes somos, a qué nos dedicamos, cómo trabajamos… y tengan la confianza de acercarse a nuestros espacios”, asevera Guerrero, recalcando que la valuación del patrimonio, no solo es importante para sabes en cuánto vender o comprar, sino para conocer el valor histórico, cultural y económico que tienen nuestros objetos más preciados.

Mercado de antigüedades

Entre catalejos, trenes, máquinas de escribir, libros, baúles, fotografías derruidas por la luz, tocadiscos, bayonetas, cámaras y relojes antiguos, se encuentra el puesto de Rabell; un hombre alegre y con mucha chispa que apenas suelta unas palabras, capta la atención y la curiosidad de los que pasan por el mercado de antigüedades.

Antes de hacer de este oficio su vida, el anticuario cuenta que se dedicaba al teatro, y en las giras por los pueblos más recónditos del país, siempre aprovechaba los descansos para realizar largas caminatas por estos lugares.

“Eran épocas en las que las puertas de las casas estaban abiertas de par en par y cuando veía cosas que me gustaban, le decía a la gente: ¿Oiga no me vendería ese mueblecito que tiene ahí?- ¿Pa´ qué?, ya no sirve… ya está todo apolillado, lo vamos a echar a la lumbre.- ¡Nooo- les persuadía-, véndamelo a mí!, y así fue como empecé a comprar y a comprar, hasta que las cosas que no cabían en casa las empecé a vender, y de poco en poco me fui metiendo a este mundo…”, relata.

Con historias similares, cerca de treinta anticuarios han coincidido en la ciudad de Querétaro, donde no hace mucho tiempo, se agruparon en una asociación para exigir que su labor sea considerada también como una actividad cultural que, como cualquier otra, requiere de un espacio para desarrollarse.

“Recuperamos y restauramos piezas que tienen que ver con el arte, la cultura y la cuestión educativa, porque de pronto las nuevas generaciones no conocen los objetos que se usaban antes. A veces viene niños que al ver una máquina de escribir, le dicen a la mamá: ¡Mira mamá!, ¡una lap antigua!- risas-. No saben cómo vivían las generaciones anteriores, y a veces ni los papás. (…) Además, si nosotros no estuviéramos como intermediarios, estas piezas pasarían desapercibidas y se perderían para siempre; nos ha sucedido en muchas ocasiones que llegamos a casas con objetos de gran valor artístico, cultural y económico, y los tienen arrumbados o entre el montón de la leña, listos para ser quemados porque no saben el valor que tienen; para ellos solo es una cosa simple y vieja”, explica Rabell, quien además reconoce la importante labor que sus homólogos han hecho por la preservación del acervo cultural e histórico de los mexicanos.

“Como en México no existe la costumbre de conservar los objetos antiguos en comparación con otros países, nosotros andamos por todos los pueblos tocando puertas, buscando en cada rincón, y rescatando estas piezas”, dice, subrayando la necesidad de que el gobierno queretano establezca y promueva un mercado de antigüedades, más allá de los festivales, donde una o dos veces a la semana los anticuarios puedan salir de sus tiendas con sus objetos extraños, para que la gente conozca de su pasado y se acerque a la historia de otra manera.

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