/ miércoles 25 de diciembre de 2019

El sonido de la ira

Punto al que lo lea

De cómo un grupo de jovencitas se envalentonaron y tomaron una escuela de arte. (Parte I de III)

Miles de mujeres abarrotan las aulas universitarias de todo el mundo, millones se allegan a las casillas electorales cada vez que en algún país se abren procesos democráticos, cientos de millones echan mano de los anticonceptivos para regular el control natal libremente: cada uno de estos panoramas hubiera resultado impensable si un puñado de féminas no se hubiera envalentonado para tomar las calles y alzar la voz. Es un hecho que los hombres, motu proprio, difícilmente hubieran emprendido una lucha que les restaba privilegios y los orillaba a compartir los espacios públicos con aquellas madres, hermanas e hijas que habían estado confinadas al entorno doméstico durante siglos. Esta aseveración no le resta mérito a los padres, hermanos y esposos que acogieron la causa feminista como propia y apoyaron los movimientos que fueron ganando terreno en la esfera política y social; solamente recalca el hecho de que, ineludiblemente, para enarbolar una lucha es necesario conocer de facto y muy a fondo la razón por la cual se ha decidido pelear. Es posible explicarles a los hombres la sensación aterradora que una mujer puede experimentar cuando, a media noche, debe emprender sola el camino a casa, pero por más precisa que sea la descripción del miedo, el interlocutor jamás podrá entender a cabalidad la fuerza de esta experiencia indeseable. Nadie experimenta en cabeza ajena. A muchos “caballeros” se les dificulta entender este sencillo razonamiento, y por ello han empezado a reaccionar con encono y rabia ante las más recientes protestas feministas; al sentirse agraviados o marginados, atacan. La violencia siempre ha sido y será una respuesta inmediata derivada de una frustración íntima: alguien que no entiende (o no quiere entender), instintivamente reacciona para extinguir la fuente de su displacer. La frustración se acaba cuando la causa de esa molestia es aniquilada. Es por esta razón que en estos últimos años el mundo ha experimentado un feroz repunte de la violencia machista, puesto que muchos hombres (y mujeres que prefieren que no se cimbren las estructuras sociales ni políticas en las que se encuentran cómodamente asentadas) desean acallar las voces disidentes que están, nuevamente, poniendo el dedo en la llaga.

Foto | Cuartoscuro

BREVE HISTORIA DEL FEMINISMO

Se habla de cuatro oleadas feministas: Una inició en el siglo XVIII y coincidió con la Revolución Francesa, movimiento sin precedentes que sentó las bases de los Derechos Civiles (mismos que, en un inicio, estaban dirigidos exclusivamente a proteger las garantías individuales de los hombres). Es en esta etapa en la que las capacidades intelectuales de muchas activistas comenzaron a brillar y deslumbrar, haciendo evidente que las féminas no carecían de aptitudes que les permitieran ejercer el raciocinio con habilidad sobrada. La siguiente oleada se desató a mediados del siglo XIX y buscó otorgarles a las mujeres el derecho al voto, además del ingreso a las universidades. La conquista de estos espacios académicos y políticos llegó progresivamente y no fue uniforme, cada país albergó su propia batalla feminista y, para el siglo XXI, se logró que las mujeres votaran en prácticamente todo el mundo. La tercera oleada sobrevino a la par de los movimientos juveniles que, en la década de los años 60, buscaron resquebrajar la hegemonía capitalista que ya estaba empezando a mostrar sus más oscuras intenciones. El derecho a decidir sobre la maternidad o sobre el número de parejas sexuales, la posibilidad de aspirar libremente a profesiones desempeñadas mayoritariamente por los hombres y la necesidad de obtener una paga justa por estos trabajos fueron algunos de los temas centrales que las feministas de ese tiempo buscaron visibilizar.

Foto: Cortesía | @Goodgirlsrevolt

LA CUARTA OLEADA

Hoy, a raíz de la creciente violencia que las mujeres estamos sufriendo en los espacios laborales, públicos y domésticos, nuevamente las calles reclaman nuestra voz y nuestra presencia. A pesar de los logros que desde el siglo XVIII empezaron a conseguirse, muchas conductas misóginas que componen el subsuelo cultural y el inconsciente colectivo de las sociedades contemporáneas se han desbordado para intentar restituirles a los hombres la supremacía del mundo. ¿Por qué es que surgen esta clase de repuntes machistas? Hay muchas teorías al respecto, pero me atrevo a aventurar una. A mediados del siglo XX, un grupo de mujeres logró conquistar la esfera laboral y salió de casa para ganar dinero, estas mujeres debieron aceptar, como todos sabemos, una triple carga de trabajo: desarrollarse como profesionales, cuidar a los hijos y llevar las riendas de la casa. Otro grupo de mujeres siguió ejerciendo el rol tradicional (madres y esposas dedicadas a su espacio doméstico), pero miraba con frustración a aquel grupo que estaba trabajando fuera de sus hogares. Y estaba el tercer grupo, conformado por las que se encontraban conformes con el cuidado de los hijos y de la casa. Esta segmentación generó dos fenómenos: una pelea silenciosa entre congéneres (puesto que cada grupo juzgaba a los otros dos como complacientes o equivocados) y una sobrecarga de trabajo que les quitó tiempo a las mujeres para pensar, reunirse y discutir. El relativo “apaciguamiento” feminista y las peleas entre congéneres dieron pie a que se radicalizaran los estigmas machistas: estábamos demasiado ocupadas trabajando, educando hijos, lavando ropa, cocinando, cuidando a los abuelos y haciendo girar al mundo por salarios inferiores a los de nuestros compañeros, que dejamos de encontrarnos con las otras para llegar a acuerdos y protestar por las injusticias. Hoy nos están matando, nos están raptando, nos están golpeando y violando multitudinariamente. Hoy, muchos hombres piensan que nuestros cuerpos están a su disposición como productos de uso y desecho. Hoy es necesario volver a sacudir las calles.

Foto | Cuartoscuro

LAS JÓVENES ARTISTAS QUE UNIERON SUS VOCES ANTE LA IMPUNIDAD

Pero esas peleas entre mujeres se están acabando. Estamos empezando a entender la importancia de la fraternidad, de la alianza, del mutuo entendimiento. El 6 de diciembre, un grupo de jovencitas estudiantes del CEDART Ignacio Mariano de las Casas decidió hacer eco de las muchas protestas feministas que han estado estallando en el mundo. Las alumnas, con varios días de anticipación, pidieron permiso a la dirección de la escuela para llevar a cabo una manifestación pacífica, puesto que salieron a relucir casos de abuso por parte de algunos maestros, dos de los cuales aún trabajan en la institución. Por problemas administrativos, el CEDART no cuenta en estos momentos con una cabeza (la directora fue destituida y en su lugar tuvo que ocupar el cargo, temporalmente, la secretaria académica). En un inicio se concedió el permiso para la manifestación, pero, después de que la secretaria académica hablara con los maestros involucrados en las acusaciones de abuso, decidió limitar a las estudiantes y coartar su plena libertad de expresión mediante un extraño protocolo burocrático. A la manifestación querían integrarse exalumnas que, en su momento, sufrieron agravios dentro de las instalaciones de la escuela, pero, llegado el día de la protesta artística y pacífica, las rejas del CEDART permanecieron cerradas para impedirles el paso a estas jovencitas. ¿De qué tienen miedo las autoridades? ¿Por qué tratar a las víctimas como si fueran delincuentes? ¿Por qué, ante la situación tan grave en la que estamos, se condenan las denuncias públicas como si estas fueran maniobras terroristas? Las alumnas y exalumnas se unieron afuera de las instalaciones y, tomadas de las manos, con lágrimas en los ojos, repitieron las palabras acuñadas por aquel grupo chileno que ha inspirado a muchas mujeres. No se rindieron. No tuvieron miedo. Dejaron atrás las rejas cerradas de una escuela que está privilegiando el confort de los abusadores por encima de las voces de las estudiantes que no están dispuestas a tolerar la impunidad.

Cada contingente es inspirador, cada grito cimbra las estructuras opresoras, cada mujer que abraza a otra está allanando el camino para que, en algún momento, sea posible salir a la calle sin tener que mirar por encima del hombro. Cuando las generaciones venideras puedan vivir sin miedo, recordarán estos días de efervescencia, de esta cuarta oleada feminista.

Foto | Cuartoscuro

De cómo un grupo de jovencitas se envalentonaron y tomaron una escuela de arte. (Parte I de III)

Miles de mujeres abarrotan las aulas universitarias de todo el mundo, millones se allegan a las casillas electorales cada vez que en algún país se abren procesos democráticos, cientos de millones echan mano de los anticonceptivos para regular el control natal libremente: cada uno de estos panoramas hubiera resultado impensable si un puñado de féminas no se hubiera envalentonado para tomar las calles y alzar la voz. Es un hecho que los hombres, motu proprio, difícilmente hubieran emprendido una lucha que les restaba privilegios y los orillaba a compartir los espacios públicos con aquellas madres, hermanas e hijas que habían estado confinadas al entorno doméstico durante siglos. Esta aseveración no le resta mérito a los padres, hermanos y esposos que acogieron la causa feminista como propia y apoyaron los movimientos que fueron ganando terreno en la esfera política y social; solamente recalca el hecho de que, ineludiblemente, para enarbolar una lucha es necesario conocer de facto y muy a fondo la razón por la cual se ha decidido pelear. Es posible explicarles a los hombres la sensación aterradora que una mujer puede experimentar cuando, a media noche, debe emprender sola el camino a casa, pero por más precisa que sea la descripción del miedo, el interlocutor jamás podrá entender a cabalidad la fuerza de esta experiencia indeseable. Nadie experimenta en cabeza ajena. A muchos “caballeros” se les dificulta entender este sencillo razonamiento, y por ello han empezado a reaccionar con encono y rabia ante las más recientes protestas feministas; al sentirse agraviados o marginados, atacan. La violencia siempre ha sido y será una respuesta inmediata derivada de una frustración íntima: alguien que no entiende (o no quiere entender), instintivamente reacciona para extinguir la fuente de su displacer. La frustración se acaba cuando la causa de esa molestia es aniquilada. Es por esta razón que en estos últimos años el mundo ha experimentado un feroz repunte de la violencia machista, puesto que muchos hombres (y mujeres que prefieren que no se cimbren las estructuras sociales ni políticas en las que se encuentran cómodamente asentadas) desean acallar las voces disidentes que están, nuevamente, poniendo el dedo en la llaga.

Foto | Cuartoscuro

BREVE HISTORIA DEL FEMINISMO

Se habla de cuatro oleadas feministas: Una inició en el siglo XVIII y coincidió con la Revolución Francesa, movimiento sin precedentes que sentó las bases de los Derechos Civiles (mismos que, en un inicio, estaban dirigidos exclusivamente a proteger las garantías individuales de los hombres). Es en esta etapa en la que las capacidades intelectuales de muchas activistas comenzaron a brillar y deslumbrar, haciendo evidente que las féminas no carecían de aptitudes que les permitieran ejercer el raciocinio con habilidad sobrada. La siguiente oleada se desató a mediados del siglo XIX y buscó otorgarles a las mujeres el derecho al voto, además del ingreso a las universidades. La conquista de estos espacios académicos y políticos llegó progresivamente y no fue uniforme, cada país albergó su propia batalla feminista y, para el siglo XXI, se logró que las mujeres votaran en prácticamente todo el mundo. La tercera oleada sobrevino a la par de los movimientos juveniles que, en la década de los años 60, buscaron resquebrajar la hegemonía capitalista que ya estaba empezando a mostrar sus más oscuras intenciones. El derecho a decidir sobre la maternidad o sobre el número de parejas sexuales, la posibilidad de aspirar libremente a profesiones desempeñadas mayoritariamente por los hombres y la necesidad de obtener una paga justa por estos trabajos fueron algunos de los temas centrales que las feministas de ese tiempo buscaron visibilizar.

Foto: Cortesía | @Goodgirlsrevolt

LA CUARTA OLEADA

Hoy, a raíz de la creciente violencia que las mujeres estamos sufriendo en los espacios laborales, públicos y domésticos, nuevamente las calles reclaman nuestra voz y nuestra presencia. A pesar de los logros que desde el siglo XVIII empezaron a conseguirse, muchas conductas misóginas que componen el subsuelo cultural y el inconsciente colectivo de las sociedades contemporáneas se han desbordado para intentar restituirles a los hombres la supremacía del mundo. ¿Por qué es que surgen esta clase de repuntes machistas? Hay muchas teorías al respecto, pero me atrevo a aventurar una. A mediados del siglo XX, un grupo de mujeres logró conquistar la esfera laboral y salió de casa para ganar dinero, estas mujeres debieron aceptar, como todos sabemos, una triple carga de trabajo: desarrollarse como profesionales, cuidar a los hijos y llevar las riendas de la casa. Otro grupo de mujeres siguió ejerciendo el rol tradicional (madres y esposas dedicadas a su espacio doméstico), pero miraba con frustración a aquel grupo que estaba trabajando fuera de sus hogares. Y estaba el tercer grupo, conformado por las que se encontraban conformes con el cuidado de los hijos y de la casa. Esta segmentación generó dos fenómenos: una pelea silenciosa entre congéneres (puesto que cada grupo juzgaba a los otros dos como complacientes o equivocados) y una sobrecarga de trabajo que les quitó tiempo a las mujeres para pensar, reunirse y discutir. El relativo “apaciguamiento” feminista y las peleas entre congéneres dieron pie a que se radicalizaran los estigmas machistas: estábamos demasiado ocupadas trabajando, educando hijos, lavando ropa, cocinando, cuidando a los abuelos y haciendo girar al mundo por salarios inferiores a los de nuestros compañeros, que dejamos de encontrarnos con las otras para llegar a acuerdos y protestar por las injusticias. Hoy nos están matando, nos están raptando, nos están golpeando y violando multitudinariamente. Hoy, muchos hombres piensan que nuestros cuerpos están a su disposición como productos de uso y desecho. Hoy es necesario volver a sacudir las calles.

Foto | Cuartoscuro

LAS JÓVENES ARTISTAS QUE UNIERON SUS VOCES ANTE LA IMPUNIDAD

Pero esas peleas entre mujeres se están acabando. Estamos empezando a entender la importancia de la fraternidad, de la alianza, del mutuo entendimiento. El 6 de diciembre, un grupo de jovencitas estudiantes del CEDART Ignacio Mariano de las Casas decidió hacer eco de las muchas protestas feministas que han estado estallando en el mundo. Las alumnas, con varios días de anticipación, pidieron permiso a la dirección de la escuela para llevar a cabo una manifestación pacífica, puesto que salieron a relucir casos de abuso por parte de algunos maestros, dos de los cuales aún trabajan en la institución. Por problemas administrativos, el CEDART no cuenta en estos momentos con una cabeza (la directora fue destituida y en su lugar tuvo que ocupar el cargo, temporalmente, la secretaria académica). En un inicio se concedió el permiso para la manifestación, pero, después de que la secretaria académica hablara con los maestros involucrados en las acusaciones de abuso, decidió limitar a las estudiantes y coartar su plena libertad de expresión mediante un extraño protocolo burocrático. A la manifestación querían integrarse exalumnas que, en su momento, sufrieron agravios dentro de las instalaciones de la escuela, pero, llegado el día de la protesta artística y pacífica, las rejas del CEDART permanecieron cerradas para impedirles el paso a estas jovencitas. ¿De qué tienen miedo las autoridades? ¿Por qué tratar a las víctimas como si fueran delincuentes? ¿Por qué, ante la situación tan grave en la que estamos, se condenan las denuncias públicas como si estas fueran maniobras terroristas? Las alumnas y exalumnas se unieron afuera de las instalaciones y, tomadas de las manos, con lágrimas en los ojos, repitieron las palabras acuñadas por aquel grupo chileno que ha inspirado a muchas mujeres. No se rindieron. No tuvieron miedo. Dejaron atrás las rejas cerradas de una escuela que está privilegiando el confort de los abusadores por encima de las voces de las estudiantes que no están dispuestas a tolerar la impunidad.

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