/ miércoles 2 de diciembre de 2020

¿En la cuerda floja? El circo se antepone a la crisis sanitaria

Acróbatas, trapecistas, malabaristas, payasos y bailarinas descendientes de grandes linajes de cirqueros en México y Latinoamérica, hoy unen su talento bajo la carpa del Atayde Hermanos, buscando que el show continúe, y su trabajo sea considerado entre las demás artes

Como un gigante dormido, el circo Atayde Hermanos se extiende sobre el estacionamiento de un centro comercial. Nadie sospecharía que en su interior los cirqueros corren frenéticos de un lado a otro, dejando todo listo para recibir a su público, luego de pasar ocho meses sin funciones por la pandemia de Covid-19.

Cargando con sus trajes de gala, salen de sus remolques sin maquillaje hacia la caja de uno de los tráileres estacionados, cuyo interior ha sido adaptado como camerino. Al otro lado de una sábana que lo divide, una equilibrista se acomoda las medias de red y el corsé, mientras que otra se acicala y alista los últimos detalles de su maquillaje: “siempre me pone de nervios ese sonido”, dice la joven bailarina, tras escuchar el anuncio de la primera llamada.

La mayoría de los artistas ahí reunidos proviene de circos que se quedaron varados en ciudades donde los gobiernos locales aún no permiten su operatividad.

Es el caso de Aylín, una joven equilibrista de 23 años – perteneciente al circo Diani’s– quien cuenta que apenas empezaban a dar funciones en San Juan del Río cuando la contingencia sanitaria fue declarada, ocasionando que su compañía suspendiera todo y se resguardara en las casas rodantes.

“Nosotros no conocemos otra vida más que esta”, dice con un dejo de nostalgia, asegurando que ella forma parte de la cuarta generación de cirqueros en su familia, cuyos abuelos de origen venezolano migraron a México a mediados del siglo pasado, enamorándose de este país; por lo que –sin pensarlo dos veces–, decidieron quedarse para cimentar su propia tradición.

Sin la posibilidad de emplearse en otra cosa, platica que los meses de confinamiento le sirvieron para afinar sus actos. Aylín camina sobre la cuerda floja como su abuela, pero lo hace utilizando zapatos de punta y la técnica del ballet.

Foto: Donna Oliveros | Diario de Querétaro

También domina las argollas como su mamá, pero refiere que cuando el Circo Atayde la convocó, fue para presentarse con el otro espectáculo, que, aunque ella no lo inventó, asevera que es la única en el país que lo sabe hacer.

“Seguuunda llamaaada”, se escucha a través de las bocinas, y los acentos de los artistas se agolpan de pronto como si aquél lugar se tratara de la Torre de Babel.

Uno de los cirqueros le quita los zapatos a su hijo rápidamente para meterle el pantalón en una pierna y luego en la otra. Y mientras le acomoda el traje, platica que durante el confinamiento sus hijos aprendieron a hacer malabares, y él –dice señalando a su cría– ahora es el integrante más pequeño de la compañía.

El hombre es Agustín Bells, un artista perteneciente a uno de los linajes de cirqueros más importantes en el país, quien también fue convocado a formar parte del elenco del circo Atayde.

Ataviado como los antiguos presentadores circenses –con sombrero de copa y chaqueta de frac rojo– platica que para sobrellevar los últimos meses, echó mano de su acervo culinario, recreando algunos de los platillos que ha probado en sus innumerables giras por el mundo, “y si Dios quiere, en un futuro pondremos un restaurante. [La pandemia] nos abrió los ojos, es necesario tener una segunda opción”, dice.

Foto: Donna Oliveros | Diario de Querétaro

Consciente de la crisis en la que se encuentra el circo –desde que en 2015 entró en vigor la modificación a la Ley General de Vida Silvestre, con la que quedaría prohibido el uso de animales en los espectáculos circenses– asevera que una de las opciones que existen ahora para seguir manteniendo viva esta tradición, es que lo que ellos hacen sea considerado también arte.

“Ya tiene tiempo que queremos ser reconocidos como en Europa. Allá lo que nosotros hacemos es considerado arte, y lo reconocen tanto como al teatro y la música. En México nos ha costado mucho, pero parece ser que se están abriendo puertas para que también sea considerado como tal”.

Circo en la nueva normalidad

A pocos minutos de darse la tercera llamada, los últimos espectadores llegan a la taquilla del circo. Tanto grandes como pequeños portan su cubrebocas, y luego de cruzar por el filtro sanitario –donde en sincronía los encargados les toman la temperatura y los dirigen al área de dispensadores de gel antibacterial–, atraviesan la carpa con sigilo, a la expectativa de lo que encontrarán del otro lado de las cortinas.

Ante ellos se despliega un gran anfiteatro, despojado de aquél olor a aserrín y palomitas que caracterizaba a los circos no hace mucho tiempo atrás.

Apenas algunas cabezas se asoman entre la butaquería. Al parecer no será una buena noche para los artistas, pero aunque entre las filas no se logre reunir el 30% del público que tienen permitido, ellos presentarán sus actos como si estuvieran frente a más de 400 personas.

“¡Teeercera llamadaaa!”, se escucha y entonces las luces se dirigen hacia el ruedo de la carpa, para iluminar el tradicional desfile con todos los artistas que participarán en la función: malabaristas, equilibristas, payasos, bailarinas y demás saludan a la gente, quienes sin quitar los ojos de la espectacular escena, sacan sus celulares para llevarse un souvenir digital de ese reencuentro.

La carpa de esta antigua compañía de cirqueros, fundada hace 132 años en el país, seguirá dando funciones hasta el 20 de diciembre en el estacionamiento de Walmart, Plaza de Toros.

Se trata del primer circo que vuelve a operar en el estado, y lo hará a través de un show temático, en el que incluirá animatronics y otras sorpresas que recordarán a los primeros circos de la historia.

A casi ocho meses de su última función pública, el gerente Rodrigo González, asevera que Querétaro es la primera ciudad en su itinerario, debido a las facilidades que el Gobierno del Estado ha dado a la compañía, siempre y cuando sus protocolos se apeguen a lo señalado por la Secretaría de Salud Pública.

Foto: Donna Oliveros | Diario de Querétaro

Como un gigante dormido, el circo Atayde Hermanos se extiende sobre el estacionamiento de un centro comercial. Nadie sospecharía que en su interior los cirqueros corren frenéticos de un lado a otro, dejando todo listo para recibir a su público, luego de pasar ocho meses sin funciones por la pandemia de Covid-19.

Cargando con sus trajes de gala, salen de sus remolques sin maquillaje hacia la caja de uno de los tráileres estacionados, cuyo interior ha sido adaptado como camerino. Al otro lado de una sábana que lo divide, una equilibrista se acomoda las medias de red y el corsé, mientras que otra se acicala y alista los últimos detalles de su maquillaje: “siempre me pone de nervios ese sonido”, dice la joven bailarina, tras escuchar el anuncio de la primera llamada.

La mayoría de los artistas ahí reunidos proviene de circos que se quedaron varados en ciudades donde los gobiernos locales aún no permiten su operatividad.

Es el caso de Aylín, una joven equilibrista de 23 años – perteneciente al circo Diani’s– quien cuenta que apenas empezaban a dar funciones en San Juan del Río cuando la contingencia sanitaria fue declarada, ocasionando que su compañía suspendiera todo y se resguardara en las casas rodantes.

“Nosotros no conocemos otra vida más que esta”, dice con un dejo de nostalgia, asegurando que ella forma parte de la cuarta generación de cirqueros en su familia, cuyos abuelos de origen venezolano migraron a México a mediados del siglo pasado, enamorándose de este país; por lo que –sin pensarlo dos veces–, decidieron quedarse para cimentar su propia tradición.

Sin la posibilidad de emplearse en otra cosa, platica que los meses de confinamiento le sirvieron para afinar sus actos. Aylín camina sobre la cuerda floja como su abuela, pero lo hace utilizando zapatos de punta y la técnica del ballet.

Foto: Donna Oliveros | Diario de Querétaro

También domina las argollas como su mamá, pero refiere que cuando el Circo Atayde la convocó, fue para presentarse con el otro espectáculo, que, aunque ella no lo inventó, asevera que es la única en el país que lo sabe hacer.

“Seguuunda llamaaada”, se escucha a través de las bocinas, y los acentos de los artistas se agolpan de pronto como si aquél lugar se tratara de la Torre de Babel.

Uno de los cirqueros le quita los zapatos a su hijo rápidamente para meterle el pantalón en una pierna y luego en la otra. Y mientras le acomoda el traje, platica que durante el confinamiento sus hijos aprendieron a hacer malabares, y él –dice señalando a su cría– ahora es el integrante más pequeño de la compañía.

El hombre es Agustín Bells, un artista perteneciente a uno de los linajes de cirqueros más importantes en el país, quien también fue convocado a formar parte del elenco del circo Atayde.

Ataviado como los antiguos presentadores circenses –con sombrero de copa y chaqueta de frac rojo– platica que para sobrellevar los últimos meses, echó mano de su acervo culinario, recreando algunos de los platillos que ha probado en sus innumerables giras por el mundo, “y si Dios quiere, en un futuro pondremos un restaurante. [La pandemia] nos abrió los ojos, es necesario tener una segunda opción”, dice.

Foto: Donna Oliveros | Diario de Querétaro

Consciente de la crisis en la que se encuentra el circo –desde que en 2015 entró en vigor la modificación a la Ley General de Vida Silvestre, con la que quedaría prohibido el uso de animales en los espectáculos circenses– asevera que una de las opciones que existen ahora para seguir manteniendo viva esta tradición, es que lo que ellos hacen sea considerado también arte.

“Ya tiene tiempo que queremos ser reconocidos como en Europa. Allá lo que nosotros hacemos es considerado arte, y lo reconocen tanto como al teatro y la música. En México nos ha costado mucho, pero parece ser que se están abriendo puertas para que también sea considerado como tal”.

Circo en la nueva normalidad

A pocos minutos de darse la tercera llamada, los últimos espectadores llegan a la taquilla del circo. Tanto grandes como pequeños portan su cubrebocas, y luego de cruzar por el filtro sanitario –donde en sincronía los encargados les toman la temperatura y los dirigen al área de dispensadores de gel antibacterial–, atraviesan la carpa con sigilo, a la expectativa de lo que encontrarán del otro lado de las cortinas.

Ante ellos se despliega un gran anfiteatro, despojado de aquél olor a aserrín y palomitas que caracterizaba a los circos no hace mucho tiempo atrás.

Apenas algunas cabezas se asoman entre la butaquería. Al parecer no será una buena noche para los artistas, pero aunque entre las filas no se logre reunir el 30% del público que tienen permitido, ellos presentarán sus actos como si estuvieran frente a más de 400 personas.

“¡Teeercera llamadaaa!”, se escucha y entonces las luces se dirigen hacia el ruedo de la carpa, para iluminar el tradicional desfile con todos los artistas que participarán en la función: malabaristas, equilibristas, payasos, bailarinas y demás saludan a la gente, quienes sin quitar los ojos de la espectacular escena, sacan sus celulares para llevarse un souvenir digital de ese reencuentro.

La carpa de esta antigua compañía de cirqueros, fundada hace 132 años en el país, seguirá dando funciones hasta el 20 de diciembre en el estacionamiento de Walmart, Plaza de Toros.

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