/ jueves 14 de enero de 2021

Escuela de mujeres

Tinta para un Atabal

Jean Baptiste Poquelin mejor conocido para la posterioridad como Molière, soñaba con convertirse en el mejor actor de tragedia en la Francia del siglo XVII en Clasicismo. Desgraciadamente, al parecer el público de su tiempo no creyó que tuviera facultades y así se lo hizo saber desde los comienzos de su incipiente carrera: amarga realidad que el pobre y joven actor-director-dramaturgo tuvo que tragarse con entereza para después convertirse, como si se tratara de una maquiavélica venganza, en un feroz y talentoso actor de comedia, y su público, el mismo que lo rechazó en la tragedia, terminó por enaltecerlo como el más grande entre los grandes comediógrafos.

Sin embargo, si analizamos con detenimiento la información histórica con que contamos, tal vez Jean Baptiste no tendría que haber sido necesariamente un mal actor de tragedia. Para empezar, si esto fuera cierto ¿porqué resultó Molière ser tan bueno en la comedia? Si se trata de falta de talento, un actor malo, será malo en cualquier género. De otra forma estaríamos admitiendo que cada género precisa de un sistema de actuación completamente diferente y definitivamente esto no es así.

La actuación siempre busca la verosimilitud, la capacidad de convencer a su público de que lo que está presenciando se parece a lo verdadero (vero=verdadero, similitud=parecido similar a) y lo convence de ello. Esto es muy ajeno a los efectos que la estructura dramática pretende: si se busca hacer reír o llorar o conmoverse, siempre se intentará lograrlo por el camino de la verosimilitud, de lo contrario los actores son tachados de falsos, así de sencillo.

En la Francia clasicista, la actuación de la tragedia requería una serie de requerimientos que el público conocía perfectamente, por ejemplo: el intérprete principal masculino, tendría que estar dotado de una belleza “heroica”, épica, no podría tratarse de un ser anodino, convencional, etc. Si observamos los retratos que se conservan de Molière, de inmediato comprendemos que físicamente él no encajaba con el modelo requerido.

Foto: Cortesía | Musée Condé Chantilly, France

Otro dato importante: existía toda una gramática del gesto para la recitación (que no era otra cosa) de los versos de una típica tragedia francesa clasicista, incluso existen ilustraciones de estas posturas corporales, en donde se codificaba la emoción como un signo. El público de aquella época estaba más atento a la melodiosa recitación de los versos que a la expresión emocional de los mismos. De manera que aquí hay dos elementos muy importantes para la interpretación trágica en el clasicismo: el engolosinamiento en la sonoridad de los versos y las posturas corporales de los actores que hoy en día nos parecerían terriblemente acartonadas.

Hay información suficiente para corroborar que Molière se formó como actor bajo la instrucción de actores italianos, probablemente los mejores actores de su tiempo, dado que habían desarrollado un sistema de actuación sustentado en el gesto y el lenguaje corporal y no en la sonoridad de la palabra.

No se necesita ser un genio para deducir que Molière seguramente interpretaba orgánicamente los gestos como actor de tragedia, pero de acuerdo a los gustos del público del momento, la falta de esa gramática del gesto seguramente hizo que el mismo público lo considerara por esta causa como un mal actor, aunque muy probablemente su actuación debió de haber sido una propuesta muy interesante y tan adelantada a su tiempo histórico que fue cruelmente rechazada.

En un terreno como la comedia, desprovisto de “reglas de interpretación” como en la tragedia, la actuación orgánica y verosímil de Molière encontró terreno fértil para su desarrollo, convirtiéndose así, sin lugar a dudas, en el creador de comedias por antonomasia tanto en su calidad de autor, como director y, por supuesto, también como actor, el resto es historia...

Molière tuvo un hijo adoptado, Michel Baron, quien en las generaciones posteriores al clasicismo se erigió como el más grande actor de tragedia en Francia, ¿quién fue su maestro? Jean Baptiste Poquelin, Molière, su padre, por supuesto. Al paso del tiempo y desprovisto el teatro de las absurdas reglas que el clasicismo había impuesto, nuevas generaciones de público desprejuiciadas pudieron valorar en su justa dimensión al Molière trágico a través del legado que heredó a su hijo.

Agrupación artística Barón Negro

Allá por febrero del año pasado, la agrupación artística Barón Negro, nos presentó su muy particular visión de un clásico de Molière, La Escuela de las Mujeres, que han titulado como Escuela de Mujeres. Desgraciadamente se atravesó la pandemia y con ello el cierre de los teatros, pero justo en su reapertura esta Escuela de Mujeres se presentó durante los jueves de noviembre en el foro La Gaviota.

La propuesta es minimalista y ahí recae todo su poder: al desechar cualquier otro recurso que no sea el cuerpo del actor y su expresividad, Barón Negro se apunta un acierto en esta versión divertidísima que rescata sentido y tradición humorística de la mejor producción dramatúrgica molieresca.

Foto: Cortesía | Grabado de La Escuela de las mujeres de 1719

No es la primera vez que Barón Negro se decide por abordar a los clásicos, recordamos con enorme emoción su Romeo y Julieta, una propuesta que asombraba por su frescura y desenfado. Sin embargo, en esta Escuela de Mujeres, la fórmula no solo no se repite, se mejora. Sobre un trabajo de condensación del texto y un espacio escénico vacío, cinco actores se encargan de la recreación del universo fabular de la obra de Molière. Además se multiplican, cuantas veces sea necesario, para interpretar un buen número de personajes que conforman el Dramatis Personae de la comedia, y no sólo eso, se transforman en escenografía, utilería, transiciones temporales y todo lo que sea necesario para que la obra no pierda un endemoniado ritmo que no da descanso al espectador. Juan Carlos Casas, el director y artífice general de la propuesta, comienza su periodo de madurez creativa con el pie derecho y estamos seguros de que nos traerá muchas agradables propuestas en lo futuro.

Esta Escuela de Mujeres amenaza con retomar funciones en este 2021. Le sugerimos no perdérsela, estén muy pendientes de la cartelera, las entradas se agotan pronto.

Jean Baptiste Poquelin mejor conocido para la posterioridad como Molière, soñaba con convertirse en el mejor actor de tragedia en la Francia del siglo XVII en Clasicismo. Desgraciadamente, al parecer el público de su tiempo no creyó que tuviera facultades y así se lo hizo saber desde los comienzos de su incipiente carrera: amarga realidad que el pobre y joven actor-director-dramaturgo tuvo que tragarse con entereza para después convertirse, como si se tratara de una maquiavélica venganza, en un feroz y talentoso actor de comedia, y su público, el mismo que lo rechazó en la tragedia, terminó por enaltecerlo como el más grande entre los grandes comediógrafos.

Sin embargo, si analizamos con detenimiento la información histórica con que contamos, tal vez Jean Baptiste no tendría que haber sido necesariamente un mal actor de tragedia. Para empezar, si esto fuera cierto ¿porqué resultó Molière ser tan bueno en la comedia? Si se trata de falta de talento, un actor malo, será malo en cualquier género. De otra forma estaríamos admitiendo que cada género precisa de un sistema de actuación completamente diferente y definitivamente esto no es así.

La actuación siempre busca la verosimilitud, la capacidad de convencer a su público de que lo que está presenciando se parece a lo verdadero (vero=verdadero, similitud=parecido similar a) y lo convence de ello. Esto es muy ajeno a los efectos que la estructura dramática pretende: si se busca hacer reír o llorar o conmoverse, siempre se intentará lograrlo por el camino de la verosimilitud, de lo contrario los actores son tachados de falsos, así de sencillo.

En la Francia clasicista, la actuación de la tragedia requería una serie de requerimientos que el público conocía perfectamente, por ejemplo: el intérprete principal masculino, tendría que estar dotado de una belleza “heroica”, épica, no podría tratarse de un ser anodino, convencional, etc. Si observamos los retratos que se conservan de Molière, de inmediato comprendemos que físicamente él no encajaba con el modelo requerido.

Foto: Cortesía | Musée Condé Chantilly, France

Otro dato importante: existía toda una gramática del gesto para la recitación (que no era otra cosa) de los versos de una típica tragedia francesa clasicista, incluso existen ilustraciones de estas posturas corporales, en donde se codificaba la emoción como un signo. El público de aquella época estaba más atento a la melodiosa recitación de los versos que a la expresión emocional de los mismos. De manera que aquí hay dos elementos muy importantes para la interpretación trágica en el clasicismo: el engolosinamiento en la sonoridad de los versos y las posturas corporales de los actores que hoy en día nos parecerían terriblemente acartonadas.

Hay información suficiente para corroborar que Molière se formó como actor bajo la instrucción de actores italianos, probablemente los mejores actores de su tiempo, dado que habían desarrollado un sistema de actuación sustentado en el gesto y el lenguaje corporal y no en la sonoridad de la palabra.

No se necesita ser un genio para deducir que Molière seguramente interpretaba orgánicamente los gestos como actor de tragedia, pero de acuerdo a los gustos del público del momento, la falta de esa gramática del gesto seguramente hizo que el mismo público lo considerara por esta causa como un mal actor, aunque muy probablemente su actuación debió de haber sido una propuesta muy interesante y tan adelantada a su tiempo histórico que fue cruelmente rechazada.

En un terreno como la comedia, desprovisto de “reglas de interpretación” como en la tragedia, la actuación orgánica y verosímil de Molière encontró terreno fértil para su desarrollo, convirtiéndose así, sin lugar a dudas, en el creador de comedias por antonomasia tanto en su calidad de autor, como director y, por supuesto, también como actor, el resto es historia...

Molière tuvo un hijo adoptado, Michel Baron, quien en las generaciones posteriores al clasicismo se erigió como el más grande actor de tragedia en Francia, ¿quién fue su maestro? Jean Baptiste Poquelin, Molière, su padre, por supuesto. Al paso del tiempo y desprovisto el teatro de las absurdas reglas que el clasicismo había impuesto, nuevas generaciones de público desprejuiciadas pudieron valorar en su justa dimensión al Molière trágico a través del legado que heredó a su hijo.

Agrupación artística Barón Negro

Allá por febrero del año pasado, la agrupación artística Barón Negro, nos presentó su muy particular visión de un clásico de Molière, La Escuela de las Mujeres, que han titulado como Escuela de Mujeres. Desgraciadamente se atravesó la pandemia y con ello el cierre de los teatros, pero justo en su reapertura esta Escuela de Mujeres se presentó durante los jueves de noviembre en el foro La Gaviota.

La propuesta es minimalista y ahí recae todo su poder: al desechar cualquier otro recurso que no sea el cuerpo del actor y su expresividad, Barón Negro se apunta un acierto en esta versión divertidísima que rescata sentido y tradición humorística de la mejor producción dramatúrgica molieresca.

Foto: Cortesía | Grabado de La Escuela de las mujeres de 1719

No es la primera vez que Barón Negro se decide por abordar a los clásicos, recordamos con enorme emoción su Romeo y Julieta, una propuesta que asombraba por su frescura y desenfado. Sin embargo, en esta Escuela de Mujeres, la fórmula no solo no se repite, se mejora. Sobre un trabajo de condensación del texto y un espacio escénico vacío, cinco actores se encargan de la recreación del universo fabular de la obra de Molière. Además se multiplican, cuantas veces sea necesario, para interpretar un buen número de personajes que conforman el Dramatis Personae de la comedia, y no sólo eso, se transforman en escenografía, utilería, transiciones temporales y todo lo que sea necesario para que la obra no pierda un endemoniado ritmo que no da descanso al espectador. Juan Carlos Casas, el director y artífice general de la propuesta, comienza su periodo de madurez creativa con el pie derecho y estamos seguros de que nos traerá muchas agradables propuestas en lo futuro.

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