/ miércoles 21 de agosto de 2019

Esmeralda Néresis, la pintora del barrio

La artista plástica queretana platica sobre sus inclinaciones estéticas, sus influencias artísticas, así como las vivencias que la han empujado a encontrar en el arte la paz y el entendimiento de sí misma

“El barrio ha cambiado”, dice Esmeralda Néresis mientras camina hacia la antigua casa de su abuela, ubicada sobre una de las arterias principales de El Tepetate. En el recorrido, la pintora se mueve entre la gente que baja del mercado cargando sus bolsas llenas de fruta, verduras y carne. Ella lleva una libreta bajo el brazo con dibujos que ha trazado como si se trataran de ideas sueltas sobre las hojas de una agenda.

Tras un par de minutos ascendiendo, cruza las vías y se detiene frente a una fachada derruida por el tiempo. “Es aquí”, suelta y se iluminan sus ojos cuando recuerda aquellos días en los que solía hacer el mismo recorrido para visitar a María de Jesús Nieves, su abuela gitana; la curandera del barrio y quien la acercó al misticismo de la cartomancia y la lectura de palmas.

Esta experiencia la plasmó en 2017 a través de “Cartas del exilio”, su primera exposición individual. Ahora, tras el incendio y renovación del mercado de El Tepetate, trabaja en un nuevo proyecto, donde por medio del arte mural, busca plasmar sobre sus paredes no solo la historia de María, sino también del barrio que la vio crecer a ella y su familia por varias generaciones.

Esmeralda Nuñez Rendón, mejor conocida en el medio como “Esmeralda Néresis”, nació en 1976 y creció en el barrio de El Tepetate, donde desde los cinco años platica que comenzó a escabullirse de su madre para explorar sus calles y jugar con los hijos de los ferrocarrileros, quienes a poca distancia de su domicilio, vivían a la orilla de las vías en pequeñas y coloridas casas de madera.

Entre todos sus divertimentos, recuerda que disfrutaba trepar la locomotora para contemplar desde lo alto el bello panorama del barrio, cuya faz vio transformarse en poco tiempo, con la urbanización y el crecimiento de la ciudad.

“El barrio sí ha cambiado. Antes estaba todo empedrado, las calles eran mas coloridas, (…) había muchas macetas a la orilla de las banquetas y ¡nadie se las robaba! –risas– (…) Los puestos del mercado eran mas simples; no tenían esas estructuras metálicas de ahora y tampoco lonas ni plásticos. Para ocultarse del sol, los marchantes colocaban telas de colores donde no vendían las cosas por kilo, sino por montones. Las personas transitaban las calles sin prisa y todos, sin excepción, se reconocían en el saludo”.

Al interior de un establecimiento cafetero, frente a la Antigua Estación del Ferrocarril– que aún con los procesos de modernización parece mantenerse inalterable–, Néresis comparte esta entrevista.

Junto con el artista plástico Jonatán Olvera, imparte varios talleres de arte en el Aleph Centro de Arte & Evolución, ubicado en el municipio de Corregidora. / Fernando Reyes

¿Qué motivos estéticos te han traído de regreso?

Soy una pintora queretana nacida en el barrio de El Tepetate comprometida con mi historia y las circunstancias que me rodean, con un gran compromiso de llevar mis procesos artísticos a todas las familias para que disfruten del arte.

Mi idea al hacer la representación del barrio fue la del mexicano contemporáneo que trata de independizarse de la asociación con el folklore y la pobreza, (busco representar al barrio desde) sus raíces y su grandeza ante el mundo, como personas de trabajo y de alta resiliencia.

Además, si mi trabajo lleva al espectador a conectarse con sus raíces, honrar a sus muertos, recordar sus mejores días, una época, los amores pasados y la vida que va quedando atrás, o los confronta con una percepción distinta de la realidad, entonces para mí eso es un motivo.

En ese contexto, ¿cómo inició tu camino dentro del arte?

Fui una niña muy solitaria, con muy pocos amigos; muy extraña, muy rarita, y nunca me pude vincular fácilmente con las personas ni en mi infancia, ni en mi adolescencia (…) la única manera que tenía para hacerlo era dibujándolos. Así fue como inicié mi trayecto por un largo camino de aprendizaje autodidacta. Mis primeros trazos los hice desde la copa de cuantos árboles encontraba. Para entonces ya vivía en otro lugar y mis padres se habían divorciado; así desde lo alto de varios alcanfores pasaba horas viendo todo desde arriba, esperando a que mi padre volviera. Así fue como empecé a trazar la perspectiva del fraccionamiento donde habitábamos y resultó que no lo hacía tan mal. Un tío, al ver mis primeros dibujos, me dijo: “oye hija, eres muy buena. Te voy a meter al concurso de El niño y la mar”… Y así fue como de los 10 a los 13 años participé…. quedé encantada.

No obstante, cuando crecí para mí vivir del arte no se presentó como una opción, pues yo no tenía tíos artistas, no conocía a ninguno, ni a nadie del medio artístico, así que yo no sabía que se podía vivir del arte, (…) pues yo venía de un barrio, de una vida más humilde y muy poco cercana a la cultura.

Cuando por fin decidí estudiar una carrera ya tenía dos hijos, entonces pensaba que no podía darme el lujo de estudiar artes y opté por cursar la licenciatura en administración de empresas.

Colección “Diario de la protomente” retomó páginas de periódico para plasmar realidades opuestas a las narradas por las páginas de los diarios. / Fernando Reyes

¿En qué momento volviste a cruzar camino con la pintura y cuándo decidiste iniciar tu carrera?

En el 2012 la vida me enfrentó con algo mayor: mi hijo se suicidó cuando tenía 17 años, y eso me cambió todo. Estuve como un año o más en duelo, hasta que una amiga me animó a hacer un mural en su restaurante.

Pronto comencé a comprar libros de pintura y materiales, adecué mi tallercito en casa (…) A la par me empecé a preparar como terapeuta, logrando una certificación como coach ontológico.

Entonces mi jornada se volcó a pintar por las mañanas y a atender a diversas personas en las tardes; fue un cambio total, tanto en mi vida como en mi obra, pues ahora yo quería plasmar el dolor, la libertad, las expectativas de las personas y sus historias.

La salud mental es un tema poco abordado por la sociedad, incluso algunas organizaciones como la Comunidad Terapéutica Rizoma en Hércules trabaja por su visibilización. ¿En tu arte has abordado este tema?

En casi todas mis obras, sin embargo creo que en mis primeras producciones, me refiero al periodo 2006- 2014, me aboqué más a estas temáticas, pues desde muy niña sufrí depresión infantil, así que hasta que llegué a la edad adulta, ya con estos temas más digeridos, me di a la tarea de crear cosas, más amables. Sin embargo, creo que en toda mi obra, leyendo entre pinceladas, aún se pueden apreciar ciertos atisbos de estas experiencias.

¿Haz hecho simbiosis entre la terapia y el arte? ¿Entre tu experiencia como coach ontológico y tu obra?

Ambas requieren de procesos muy finos e íntimos, creo que lo único en lo que puedo vincularlos es la sensibilidad que me proporciona el primero para pintar rostros y capturar emociones. Durante las sesiones dibujo a mis pacientes, por alguna razón tengo la capacidad de concentrarme en lo que me están confiando y estoy atenta a sus rasgos, y no les molesta; muchos incluso me han pedido después de la sesión que les regale sus dibujos, yo lo hago con gusto.

Foto: Cortesía Esmeralda Néresis

En tu trayecto como autodidactica, ¿qué artistas han influido en tu trabajo?

Antonio López porque en gran parte de su obra está ausente la figura humana y cobran vida los objetos. Es un pintor tan tradicional pero tan entregado al concepto y la técnica. También István Sándorfi, por la técnica ¡me fascina!, así como Arturo Rivera; su obra me ha enseñado que es posible pasar de lo onírico a la realidad y que su compromiso como artista es plantear temas inquietantes y desafiantes. Hace poco conocí a Mariano Fortuny, pintor español que me cautivó con su técnica pastosa y detallada; Waterhouse por sus temas místicos, así como Remedios Varo y Séraphine Louis; pintora francesa, mujer analfabeta que se dedicaba al servicio de algún burgués y por las noches pintaba flores y plantas, tal como a mí me sucedió. Yayoi Kusama que rompió con los estándares del arte contemporáneo, arriesgándose a la locura. El bello Van Gogh y sus plastas de pintura y neurósis... Son muchos a los que quisiera citar, pero sobre todo a las mujeres que han sobrevivido en un mundo de arte hecho para los hombres.

En estos seis años de trayectoria profesional, ¿hay alguna pieza que aprecies más?

Todas son parte de mí. En todas está mi corazón y mi alma, son como hijos; pero hay una que vendí hace mucho tiempo, se trata del retrato de una niña parada al lado de un eucalipto que se deshoja; esta ahí, debajo de él esperando a su padre. Es quizá la pieza a la que más afecto le tengo.

Foto: Cortesía Esmeralda Néresis

“El barrio ha cambiado”, dice Esmeralda Néresis mientras camina hacia la antigua casa de su abuela, ubicada sobre una de las arterias principales de El Tepetate. En el recorrido, la pintora se mueve entre la gente que baja del mercado cargando sus bolsas llenas de fruta, verduras y carne. Ella lleva una libreta bajo el brazo con dibujos que ha trazado como si se trataran de ideas sueltas sobre las hojas de una agenda.

Tras un par de minutos ascendiendo, cruza las vías y se detiene frente a una fachada derruida por el tiempo. “Es aquí”, suelta y se iluminan sus ojos cuando recuerda aquellos días en los que solía hacer el mismo recorrido para visitar a María de Jesús Nieves, su abuela gitana; la curandera del barrio y quien la acercó al misticismo de la cartomancia y la lectura de palmas.

Esta experiencia la plasmó en 2017 a través de “Cartas del exilio”, su primera exposición individual. Ahora, tras el incendio y renovación del mercado de El Tepetate, trabaja en un nuevo proyecto, donde por medio del arte mural, busca plasmar sobre sus paredes no solo la historia de María, sino también del barrio que la vio crecer a ella y su familia por varias generaciones.

Esmeralda Nuñez Rendón, mejor conocida en el medio como “Esmeralda Néresis”, nació en 1976 y creció en el barrio de El Tepetate, donde desde los cinco años platica que comenzó a escabullirse de su madre para explorar sus calles y jugar con los hijos de los ferrocarrileros, quienes a poca distancia de su domicilio, vivían a la orilla de las vías en pequeñas y coloridas casas de madera.

Entre todos sus divertimentos, recuerda que disfrutaba trepar la locomotora para contemplar desde lo alto el bello panorama del barrio, cuya faz vio transformarse en poco tiempo, con la urbanización y el crecimiento de la ciudad.

“El barrio sí ha cambiado. Antes estaba todo empedrado, las calles eran mas coloridas, (…) había muchas macetas a la orilla de las banquetas y ¡nadie se las robaba! –risas– (…) Los puestos del mercado eran mas simples; no tenían esas estructuras metálicas de ahora y tampoco lonas ni plásticos. Para ocultarse del sol, los marchantes colocaban telas de colores donde no vendían las cosas por kilo, sino por montones. Las personas transitaban las calles sin prisa y todos, sin excepción, se reconocían en el saludo”.

Al interior de un establecimiento cafetero, frente a la Antigua Estación del Ferrocarril– que aún con los procesos de modernización parece mantenerse inalterable–, Néresis comparte esta entrevista.

Junto con el artista plástico Jonatán Olvera, imparte varios talleres de arte en el Aleph Centro de Arte & Evolución, ubicado en el municipio de Corregidora. / Fernando Reyes

¿Qué motivos estéticos te han traído de regreso?

Soy una pintora queretana nacida en el barrio de El Tepetate comprometida con mi historia y las circunstancias que me rodean, con un gran compromiso de llevar mis procesos artísticos a todas las familias para que disfruten del arte.

Mi idea al hacer la representación del barrio fue la del mexicano contemporáneo que trata de independizarse de la asociación con el folklore y la pobreza, (busco representar al barrio desde) sus raíces y su grandeza ante el mundo, como personas de trabajo y de alta resiliencia.

Además, si mi trabajo lleva al espectador a conectarse con sus raíces, honrar a sus muertos, recordar sus mejores días, una época, los amores pasados y la vida que va quedando atrás, o los confronta con una percepción distinta de la realidad, entonces para mí eso es un motivo.

En ese contexto, ¿cómo inició tu camino dentro del arte?

Fui una niña muy solitaria, con muy pocos amigos; muy extraña, muy rarita, y nunca me pude vincular fácilmente con las personas ni en mi infancia, ni en mi adolescencia (…) la única manera que tenía para hacerlo era dibujándolos. Así fue como inicié mi trayecto por un largo camino de aprendizaje autodidacta. Mis primeros trazos los hice desde la copa de cuantos árboles encontraba. Para entonces ya vivía en otro lugar y mis padres se habían divorciado; así desde lo alto de varios alcanfores pasaba horas viendo todo desde arriba, esperando a que mi padre volviera. Así fue como empecé a trazar la perspectiva del fraccionamiento donde habitábamos y resultó que no lo hacía tan mal. Un tío, al ver mis primeros dibujos, me dijo: “oye hija, eres muy buena. Te voy a meter al concurso de El niño y la mar”… Y así fue como de los 10 a los 13 años participé…. quedé encantada.

No obstante, cuando crecí para mí vivir del arte no se presentó como una opción, pues yo no tenía tíos artistas, no conocía a ninguno, ni a nadie del medio artístico, así que yo no sabía que se podía vivir del arte, (…) pues yo venía de un barrio, de una vida más humilde y muy poco cercana a la cultura.

Cuando por fin decidí estudiar una carrera ya tenía dos hijos, entonces pensaba que no podía darme el lujo de estudiar artes y opté por cursar la licenciatura en administración de empresas.

Colección “Diario de la protomente” retomó páginas de periódico para plasmar realidades opuestas a las narradas por las páginas de los diarios. / Fernando Reyes

¿En qué momento volviste a cruzar camino con la pintura y cuándo decidiste iniciar tu carrera?

En el 2012 la vida me enfrentó con algo mayor: mi hijo se suicidó cuando tenía 17 años, y eso me cambió todo. Estuve como un año o más en duelo, hasta que una amiga me animó a hacer un mural en su restaurante.

Pronto comencé a comprar libros de pintura y materiales, adecué mi tallercito en casa (…) A la par me empecé a preparar como terapeuta, logrando una certificación como coach ontológico.

Entonces mi jornada se volcó a pintar por las mañanas y a atender a diversas personas en las tardes; fue un cambio total, tanto en mi vida como en mi obra, pues ahora yo quería plasmar el dolor, la libertad, las expectativas de las personas y sus historias.

La salud mental es un tema poco abordado por la sociedad, incluso algunas organizaciones como la Comunidad Terapéutica Rizoma en Hércules trabaja por su visibilización. ¿En tu arte has abordado este tema?

En casi todas mis obras, sin embargo creo que en mis primeras producciones, me refiero al periodo 2006- 2014, me aboqué más a estas temáticas, pues desde muy niña sufrí depresión infantil, así que hasta que llegué a la edad adulta, ya con estos temas más digeridos, me di a la tarea de crear cosas, más amables. Sin embargo, creo que en toda mi obra, leyendo entre pinceladas, aún se pueden apreciar ciertos atisbos de estas experiencias.

¿Haz hecho simbiosis entre la terapia y el arte? ¿Entre tu experiencia como coach ontológico y tu obra?

Ambas requieren de procesos muy finos e íntimos, creo que lo único en lo que puedo vincularlos es la sensibilidad que me proporciona el primero para pintar rostros y capturar emociones. Durante las sesiones dibujo a mis pacientes, por alguna razón tengo la capacidad de concentrarme en lo que me están confiando y estoy atenta a sus rasgos, y no les molesta; muchos incluso me han pedido después de la sesión que les regale sus dibujos, yo lo hago con gusto.

Foto: Cortesía Esmeralda Néresis

En tu trayecto como autodidactica, ¿qué artistas han influido en tu trabajo?

Antonio López porque en gran parte de su obra está ausente la figura humana y cobran vida los objetos. Es un pintor tan tradicional pero tan entregado al concepto y la técnica. También István Sándorfi, por la técnica ¡me fascina!, así como Arturo Rivera; su obra me ha enseñado que es posible pasar de lo onírico a la realidad y que su compromiso como artista es plantear temas inquietantes y desafiantes. Hace poco conocí a Mariano Fortuny, pintor español que me cautivó con su técnica pastosa y detallada; Waterhouse por sus temas místicos, así como Remedios Varo y Séraphine Louis; pintora francesa, mujer analfabeta que se dedicaba al servicio de algún burgués y por las noches pintaba flores y plantas, tal como a mí me sucedió. Yayoi Kusama que rompió con los estándares del arte contemporáneo, arriesgándose a la locura. El bello Van Gogh y sus plastas de pintura y neurósis... Son muchos a los que quisiera citar, pero sobre todo a las mujeres que han sobrevivido en un mundo de arte hecho para los hombres.

En estos seis años de trayectoria profesional, ¿hay alguna pieza que aprecies más?

Todas son parte de mí. En todas está mi corazón y mi alma, son como hijos; pero hay una que vendí hace mucho tiempo, se trata del retrato de una niña parada al lado de un eucalipto que se deshoja; esta ahí, debajo de él esperando a su padre. Es quizá la pieza a la que más afecto le tengo.

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