/ jueves 28 de noviembre de 2019

Joker, el caos es una broma

El libro de cabecera

Antes de Joker (2019), las películas más representativas de Todd Phillips (Nueva York, 1970) eran la trilogía de ¿Qué pasó ayer? (2009, 2011 y 2013) y Project X (2012). La referencia, que en otro caso habría resultado baladí, es necesaria no solamente para comprender el rango de este director, guionista y productor, sino también para establecer que, en el sentido estricto del género, Joker se trata de una comedia, acaso una broma cuya temática central es el caos.

La reciente cinta de Phillips fue premiada con el León de Oro en la pasada edición del Festival de Venecia. Se trata de la primera de la serie de películas separadas que se extraerán subsecuentemente del universo de DC Comics. Con el guion adaptado de Scott Silver, es el actor Joaquin Phoenix quien destaca con un soberbio trabajo actoral que lo ha colocado entre los favoritos a alzarse con el Oscar a Mejor Actor.

Y no es para menos. Desde el 2014, Phoenix ya estaba interesado en participar en una película de bajo presupuesto que estuviera basada en un villano de algún cómic.

La trama se centra en el convulso Arthur Fleck, un cuarentón famélico que vive con su madre (Frances Conroy), trabaja como payaso en una Ciudad Gótica (la metonimia para Nueva York) al borde del abismo: desempleo, ruina financiera y crimen (recordemos que, en aquellos años, Nueva York era la ciudad más peligrosa del mundo).

Una serie de eventos llevan irremediablemente a Arthur a la pérdida del sentido social, en donde cada suceso corresponde con una anticipación de la disolución social inminente e implacable: la adquisición casi azarosa de un arma de fuego, la cual provocará eventualmente que lo despidan de su trabajo; una fallida presentación en un show de comedia (los ahora tan conocidos stand-ups), en donde Arthur ríe de manera incontrolable a causa de un trastorno neurológico y de su incapacidad para conectar bromas; y una riña en la que se ve envuelto con tres sujetos en el metro.

En cada uno de estos eventos, Arthur es víctima de su condición de alteridad que lo coloca en el punto límite de su entorno cotidiano. Esta alteridad se traduce en una disfunción determinada por el padecimiento neurológico, por una condición traumática arraigada y por las propias condiciones que impone el contexto urbano. A esta disfunción, de manera obcecada solemos referirnos como una discapacidad, es decir, un padecimiento que implica una disminución física, sensorial o psíquica que incapacita a la persona total o parcialmente para su trabajo o para las tareas cotidianas de la vida.

Tanto en La división del trabajo en la sociedad (1893) como en El Suicidio (1897), el sociólogo funcionalista Émile Durkheim utilizó el término de anomia para referirse a la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos de lo necesario para lograr las metas de la sociedad. A la condición de discapacidad de Arthur se habrá de sumar las causas y tipologías propias de una anomia individual que lo lleva a la supresión del sentido de los valores morales, religiosos y cívicos, en conjunción con los sentimientos asociados a la alienación e indecisión. De acuerdo con Durkheim, esta condición conducirá al individuo a la destrucción y la reducción del orden social, ya que las leyes y normas no pueden garantizar una regulación social. Una ruta posible por la que conduce la anomia es el suicidio. En el caso de Arthur el camino será la broma del caos.

Sin ánimos de esgrimir un diagnóstico (creo que de psicologismos aficionados exacerbados ya tuvimos suficiente), considero que es precisamente esa tentación por psicologizar lo que ha permitido mantenerse a Joker en el espectro de la opinión pública. Definitivamente, en la realidad no podemos recurrir al maniqueiso de la causa-efecto que está tan marcadamente presente en la película. En un contexto político-social convulso, con brotes de violencia en Chile, Bolivia, Hong Kong, México…, en un panorama que, desde la inefable postura política, se ha decantado por la polarización ideológica, una película como la última entrega de Phillips ha sido recibida para relativizar la realidad en favor de una u otra postura ideológica. No obstante, al arte no le interesa aportar argumentos para las explicaciones de lo social, del mismo modo que a las Ciencias Sociales no le atañe ocuparse de la ficción. En las múltiples posibilidades de la interpretación y del uso del arte, una película puede funcionar como el crisol para fundir las emociones de las audiencias, sin que esto signifique en absoluto una responsabilidad para la producción.

El trabajo actoral de Phoenix toca el cénit de su carrera, aunque quizás el obstáculo mayor sea que se trata de una película de cómics. Lo que inicia como un circunloquio del patetismo autodestructivo, acaba como una mera transición en función del villano creado por Bill Finger, Bob Kane y Jerry Robinson. Se propone una soberbia actuación, para enseguida acabar siendo una versión más del Guasón. Aunque Phillips lo niegue, los guiños obvios hacia Taxi Driver y Toro Salvaje cobran relevancia y mayor fuerza si tomamos en cuenta la inclusión de Robert de Niro en el reparto.

Acaso la explicación del origen de Joker era innecesaria, ésta convierte a la película en un afiche maniqueo y aderezado de drama y comedia. El caos no tiene explicación; si se explica, es inteligible y, por ende, eventualmente evitable. El caos es caótico, pues. Quizás por el enigma de su origen insondable, el Guasón de Heath Ledger se mantenga intocado respecto a la versión de Phoenix.

El caos es peligroso y puede devenir en broma macabra a través de la relativización. En un espectro sin barreras, el caos relativista del léxico político, económico y médico acarrearía graves consecuencias para las personas de la realidad real. Más allá de un manual de cine violento (una especie de Tarantino for Dummies), Joker no es más que una película con una soberbia actuación, basada en un cómic, pero película al fin. La realidad mata a la ficción, pero eso a la ficción no le interesa.

@doctorsimulacro

Antes de Joker (2019), las películas más representativas de Todd Phillips (Nueva York, 1970) eran la trilogía de ¿Qué pasó ayer? (2009, 2011 y 2013) y Project X (2012). La referencia, que en otro caso habría resultado baladí, es necesaria no solamente para comprender el rango de este director, guionista y productor, sino también para establecer que, en el sentido estricto del género, Joker se trata de una comedia, acaso una broma cuya temática central es el caos.

La reciente cinta de Phillips fue premiada con el León de Oro en la pasada edición del Festival de Venecia. Se trata de la primera de la serie de películas separadas que se extraerán subsecuentemente del universo de DC Comics. Con el guion adaptado de Scott Silver, es el actor Joaquin Phoenix quien destaca con un soberbio trabajo actoral que lo ha colocado entre los favoritos a alzarse con el Oscar a Mejor Actor.

Y no es para menos. Desde el 2014, Phoenix ya estaba interesado en participar en una película de bajo presupuesto que estuviera basada en un villano de algún cómic.

La trama se centra en el convulso Arthur Fleck, un cuarentón famélico que vive con su madre (Frances Conroy), trabaja como payaso en una Ciudad Gótica (la metonimia para Nueva York) al borde del abismo: desempleo, ruina financiera y crimen (recordemos que, en aquellos años, Nueva York era la ciudad más peligrosa del mundo).

Una serie de eventos llevan irremediablemente a Arthur a la pérdida del sentido social, en donde cada suceso corresponde con una anticipación de la disolución social inminente e implacable: la adquisición casi azarosa de un arma de fuego, la cual provocará eventualmente que lo despidan de su trabajo; una fallida presentación en un show de comedia (los ahora tan conocidos stand-ups), en donde Arthur ríe de manera incontrolable a causa de un trastorno neurológico y de su incapacidad para conectar bromas; y una riña en la que se ve envuelto con tres sujetos en el metro.

En cada uno de estos eventos, Arthur es víctima de su condición de alteridad que lo coloca en el punto límite de su entorno cotidiano. Esta alteridad se traduce en una disfunción determinada por el padecimiento neurológico, por una condición traumática arraigada y por las propias condiciones que impone el contexto urbano. A esta disfunción, de manera obcecada solemos referirnos como una discapacidad, es decir, un padecimiento que implica una disminución física, sensorial o psíquica que incapacita a la persona total o parcialmente para su trabajo o para las tareas cotidianas de la vida.

Tanto en La división del trabajo en la sociedad (1893) como en El Suicidio (1897), el sociólogo funcionalista Émile Durkheim utilizó el término de anomia para referirse a la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos de lo necesario para lograr las metas de la sociedad. A la condición de discapacidad de Arthur se habrá de sumar las causas y tipologías propias de una anomia individual que lo lleva a la supresión del sentido de los valores morales, religiosos y cívicos, en conjunción con los sentimientos asociados a la alienación e indecisión. De acuerdo con Durkheim, esta condición conducirá al individuo a la destrucción y la reducción del orden social, ya que las leyes y normas no pueden garantizar una regulación social. Una ruta posible por la que conduce la anomia es el suicidio. En el caso de Arthur el camino será la broma del caos.

Sin ánimos de esgrimir un diagnóstico (creo que de psicologismos aficionados exacerbados ya tuvimos suficiente), considero que es precisamente esa tentación por psicologizar lo que ha permitido mantenerse a Joker en el espectro de la opinión pública. Definitivamente, en la realidad no podemos recurrir al maniqueiso de la causa-efecto que está tan marcadamente presente en la película. En un contexto político-social convulso, con brotes de violencia en Chile, Bolivia, Hong Kong, México…, en un panorama que, desde la inefable postura política, se ha decantado por la polarización ideológica, una película como la última entrega de Phillips ha sido recibida para relativizar la realidad en favor de una u otra postura ideológica. No obstante, al arte no le interesa aportar argumentos para las explicaciones de lo social, del mismo modo que a las Ciencias Sociales no le atañe ocuparse de la ficción. En las múltiples posibilidades de la interpretación y del uso del arte, una película puede funcionar como el crisol para fundir las emociones de las audiencias, sin que esto signifique en absoluto una responsabilidad para la producción.

El trabajo actoral de Phoenix toca el cénit de su carrera, aunque quizás el obstáculo mayor sea que se trata de una película de cómics. Lo que inicia como un circunloquio del patetismo autodestructivo, acaba como una mera transición en función del villano creado por Bill Finger, Bob Kane y Jerry Robinson. Se propone una soberbia actuación, para enseguida acabar siendo una versión más del Guasón. Aunque Phillips lo niegue, los guiños obvios hacia Taxi Driver y Toro Salvaje cobran relevancia y mayor fuerza si tomamos en cuenta la inclusión de Robert de Niro en el reparto.

Acaso la explicación del origen de Joker era innecesaria, ésta convierte a la película en un afiche maniqueo y aderezado de drama y comedia. El caos no tiene explicación; si se explica, es inteligible y, por ende, eventualmente evitable. El caos es caótico, pues. Quizás por el enigma de su origen insondable, el Guasón de Heath Ledger se mantenga intocado respecto a la versión de Phoenix.

El caos es peligroso y puede devenir en broma macabra a través de la relativización. En un espectro sin barreras, el caos relativista del léxico político, económico y médico acarrearía graves consecuencias para las personas de la realidad real. Más allá de un manual de cine violento (una especie de Tarantino for Dummies), Joker no es más que una película con una soberbia actuación, basada en un cómic, pero película al fin. La realidad mata a la ficción, pero eso a la ficción no le interesa.

@doctorsimulacro

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