/ viernes 7 de mayo de 2021

La letra escarlata, lo peligrosamente excluyente del lenguaje incluyente

Punto a quien lo lea

Desde que se instauró en las redes sociales el uso del ahora llamado “lenguaje incluyente” he presenciado más pugnas airadas y peleas sangrientas que debates civilizados en torno al tema. Esta violencia me hace sospechar que, detrás de aquello que muchos consideran como una panacea progresista y un viraje histórico para quienes han vivido en la invisibilidad, en realidad se esconde una especie de cacería que permite identificar fácilmente a quienes no piensan “como deben pensar las personas buenas”.

A lo largo de la historia, las marcas han servido para evidenciar a quienes la sociedad tiene el permiso y el derecho de repudiar. Esto es lo que ocurre en la icónica novela de Nathaniel Hawthorne, en la que una mujer, acusada de adulterio, se ve en la obligación de llevar en el pecho una ominosa letra escarlata. Los episodios más tristes y devastadores que manchan nuestro ideal de progreso comparten una constante: los indeseables deben ser estigmatizados visiblemente.

¿Y no es eso lo que está ocurriendo con el “lenguaje incluyente”? Quienes hemos decidido no adoptarlo, de inmediato nos hacemos visibles y nos convertimos en sospechosos. Nos vemos en la necesidad de explicar que para nosotros la inclusión social tiene que ver con convicciones profundas y cambios ideológicos, no con modificaciones superficiales y forzadas que se relacionan con tendencias difundidas masivamente a través de discursos tramposamente morales. La enorme ventaja de respetar las reglas que norman el uso de una lengua es que las personas pueden resguardar su ideología y preservar su intimidad. La neutralidad que se defiende desde la academia es una forma de mantener el respeto entre todos los seres humanos. Cuando entablo una conversación cualquiera con alguien, no deseo que el hecho de que yo omita los consabidos giros idiomáticos “incluyentes” genere una tensión innecesaria. Es decir, si hablo acerca del pastel de manzana o de la caída de la bolsa, no estoy hablando acerca de los transexuales, la misoginia o el patriarcado; estoy hablando del pastel de manzana o de la caída de la bolsa. Pero parece que estamos dando vueltas en círculos, mordiéndonos la cola, encallando una y otra vez en discusiones bizantinas que no resolverán la desigualdad en el mundo, antes bien, la arraigarán y apoyarán drásticamente.

Algunas personas me han explicado hasta el cansancio que el uso de letras “incluyentes”, elegidas de forma arbitraria, intentan romper con el esquema sexual binario en el que solamente se contempla la existencia de dos géneros: hombre y mujer. A mí me parece que la identidad ha sido siempre compleja y que la definición de la misma no puede reducirse al uso de marcas léxicas. La conciencia humana es un misterio absoluto, la filosofía, antes que la ciencia, ha intentado esclarecer las razones por las cuales los seres humanos son capaces de pensar acerca del origen de sus propios pensamientos, de preguntarse por sí mismos y por el lugar que ocupan en el mundo; por su relación con la naturaleza y con la sociedad. Si en estos tiempos nos atrevemos a decir que “somos mejores” que nuestros ancestros, corremos el riesgo de mostrarnos exageradamente arrogantes. La humanidad, en realidad, y como lo asevera John Gray en su impresionante libro El silencio de los animales: sobre el progreso y otros mitos, no tendemos a progresar, repetimos ciertos patrones de conducta, pero bajo velos muy distintos.

Así pues, la represión puede adquirir muchas caretas y formas distintas, incluso la de la liberalidad y los levantamientos supuestamente revolucionarios. Slavoj Žižek, en su libro El acoso de las fantasías, habla de que las revoluciones permiten a las personas desahogar sus instintos más violentos y asesinos bajo el pretexto de que se está castigando a quienes fueron injustos y represores. Asimismo, cuando un sistema se instaura, la clase dominante otorga el permiso de violentar a quienes no cumplen con las reglas que “son buenas” para que funcione el sistema social que tanto trabajo costó alcanzar. Parece que siempre existirá una justificación para la barbarie.

El filósofo argentino Jorge Alemán, a su vez, propone la interesante premisa de que el liberalismo conservador, para dinamitar a la izquierda, tacha de represoras las medidas que implementan los gobiernos moderados y alternativos. Eso, en gran medida, es lo que está ocurriendo actualmente en nuestro país, pero no nos desviemos, las jugarretas derechistas serán el tema de otra disertación periodística.

Sé que no es necesario comentar que durante muchos años he trabajado arduamente para dignificar el lugar social de las mujeres y que he intentado a través del teatro evidenciar las injusticias aberrantes que se han cometido en nuestra contra desde hace siglos, pero prefiero aclarar este punto para que no se malentienda el objetivo de este escrito. Si las mujeres queremos generar cambios significativos, debemos, en principio, dejar de pelear entre nosotras y de repetir las estructuras de odio y violencia que nos han legado los hombres. Si ostentamos lugares de superioridad moral y juzgamos con desdén a quienes no piensan como nosotras (y en este caso uso deliberadamente la marca de género, puesto que estoy hablando en femenino), estaremos forzando el regreso a épocas indeseables de represión, castigo y acallamiento. Necesitamos que se escuchen todas las voces, no que se silencien las que resultan incómodas. Quizás, para que esto se logre, es necesario respetar la neutralidad idiomática, que por lo menos nos permite entablar conversaciones desde bases comunes. Efectivamente, cuando se fue forjando el castellano, imperaban en la sociedad terribles restricciones misóginas que reducían a la mujer a un objeto que debía contar con un propietario; pero no necesariamente fueron estas condiciones históricas las que determinaron la implementación de las normas. Estoy absolutamente de acuerdo en que debemos resquebrajar los modelos culturales que nos han mantenido cautivas de los prejuicios y la anulación intelectual, pero podemos hacerlo sobre ciertas bases ya construidas (las de la neutralidad, que nos permite concentrarnos en el fondo y no en la forma), para no desandar el camino y convertirnos en propagadoras del odio e instigadoras de la violencia que tanto hemos padecido.

Nunca defenderé una inclusión excluyente. Nunca abogaré por el odio, por la desacreditación, por la mácula, por la marca. Apoyaré siempre la privacidad, el derecho a pensar de un modo distinto, a escuchar al otro con apertura, sin desestimar sus ideas por el simple hecho de que no vengan envueltas en oropel. Prefiero la palabra honesta al halago complaciente.

Desde que se instauró en las redes sociales el uso del ahora llamado “lenguaje incluyente” he presenciado más pugnas airadas y peleas sangrientas que debates civilizados en torno al tema. Esta violencia me hace sospechar que, detrás de aquello que muchos consideran como una panacea progresista y un viraje histórico para quienes han vivido en la invisibilidad, en realidad se esconde una especie de cacería que permite identificar fácilmente a quienes no piensan “como deben pensar las personas buenas”.

A lo largo de la historia, las marcas han servido para evidenciar a quienes la sociedad tiene el permiso y el derecho de repudiar. Esto es lo que ocurre en la icónica novela de Nathaniel Hawthorne, en la que una mujer, acusada de adulterio, se ve en la obligación de llevar en el pecho una ominosa letra escarlata. Los episodios más tristes y devastadores que manchan nuestro ideal de progreso comparten una constante: los indeseables deben ser estigmatizados visiblemente.

¿Y no es eso lo que está ocurriendo con el “lenguaje incluyente”? Quienes hemos decidido no adoptarlo, de inmediato nos hacemos visibles y nos convertimos en sospechosos. Nos vemos en la necesidad de explicar que para nosotros la inclusión social tiene que ver con convicciones profundas y cambios ideológicos, no con modificaciones superficiales y forzadas que se relacionan con tendencias difundidas masivamente a través de discursos tramposamente morales. La enorme ventaja de respetar las reglas que norman el uso de una lengua es que las personas pueden resguardar su ideología y preservar su intimidad. La neutralidad que se defiende desde la academia es una forma de mantener el respeto entre todos los seres humanos. Cuando entablo una conversación cualquiera con alguien, no deseo que el hecho de que yo omita los consabidos giros idiomáticos “incluyentes” genere una tensión innecesaria. Es decir, si hablo acerca del pastel de manzana o de la caída de la bolsa, no estoy hablando acerca de los transexuales, la misoginia o el patriarcado; estoy hablando del pastel de manzana o de la caída de la bolsa. Pero parece que estamos dando vueltas en círculos, mordiéndonos la cola, encallando una y otra vez en discusiones bizantinas que no resolverán la desigualdad en el mundo, antes bien, la arraigarán y apoyarán drásticamente.

Algunas personas me han explicado hasta el cansancio que el uso de letras “incluyentes”, elegidas de forma arbitraria, intentan romper con el esquema sexual binario en el que solamente se contempla la existencia de dos géneros: hombre y mujer. A mí me parece que la identidad ha sido siempre compleja y que la definición de la misma no puede reducirse al uso de marcas léxicas. La conciencia humana es un misterio absoluto, la filosofía, antes que la ciencia, ha intentado esclarecer las razones por las cuales los seres humanos son capaces de pensar acerca del origen de sus propios pensamientos, de preguntarse por sí mismos y por el lugar que ocupan en el mundo; por su relación con la naturaleza y con la sociedad. Si en estos tiempos nos atrevemos a decir que “somos mejores” que nuestros ancestros, corremos el riesgo de mostrarnos exageradamente arrogantes. La humanidad, en realidad, y como lo asevera John Gray en su impresionante libro El silencio de los animales: sobre el progreso y otros mitos, no tendemos a progresar, repetimos ciertos patrones de conducta, pero bajo velos muy distintos.

Así pues, la represión puede adquirir muchas caretas y formas distintas, incluso la de la liberalidad y los levantamientos supuestamente revolucionarios. Slavoj Žižek, en su libro El acoso de las fantasías, habla de que las revoluciones permiten a las personas desahogar sus instintos más violentos y asesinos bajo el pretexto de que se está castigando a quienes fueron injustos y represores. Asimismo, cuando un sistema se instaura, la clase dominante otorga el permiso de violentar a quienes no cumplen con las reglas que “son buenas” para que funcione el sistema social que tanto trabajo costó alcanzar. Parece que siempre existirá una justificación para la barbarie.

El filósofo argentino Jorge Alemán, a su vez, propone la interesante premisa de que el liberalismo conservador, para dinamitar a la izquierda, tacha de represoras las medidas que implementan los gobiernos moderados y alternativos. Eso, en gran medida, es lo que está ocurriendo actualmente en nuestro país, pero no nos desviemos, las jugarretas derechistas serán el tema de otra disertación periodística.

Sé que no es necesario comentar que durante muchos años he trabajado arduamente para dignificar el lugar social de las mujeres y que he intentado a través del teatro evidenciar las injusticias aberrantes que se han cometido en nuestra contra desde hace siglos, pero prefiero aclarar este punto para que no se malentienda el objetivo de este escrito. Si las mujeres queremos generar cambios significativos, debemos, en principio, dejar de pelear entre nosotras y de repetir las estructuras de odio y violencia que nos han legado los hombres. Si ostentamos lugares de superioridad moral y juzgamos con desdén a quienes no piensan como nosotras (y en este caso uso deliberadamente la marca de género, puesto que estoy hablando en femenino), estaremos forzando el regreso a épocas indeseables de represión, castigo y acallamiento. Necesitamos que se escuchen todas las voces, no que se silencien las que resultan incómodas. Quizás, para que esto se logre, es necesario respetar la neutralidad idiomática, que por lo menos nos permite entablar conversaciones desde bases comunes. Efectivamente, cuando se fue forjando el castellano, imperaban en la sociedad terribles restricciones misóginas que reducían a la mujer a un objeto que debía contar con un propietario; pero no necesariamente fueron estas condiciones históricas las que determinaron la implementación de las normas. Estoy absolutamente de acuerdo en que debemos resquebrajar los modelos culturales que nos han mantenido cautivas de los prejuicios y la anulación intelectual, pero podemos hacerlo sobre ciertas bases ya construidas (las de la neutralidad, que nos permite concentrarnos en el fondo y no en la forma), para no desandar el camino y convertirnos en propagadoras del odio e instigadoras de la violencia que tanto hemos padecido.

Nunca defenderé una inclusión excluyente. Nunca abogaré por el odio, por la desacreditación, por la mácula, por la marca. Apoyaré siempre la privacidad, el derecho a pensar de un modo distinto, a escuchar al otro con apertura, sin desestimar sus ideas por el simple hecho de que no vengan envueltas en oropel. Prefiero la palabra honesta al halago complaciente.

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