/ viernes 1 de octubre de 2021

La Staurofila de María Nestora

El libro de cabecera

El 25 de febrero de 1828, la ciudad de San Juan del Río, Querétaro, vio nacer a María Josefa Francisca de Paula, quien a la postre sería conocida como María Nestora Téllez Rendón. La razón del cambio de nombre se debió principalmente a que, al ser bautizada en el día de San Néstor, ella decidió tomar dicho nombre.

Antonio Téllez, su padre, además de docente fue miembro activo de la conspiración en Querétaro, mientras que Trinidad Rendón, su madre, se entregó por completo a la labor pedagógica.

Quiso el destino que María Nestora fuese víctima de una extraña enfermedad cuyo estigma se manifestó en una horrible hinchazón de los ojos, lo cual le causó la pérdida de la vista a la edad de dos años. En aquel entonces vivía con su familia en el municipio de Tolimán, en donde su padre había sido asignado como prefecto. No obstante su ceguera prematura, desde su edad temprana María Nestora destacaba por su brillo intelectual y su memoria virtuosa. Fue así que, formada con el rigor de una ferrea educación personalizada impartida por su propio padre, se desarrolló de manera sobresaliente en gramática, aritmética y religión.

A los nueve años de edad, el destino le tenía reservada a María Nestora otra terrible noticia: el fallecimiento de su padre y principal mentor. En ese entonces la familia residía en Zamora de Hidalgo, Michoacán, pero tras la muerte de Don Antonio, María Nestora y su madre decidieron regresar a Querétaro. Como legado paterno, María Nestora conocía perfectamente los catecismos de los padres Ripalda y Fleury, además de las nociones avanzadas de gramática y aritmética.

Fue entonces cuando, con la guía del Dr. Manuel Altamirano, quien además era esposo de su media hermana Isabel Téllez González, continuó forjando su educación y su temple. Además de perfeccionar sus conocimientos de gramática y aritmética, María Nestora conoció el latín. Tiempo después, un hijo del Dr. Altamirano contribuiría a la formación de María Nestora guiándola por los caminos de la lógica.

Poco tiempo después de que hubieron regresado a Querétaro, a la madre de María Nestora se le asignó la dirección de una escuela que dependía de la cofradía del Cordón de San Francisco. Fue entonces cuando María Nestora comenzó su carrera en la enseñanza, siguiendo los pasos de sus padres, impartiendo clases en las materias en las que ya era experta: gramática y aritmética. Su estilo pedagógico destacó inmediatamente por su asuididad y empeño, pero sobre todo por la dulzura con la que impartía sus clases. Fue tal su amor por la enseñanza que, en tiempos vacacionales, se reunía con sus discípulas más destacadas en sesiones de perfeccionamiento. Muchas estudiantes de María Nestora fueron acompañadas por la senda escolar desde la educación inicial hasta que obtenían su título profesional.

En contraste con su dulzura al enseñar, María Nestora no soportaba el ocio, por lo que optó por ocupar sus escasos tiempos libres en tejidos de seda y en la fabricación de cestos de jarcia, en donde también destacó por su meticulosidad y perfección. Pero, lo que definitivamente la llenaba de placer, a pesar de su ceguera, era la lectura de textos religiosos y, sobre todo, literarios.

Hacia 1856, tras la muerte de su madre, María Nestora debió asumir el cargo de dirección, la cual no duraría mucho tiempo por los acontecimientos históricos. Implacable, María Nestora abrió su propia escuela particular en donde enseñaba geografía y geometría, además de las materias de su dominio pleno. Muy pronto su centro de enseñanza cobraría fama y prestigio entre las jóvenes sanjuanenses, quienes encontraban no sólo eficacia y esmero en la instrucción, sino además un gran ejemplo de entereza y virtud en la figura de María Nestora. Dicho ejemplo lo pondría de manifiesto, a pesar de su cara modestia, en 1866 cuando se tituló como profesora. Se cuenta que para su examen de titulación, María Nestora se presentó ante una nutrida concurrencia, y que el comité de evaluación estuvo presidido por el señor Gárate, primer obispo de Querétaro. Tras responder de manera precisa y brillante a las respuesta de cada uno de los sinodales, el señor Gárate no había quedado conforme, por lo que procedió a interrogar a María Nestora en temas de religión y latinidad. Tal fue el beneplácito del obispo que, además del título académico, decidió concederle a María Nestora la Cruz de San Carlos, condecoración creada por decreto por el entonces emperador Maximiliano de Habsburgo el 10 de abril de 1865, y que se entregaba para premiar los méritos femeninos en los campos de la instrucción, actos de abnegación, caridad y desprendimiento. Se dice que, tras recibir la insignia, María Nestora se limitó a sacarla de su estuche para colgarla en su rosario. Ella jamás habría de hablar sobre aquella anécdota.

No todo fue oscuridad en la vida de María Nestora. Hacia 1873, el Dr. Carmona y Valle, por encarecida insistencia del Lic. Rodríguez Altamirano y su esposa, practicó una operación quirúrgica para implantarle pupila artificial en ambos ojos a María Nestora. Al principo, los resultados parecían halagadores. María Nestora llegó a distinguir objetos a considerable distancia, pero poco tiempo después habría de regresar a su oscuridad habitual. María Nestora había resultado ser demasiado mayor para semejante operación.

Pero la luz de la literatura, esa que irradiaba desde pequeña, cuando aún contaba con sus pupilas sanas, habría de acompañarla durante toda su vida. Fue así que, en su breve retorno a la vista, llegó a escribir:

Lola, lo he visto yo, lo he contemplado. ¡Un cielo de oro al terminar el día! De él apartar mis ojos no podía, Y de emoción y júbilo he llorado.

Nutrida por la incontable cantidad de cuentos que llegaban a ella a través de sus oídos y sus manos, María Nestora fraguó imágenes literarias, como la de la pastora en escenarios bucólicos, que busca al amor de su hombre, con quien tiene que sortear desdichas e infidelidades, en una tribulación que la refería a la relación metafórica entre Jesucristo y su alma. Fue precisamente el relato la base de Staurofila, su célebre novela que ella misma definía como un cuento alegórico, publicada de forma anónima en 1889, por petición de la misma María Nestora, aunque hacia 1893 se plasmaría su nombre después de su muerte.

Desde entonces, Staurofila ha sido editada en México en varias ocasiones hasta la actualidad. La crítica la ha descrito como una novela de aventuras con rasgos caballerescos, un extenso cuento de hadas y una novela hagiográfica inmersa en la tradición literaria hispana, medieval y renacentista.

Staurofila es una obra escrita por María Nestora Téllez Rendón, autora queretana, y sobre la que aún tenemos la deuda de la lectura, la crítica y el diálogo abierto para el redescubrimiento de un hito de la literatura femenina queretana escrita por mujeres.

@doctorsimulacro

El 25 de febrero de 1828, la ciudad de San Juan del Río, Querétaro, vio nacer a María Josefa Francisca de Paula, quien a la postre sería conocida como María Nestora Téllez Rendón. La razón del cambio de nombre se debió principalmente a que, al ser bautizada en el día de San Néstor, ella decidió tomar dicho nombre.

Antonio Téllez, su padre, además de docente fue miembro activo de la conspiración en Querétaro, mientras que Trinidad Rendón, su madre, se entregó por completo a la labor pedagógica.

Quiso el destino que María Nestora fuese víctima de una extraña enfermedad cuyo estigma se manifestó en una horrible hinchazón de los ojos, lo cual le causó la pérdida de la vista a la edad de dos años. En aquel entonces vivía con su familia en el municipio de Tolimán, en donde su padre había sido asignado como prefecto. No obstante su ceguera prematura, desde su edad temprana María Nestora destacaba por su brillo intelectual y su memoria virtuosa. Fue así que, formada con el rigor de una ferrea educación personalizada impartida por su propio padre, se desarrolló de manera sobresaliente en gramática, aritmética y religión.

A los nueve años de edad, el destino le tenía reservada a María Nestora otra terrible noticia: el fallecimiento de su padre y principal mentor. En ese entonces la familia residía en Zamora de Hidalgo, Michoacán, pero tras la muerte de Don Antonio, María Nestora y su madre decidieron regresar a Querétaro. Como legado paterno, María Nestora conocía perfectamente los catecismos de los padres Ripalda y Fleury, además de las nociones avanzadas de gramática y aritmética.

Fue entonces cuando, con la guía del Dr. Manuel Altamirano, quien además era esposo de su media hermana Isabel Téllez González, continuó forjando su educación y su temple. Además de perfeccionar sus conocimientos de gramática y aritmética, María Nestora conoció el latín. Tiempo después, un hijo del Dr. Altamirano contribuiría a la formación de María Nestora guiándola por los caminos de la lógica.

Poco tiempo después de que hubieron regresado a Querétaro, a la madre de María Nestora se le asignó la dirección de una escuela que dependía de la cofradía del Cordón de San Francisco. Fue entonces cuando María Nestora comenzó su carrera en la enseñanza, siguiendo los pasos de sus padres, impartiendo clases en las materias en las que ya era experta: gramática y aritmética. Su estilo pedagógico destacó inmediatamente por su asuididad y empeño, pero sobre todo por la dulzura con la que impartía sus clases. Fue tal su amor por la enseñanza que, en tiempos vacacionales, se reunía con sus discípulas más destacadas en sesiones de perfeccionamiento. Muchas estudiantes de María Nestora fueron acompañadas por la senda escolar desde la educación inicial hasta que obtenían su título profesional.

En contraste con su dulzura al enseñar, María Nestora no soportaba el ocio, por lo que optó por ocupar sus escasos tiempos libres en tejidos de seda y en la fabricación de cestos de jarcia, en donde también destacó por su meticulosidad y perfección. Pero, lo que definitivamente la llenaba de placer, a pesar de su ceguera, era la lectura de textos religiosos y, sobre todo, literarios.

Hacia 1856, tras la muerte de su madre, María Nestora debió asumir el cargo de dirección, la cual no duraría mucho tiempo por los acontecimientos históricos. Implacable, María Nestora abrió su propia escuela particular en donde enseñaba geografía y geometría, además de las materias de su dominio pleno. Muy pronto su centro de enseñanza cobraría fama y prestigio entre las jóvenes sanjuanenses, quienes encontraban no sólo eficacia y esmero en la instrucción, sino además un gran ejemplo de entereza y virtud en la figura de María Nestora. Dicho ejemplo lo pondría de manifiesto, a pesar de su cara modestia, en 1866 cuando se tituló como profesora. Se cuenta que para su examen de titulación, María Nestora se presentó ante una nutrida concurrencia, y que el comité de evaluación estuvo presidido por el señor Gárate, primer obispo de Querétaro. Tras responder de manera precisa y brillante a las respuesta de cada uno de los sinodales, el señor Gárate no había quedado conforme, por lo que procedió a interrogar a María Nestora en temas de religión y latinidad. Tal fue el beneplácito del obispo que, además del título académico, decidió concederle a María Nestora la Cruz de San Carlos, condecoración creada por decreto por el entonces emperador Maximiliano de Habsburgo el 10 de abril de 1865, y que se entregaba para premiar los méritos femeninos en los campos de la instrucción, actos de abnegación, caridad y desprendimiento. Se dice que, tras recibir la insignia, María Nestora se limitó a sacarla de su estuche para colgarla en su rosario. Ella jamás habría de hablar sobre aquella anécdota.

No todo fue oscuridad en la vida de María Nestora. Hacia 1873, el Dr. Carmona y Valle, por encarecida insistencia del Lic. Rodríguez Altamirano y su esposa, practicó una operación quirúrgica para implantarle pupila artificial en ambos ojos a María Nestora. Al principo, los resultados parecían halagadores. María Nestora llegó a distinguir objetos a considerable distancia, pero poco tiempo después habría de regresar a su oscuridad habitual. María Nestora había resultado ser demasiado mayor para semejante operación.

Pero la luz de la literatura, esa que irradiaba desde pequeña, cuando aún contaba con sus pupilas sanas, habría de acompañarla durante toda su vida. Fue así que, en su breve retorno a la vista, llegó a escribir:

Lola, lo he visto yo, lo he contemplado. ¡Un cielo de oro al terminar el día! De él apartar mis ojos no podía, Y de emoción y júbilo he llorado.

Nutrida por la incontable cantidad de cuentos que llegaban a ella a través de sus oídos y sus manos, María Nestora fraguó imágenes literarias, como la de la pastora en escenarios bucólicos, que busca al amor de su hombre, con quien tiene que sortear desdichas e infidelidades, en una tribulación que la refería a la relación metafórica entre Jesucristo y su alma. Fue precisamente el relato la base de Staurofila, su célebre novela que ella misma definía como un cuento alegórico, publicada de forma anónima en 1889, por petición de la misma María Nestora, aunque hacia 1893 se plasmaría su nombre después de su muerte.

Desde entonces, Staurofila ha sido editada en México en varias ocasiones hasta la actualidad. La crítica la ha descrito como una novela de aventuras con rasgos caballerescos, un extenso cuento de hadas y una novela hagiográfica inmersa en la tradición literaria hispana, medieval y renacentista.

Staurofila es una obra escrita por María Nestora Téllez Rendón, autora queretana, y sobre la que aún tenemos la deuda de la lectura, la crítica y el diálogo abierto para el redescubrimiento de un hito de la literatura femenina queretana escrita por mujeres.

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