/ miércoles 16 de septiembre de 2020

La utópica antropología de Desiderio Rampante

Punto al que lo lea

Lo conocí por casualidad, como se conoce casi siempre a las personas que valen la pena. Me senté a llorar en una banca del jardín Guerrero y él se acercó a mí a una distancia prudente. Percibí su presencia, pero no me atreví a mirarlo. Me dijo, con voz cascada y rota, que después de buscar a alguien a quien pudiera entregarle el fruto de treinta años de trabajo, por fin lo había encontrado. Me tendió un mamotreto compuesto por más de setecientas páginas escritas en una Royal Quiet de Luxe como la que quizás Hemingway usó para urdir el entramado de Adiós a las armas. Antes de que pudiera ver el rostro del hombre que se acercó a mí para convertirme en la primera (y única) lectora de su escrito, La utópica antropología de Desiderio Rampante ya descansaba en mi regazo. El hombre se desvaneció como una sombra. O la sombra se transformó en alguno de los hombres que caminaban por la plaza con paso indiferente. Cómo saber quién me había hecho entrega de ese legajo de folios cosidos con precariedad por un hilo grueso de nylon, como el que me imagino que usan los ancianos gringos que se juntan cada fin de semana para ir a pescar. ¿Habrá sido un anciano gringo el que me legó tan decididamente ese utópico estudio antropológico? Me sequé con la manga las lágrimas y los mocos que me habían escurrido profusamente por la cara después de mi berrinche premenstrual y me dirigí con paso resuelto hacia una cafetería. Por aquel entonces se podía deambular con libertad, sin barbijos ni miedo. Pedí un capuchino deslactosado para evitar ulteriores revanchas gastrointestinales y abrí el libro artesanal que estaba protegido por una pasta hechiza de cartón corrugado. Primera página: “Este es el fruto de treinta años de trabajo y se lo entregaré a quien sepa apreciarlo”. ¿Epígrafe, dedicatoria, visión agorera o diálogo aprendido de memoria para ser repetido ante la incauta llorona del jardín Guerrero? Cómo saberlo. Segunda página, el título: La utópica antropología de Desiderio Rampante, una pesquisa por los meandros de una ciudad que no encierra a sus locos. Tercera página, el índice: Uno, La beata descalza de los diez cigarros encendidos; Dos, el compositor que se robaba el llanto de los neonatos; Tres, el ajedrecista sin tablero…

Desiderio se dedicó durante treinta años a conocer a los locos de Querétaro. El “estudio” estaba pergeñado con una prolijidad chocante, rayana en el academicismo decimonónico. Los personajes estaban descritos con minucia, pero sin encanto. A pesar del acartonamiento de ese muestrario de rarezas humanas, era posible percibir el latido vibrante de los hombres y mujeres que quedaron atrapados en el catálogo que Desiderio fue nutriendo a partir de sus largas jornadas de contemplación antropológica. Leí esa misma tarde las setecientas páginas, entre las que se contaba una introducción en la que el autor expuso el porqué de su interés por los locos. Me sentí culpable por no saber qué hacer con el regalo que tan inesperadamente llegó a mis manos. Sí. Los retratos destilaban cierto interés, pero no el suficiente. Regresé a mi departamento, me reconcilié con mi esposo y guardé en el fondo de una caja el mamotreto. Dos días después nos cambiamos de casa, la caja viajó entre muchas otras, pero, a diferencia de sus compañeras, no fue abierta al llegar a la nueva madriguera.

No hay plazo que no se cumpla. Hace unos días, reventada por el desasosiego pandémico, atesté la sala de cajas olvidadas a las que evisceré sin piedad. Y apareció el compendio de locos redactado por Desiderio, el viejo incógnito del jardín Guerrero. Quizás porque el encierro me está trozando la entereza mental, me sentí conmovida al revisar los retratos que años atrás me parecieron tan sin chiste. Sigo creyendo que el estilo farragoso del autor no le hace justicia a los dementes que se topó a lo largo y ancho de la capital queretana, pero creo que por fin entiendo la delicada misión que me fue encomendada cuando me atreví a berrear en público: debo inmortalizar, de alguna manera, a aquellos andrajosos anónimos que fueron depositados en nuestra ciudad por la gracia del azar o los caprichos del destino.

En su estudio preliminar, al que mal llamé “introducción” con un dejo de soberbia del que me arrepiento, Desiderio revela una verdad inquietante: por la falta de nosocomios psiquiátricos, Querétaro se ha convertido en un deambulatorio de alienados, en un escaparate de dementes inofensivos que fueron expulsados de sus lugares de residencia. De tanto en tanto, tal y como ocurría en épocas medievales, las ciudades circunvecinas envían a nuestra urbe uno que otro convoy cargado de locos amables que, al no representar un peligro para la sociedad, pueden ser liberados en las calles en lugar de seguir consumiendo los escasos recursos públicos con los que cuentan los psiquiátricos estatales. “Mandemos a Querétaro ese excedente que tanto nos fastidia”, claman, según Desiderio Rampante, algunos psiquiatras visionarios. Si alguna vez usted, lector, se había preguntado por la aparición espontánea de tantos personajes psicodélicos, quizás pueda encontrar las respuestas que buscaba en las aseveraciones de Rampante. A mí nada me consta, y por eso no quiero pontificar con pluma categórica ni apoyar a pie juntillas las presunciones que hizo el antropólogo (o utopista) que hoy nos ocupa. No puedo tampoco aducir pruebas que demuestren la existencia real de los locos descritos en el compendio que él redactó. Lo que sí puedo hacer es compartir con ustedes, a mi manera y con una escritura más holgada que la que usó el señor Rampante, las viñetas excéntricas que durante este encierro lograron cautivarme más de lo que lo hicieron durante aquella apresurada lectura de café.

Lo que hoy comparto con ustedes es apenas la introducción, o el estudio preliminar, o la obertura, o el preludio, o la antesala explicativa, de la serie que me permitiré compartir con ustedes durante varios meses. En La utópica antropología de Desiderio Rampante se agazapan cien retratos de personas abandonadas por la razón (o prófugas de la misma), es probable que ustedes se cansen antes de la cincuentena, pero si empiezan a sentir cierta curiosidad malsana hacia la antología de personajes variopintos que haré desfilar ante ustedes, no duden en pedir que siga adelante hasta haber cubierto el catálogo completo.

Cada quincena me permitiré hablar sobre dos o tres locos. Hoy empezaré sólo con uno, porque he agotado el espacio y, tal vez, la paciencia de todos ustedes. Aquí va la degustación.

El compositor que se robaba el llanto de los neonatos

Girondo Madreselva estudió en el conservatorio de París gracias a que su madre, prostituta de belleza monárquica, cobraba caro y era dueña de un burdel de alcurnia en una ciudad del norte de México. El niño espabilado tocaba a Mozart como el mismo Mozart lo hubiera hecho y componía piezas propias con la pericia de un grande que, en otros tiempos y con menos competencia, hubiera pasado a la posteridad como un genio. Los maestros franceses rellenaron sus diplomas de elogios y Girondo, después de pulsar pianos en los recintos más prestigiosos de Europa, a los treinta años de edad se repatrió para pedirle a su mamá que cerrara, junto con las piernas, el negocio. Mamá madrota aceptó la petición de su hijo y le pidió que se encargara de vender el licencioso inmueble que durante mucho tiempo les dio de comer y sirvió de veta financiera para costear los estudios musicales del joven prodigio. Mamá ex madrota se embarcó en un viaje de larga duración mientras Girondo se ocupaba de la venta de la casona. Estaba cerrando el trato con el comprador cuando tocó a la puerta una mujer desesperada que clamaba por ver a la regenta, a la jefa de jefas, a la mamá del músico. Llevaba en brazos a un bebé lloriqueante. Girondo le dijo que el burdel ya no existía, que aquel lugar se convertiría en un centro de recreación para tersarle la piel a las millonarias arrugadas. La joven madre le suplicó que la ayudara, estaba huyendo de un cliente que quería matarla por haber dado a luz clandestinamente a la criatura que ambos procrearon en una noche de amor sin anticonceptivos. Girondo le cerró la puerta en las narices. Al día siguiente, en la nota roja apareció la noticia: la mujer y su criatura habían muerto a cuchilladas. Girondo enloqueció y comenzó a vagar por las calles con un cuaderno en la mano. Cuando escuchaba llorar a algún bebé, se acercaba y escribía las notas que respondían a la sonoridad de los chillidos. Mamá ex madrota regresó para buscar a su genio descarriado, le pagó un manicomio caro, pero como ya no había burdel que sostuviera ese gasto, Girondo acabó en un hospital público. Mamá ex madrota murió de tristeza y a Girondo lo arrojaron a las calles. Llegó a Querétaro. Si a tu bebé se le acerca un desarrapado de largas barbas blancas, no huyas ni trates de calmar el llanto de tu criatura, pues puede estar inspirando una obra maestra.

Lo conocí por casualidad, como se conoce casi siempre a las personas que valen la pena. Me senté a llorar en una banca del jardín Guerrero y él se acercó a mí a una distancia prudente. Percibí su presencia, pero no me atreví a mirarlo. Me dijo, con voz cascada y rota, que después de buscar a alguien a quien pudiera entregarle el fruto de treinta años de trabajo, por fin lo había encontrado. Me tendió un mamotreto compuesto por más de setecientas páginas escritas en una Royal Quiet de Luxe como la que quizás Hemingway usó para urdir el entramado de Adiós a las armas. Antes de que pudiera ver el rostro del hombre que se acercó a mí para convertirme en la primera (y única) lectora de su escrito, La utópica antropología de Desiderio Rampante ya descansaba en mi regazo. El hombre se desvaneció como una sombra. O la sombra se transformó en alguno de los hombres que caminaban por la plaza con paso indiferente. Cómo saber quién me había hecho entrega de ese legajo de folios cosidos con precariedad por un hilo grueso de nylon, como el que me imagino que usan los ancianos gringos que se juntan cada fin de semana para ir a pescar. ¿Habrá sido un anciano gringo el que me legó tan decididamente ese utópico estudio antropológico? Me sequé con la manga las lágrimas y los mocos que me habían escurrido profusamente por la cara después de mi berrinche premenstrual y me dirigí con paso resuelto hacia una cafetería. Por aquel entonces se podía deambular con libertad, sin barbijos ni miedo. Pedí un capuchino deslactosado para evitar ulteriores revanchas gastrointestinales y abrí el libro artesanal que estaba protegido por una pasta hechiza de cartón corrugado. Primera página: “Este es el fruto de treinta años de trabajo y se lo entregaré a quien sepa apreciarlo”. ¿Epígrafe, dedicatoria, visión agorera o diálogo aprendido de memoria para ser repetido ante la incauta llorona del jardín Guerrero? Cómo saberlo. Segunda página, el título: La utópica antropología de Desiderio Rampante, una pesquisa por los meandros de una ciudad que no encierra a sus locos. Tercera página, el índice: Uno, La beata descalza de los diez cigarros encendidos; Dos, el compositor que se robaba el llanto de los neonatos; Tres, el ajedrecista sin tablero…

Desiderio se dedicó durante treinta años a conocer a los locos de Querétaro. El “estudio” estaba pergeñado con una prolijidad chocante, rayana en el academicismo decimonónico. Los personajes estaban descritos con minucia, pero sin encanto. A pesar del acartonamiento de ese muestrario de rarezas humanas, era posible percibir el latido vibrante de los hombres y mujeres que quedaron atrapados en el catálogo que Desiderio fue nutriendo a partir de sus largas jornadas de contemplación antropológica. Leí esa misma tarde las setecientas páginas, entre las que se contaba una introducción en la que el autor expuso el porqué de su interés por los locos. Me sentí culpable por no saber qué hacer con el regalo que tan inesperadamente llegó a mis manos. Sí. Los retratos destilaban cierto interés, pero no el suficiente. Regresé a mi departamento, me reconcilié con mi esposo y guardé en el fondo de una caja el mamotreto. Dos días después nos cambiamos de casa, la caja viajó entre muchas otras, pero, a diferencia de sus compañeras, no fue abierta al llegar a la nueva madriguera.

No hay plazo que no se cumpla. Hace unos días, reventada por el desasosiego pandémico, atesté la sala de cajas olvidadas a las que evisceré sin piedad. Y apareció el compendio de locos redactado por Desiderio, el viejo incógnito del jardín Guerrero. Quizás porque el encierro me está trozando la entereza mental, me sentí conmovida al revisar los retratos que años atrás me parecieron tan sin chiste. Sigo creyendo que el estilo farragoso del autor no le hace justicia a los dementes que se topó a lo largo y ancho de la capital queretana, pero creo que por fin entiendo la delicada misión que me fue encomendada cuando me atreví a berrear en público: debo inmortalizar, de alguna manera, a aquellos andrajosos anónimos que fueron depositados en nuestra ciudad por la gracia del azar o los caprichos del destino.

En su estudio preliminar, al que mal llamé “introducción” con un dejo de soberbia del que me arrepiento, Desiderio revela una verdad inquietante: por la falta de nosocomios psiquiátricos, Querétaro se ha convertido en un deambulatorio de alienados, en un escaparate de dementes inofensivos que fueron expulsados de sus lugares de residencia. De tanto en tanto, tal y como ocurría en épocas medievales, las ciudades circunvecinas envían a nuestra urbe uno que otro convoy cargado de locos amables que, al no representar un peligro para la sociedad, pueden ser liberados en las calles en lugar de seguir consumiendo los escasos recursos públicos con los que cuentan los psiquiátricos estatales. “Mandemos a Querétaro ese excedente que tanto nos fastidia”, claman, según Desiderio Rampante, algunos psiquiatras visionarios. Si alguna vez usted, lector, se había preguntado por la aparición espontánea de tantos personajes psicodélicos, quizás pueda encontrar las respuestas que buscaba en las aseveraciones de Rampante. A mí nada me consta, y por eso no quiero pontificar con pluma categórica ni apoyar a pie juntillas las presunciones que hizo el antropólogo (o utopista) que hoy nos ocupa. No puedo tampoco aducir pruebas que demuestren la existencia real de los locos descritos en el compendio que él redactó. Lo que sí puedo hacer es compartir con ustedes, a mi manera y con una escritura más holgada que la que usó el señor Rampante, las viñetas excéntricas que durante este encierro lograron cautivarme más de lo que lo hicieron durante aquella apresurada lectura de café.

Lo que hoy comparto con ustedes es apenas la introducción, o el estudio preliminar, o la obertura, o el preludio, o la antesala explicativa, de la serie que me permitiré compartir con ustedes durante varios meses. En La utópica antropología de Desiderio Rampante se agazapan cien retratos de personas abandonadas por la razón (o prófugas de la misma), es probable que ustedes se cansen antes de la cincuentena, pero si empiezan a sentir cierta curiosidad malsana hacia la antología de personajes variopintos que haré desfilar ante ustedes, no duden en pedir que siga adelante hasta haber cubierto el catálogo completo.

Cada quincena me permitiré hablar sobre dos o tres locos. Hoy empezaré sólo con uno, porque he agotado el espacio y, tal vez, la paciencia de todos ustedes. Aquí va la degustación.

El compositor que se robaba el llanto de los neonatos

Girondo Madreselva estudió en el conservatorio de París gracias a que su madre, prostituta de belleza monárquica, cobraba caro y era dueña de un burdel de alcurnia en una ciudad del norte de México. El niño espabilado tocaba a Mozart como el mismo Mozart lo hubiera hecho y componía piezas propias con la pericia de un grande que, en otros tiempos y con menos competencia, hubiera pasado a la posteridad como un genio. Los maestros franceses rellenaron sus diplomas de elogios y Girondo, después de pulsar pianos en los recintos más prestigiosos de Europa, a los treinta años de edad se repatrió para pedirle a su mamá que cerrara, junto con las piernas, el negocio. Mamá madrota aceptó la petición de su hijo y le pidió que se encargara de vender el licencioso inmueble que durante mucho tiempo les dio de comer y sirvió de veta financiera para costear los estudios musicales del joven prodigio. Mamá ex madrota se embarcó en un viaje de larga duración mientras Girondo se ocupaba de la venta de la casona. Estaba cerrando el trato con el comprador cuando tocó a la puerta una mujer desesperada que clamaba por ver a la regenta, a la jefa de jefas, a la mamá del músico. Llevaba en brazos a un bebé lloriqueante. Girondo le dijo que el burdel ya no existía, que aquel lugar se convertiría en un centro de recreación para tersarle la piel a las millonarias arrugadas. La joven madre le suplicó que la ayudara, estaba huyendo de un cliente que quería matarla por haber dado a luz clandestinamente a la criatura que ambos procrearon en una noche de amor sin anticonceptivos. Girondo le cerró la puerta en las narices. Al día siguiente, en la nota roja apareció la noticia: la mujer y su criatura habían muerto a cuchilladas. Girondo enloqueció y comenzó a vagar por las calles con un cuaderno en la mano. Cuando escuchaba llorar a algún bebé, se acercaba y escribía las notas que respondían a la sonoridad de los chillidos. Mamá ex madrota regresó para buscar a su genio descarriado, le pagó un manicomio caro, pero como ya no había burdel que sostuviera ese gasto, Girondo acabó en un hospital público. Mamá ex madrota murió de tristeza y a Girondo lo arrojaron a las calles. Llegó a Querétaro. Si a tu bebé se le acerca un desarrapado de largas barbas blancas, no huyas ni trates de calmar el llanto de tu criatura, pues puede estar inspirando una obra maestra.

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