/ martes 28 de julio de 2020

Las viudas del Imperio mexicano

Oliva Solís, compartió la charla “La desgracia las unió y la vida las separó. Las viudas del Imperio mexicano”

Como parte del programa del Festival Maxei, la doctora en historia, Oliva Solís, compartió la charla “La desgracia las unió y la vida las separó. Las viudas del Imperio mexicano”.

De acuerdo con la especialista, la historia sólo visibiliza el papel los varones, relegando a segundo plano y en ocasiones estigmatizando a las mujeres, por ello hizo esta revisión para hablar de quienes acompañaron en vida a Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía, quienes fueron fusilados el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas.

La emperatriz Carlota

La reseña comenzó con María Carlota, la más famosa de las tres, y de quien popularmente se dice que era una mujer ambiciosa y fue quien convenció a Maximiliano de venir a México.

Nació en 1840, en un periodo de cambio y de mucha agitación, debido al triunfo de las comunidades burguesas, fue hija de Leopoldo I de Bélgica y María Amalia de Orleans, hija del rey burgués.

“Tuvo acceso a una educación privilegiada que correspondió a labores del gobierno y eso la hizo una mujer extraordinaria; lo que va a aplicar cuando le toca sustituir a Maximiliano durante sus viajes (…), será la primera mujer que ocupa un puesto de esta envergadura”, señaló Solís.

Asimismo destacó que contaba con una gran claridad con respecto a la condición política e incluso en 1866, cuando Napoleón III decide retirar sus tropas, ella decide ir a buscar ayuda.

Sin embargo, la historiografía no da mucha cuenta de ella hasta su muerte en 1927, pero sí relata los episodios de locura que padeció y que la hicieron víctima hasta su fallecimiento.

Concepción Lombardo de Miramón

Fue una mujer que pertenecía a la clase media alta de la Ciudad de México, procedía de una familia ilustrada profesionista y que trabajó en la administración del reino, por lo que poseía capitales.

Nace en 1835 y tuvo acceso a la educación, en sus memorias deja testimonio de su tiempo y de lo que padeció a través de escritos hechos por ella misma; “habla de su formación precaria, aunque era privilegiada y enfocada a las labores de su sexo, ya que no le dejaban hacer cosas de varones como correr”, relató la maestra.

“Fue una de las mujeres más jóvenes que ocupó el puesto de primera dama, aunque no tuvo mucha oportunidad de hacer mucho, debido a los conflictos entre conservadores y liberales, por lo que no se puede saber qué pudo haber hecho”.

Relató además que durante el exilio acompañó a Miramón y pese a que le aconsejó no involucrarse en los asuntos del Imperio, él era un hombre de palabra y lo hizo.

Cuando Miramón fue prisionero en Capuchinas ella se entrevistó con él e imploró por su perdón a Benito Juárez, sin embargo no lo consiguió y tuvo que enterrar a su marido.

Sin embargo, señaló Oliva, fue una mujer que no se quedó cruzada de brazos y tras quedarse viuda, acudió con la familia de Maximiliano y logró obtener una pensión del gobierno de Austria, lo que le permitió vivir el resto de sus días con cierta dignidad.

Agustina Castro

Al parecer Tomás Mejía tenía dos mujeres y la historia no aclara si Agustina contrajo matrimonio legítimo con él o sólo fue su pareja, es una mujer prácticamente desconocida, pertenecía al común del pueblo y poseía pocos capitales.

La historiadora relató que para enterrar a Tomas Mejía se vio en la necesidad de juntar dinero; “lo tuvo sentado por meses en la casa porque no tenía para enterrarlo”.

Al igual que Concepción, fue a pedir el perdón a Benito Juárez, quien se compadeció de ella, pero tampoco lo otorgó. De regreso de San Luis, nació su hijo, unos días antes de la ejecución de Tomas Mejía y vivió el resto de sus días en la pobreza.

“[A estas mujeres] las unió la desgracia porque confluyeron en el Segundo Imperio y comparten el ser viudas de estos personajes que fueron ejecutados, pero más allá de eso no tienen nada más en común”, concluyó Solís.

Asimismo destacó que la mirada a estas mujeres ayuda a determinar que no todas las mujeres viven de la misma manera, ya que hay una serie de condiciones, como el lugar de nacimiento así como los capitales culturales y políticos, los que determinan el estilo de vida de cada una.

Como parte del programa del Festival Maxei, la doctora en historia, Oliva Solís, compartió la charla “La desgracia las unió y la vida las separó. Las viudas del Imperio mexicano”.

De acuerdo con la especialista, la historia sólo visibiliza el papel los varones, relegando a segundo plano y en ocasiones estigmatizando a las mujeres, por ello hizo esta revisión para hablar de quienes acompañaron en vida a Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía, quienes fueron fusilados el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas.

La emperatriz Carlota

La reseña comenzó con María Carlota, la más famosa de las tres, y de quien popularmente se dice que era una mujer ambiciosa y fue quien convenció a Maximiliano de venir a México.

Nació en 1840, en un periodo de cambio y de mucha agitación, debido al triunfo de las comunidades burguesas, fue hija de Leopoldo I de Bélgica y María Amalia de Orleans, hija del rey burgués.

“Tuvo acceso a una educación privilegiada que correspondió a labores del gobierno y eso la hizo una mujer extraordinaria; lo que va a aplicar cuando le toca sustituir a Maximiliano durante sus viajes (…), será la primera mujer que ocupa un puesto de esta envergadura”, señaló Solís.

Asimismo destacó que contaba con una gran claridad con respecto a la condición política e incluso en 1866, cuando Napoleón III decide retirar sus tropas, ella decide ir a buscar ayuda.

Sin embargo, la historiografía no da mucha cuenta de ella hasta su muerte en 1927, pero sí relata los episodios de locura que padeció y que la hicieron víctima hasta su fallecimiento.

Concepción Lombardo de Miramón

Fue una mujer que pertenecía a la clase media alta de la Ciudad de México, procedía de una familia ilustrada profesionista y que trabajó en la administración del reino, por lo que poseía capitales.

Nace en 1835 y tuvo acceso a la educación, en sus memorias deja testimonio de su tiempo y de lo que padeció a través de escritos hechos por ella misma; “habla de su formación precaria, aunque era privilegiada y enfocada a las labores de su sexo, ya que no le dejaban hacer cosas de varones como correr”, relató la maestra.

“Fue una de las mujeres más jóvenes que ocupó el puesto de primera dama, aunque no tuvo mucha oportunidad de hacer mucho, debido a los conflictos entre conservadores y liberales, por lo que no se puede saber qué pudo haber hecho”.

Relató además que durante el exilio acompañó a Miramón y pese a que le aconsejó no involucrarse en los asuntos del Imperio, él era un hombre de palabra y lo hizo.

Cuando Miramón fue prisionero en Capuchinas ella se entrevistó con él e imploró por su perdón a Benito Juárez, sin embargo no lo consiguió y tuvo que enterrar a su marido.

Sin embargo, señaló Oliva, fue una mujer que no se quedó cruzada de brazos y tras quedarse viuda, acudió con la familia de Maximiliano y logró obtener una pensión del gobierno de Austria, lo que le permitió vivir el resto de sus días con cierta dignidad.

Agustina Castro

Al parecer Tomás Mejía tenía dos mujeres y la historia no aclara si Agustina contrajo matrimonio legítimo con él o sólo fue su pareja, es una mujer prácticamente desconocida, pertenecía al común del pueblo y poseía pocos capitales.

La historiadora relató que para enterrar a Tomas Mejía se vio en la necesidad de juntar dinero; “lo tuvo sentado por meses en la casa porque no tenía para enterrarlo”.

Al igual que Concepción, fue a pedir el perdón a Benito Juárez, quien se compadeció de ella, pero tampoco lo otorgó. De regreso de San Luis, nació su hijo, unos días antes de la ejecución de Tomas Mejía y vivió el resto de sus días en la pobreza.

“[A estas mujeres] las unió la desgracia porque confluyeron en el Segundo Imperio y comparten el ser viudas de estos personajes que fueron ejecutados, pero más allá de eso no tienen nada más en común”, concluyó Solís.

Asimismo destacó que la mirada a estas mujeres ayuda a determinar que no todas las mujeres viven de la misma manera, ya que hay una serie de condiciones, como el lugar de nacimiento así como los capitales culturales y políticos, los que determinan el estilo de vida de cada una.

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