/ jueves 21 de octubre de 2021

Entre silencios te veas

Filosofía y literatura

El silencio termina por agotar la palabra: debe haber algún momento en que ésta cese, caiga, se difumine. Entonces, cuando la realidad sonora muere, surge el tiempo del silencio, el eterno vehículo de la nada. Esto muestra que la idea del ser y el no-ser no es ajena a la tenue línea que divide al hablar del callar.

Aunque, hay que aclarar: callar no significa no estar. En todo caso, es una forma imprecisa de ser sin ser-de-voz. La materialidad del sonido —como consecuencia— no hace mella a la existencia que se asume desde el asombro de estar sin decir que se está. Lo silente puede pesar más que la materialidad que detona en voz.

Ser en silencio, sin embargo, es una constante fuga. Una ‘fuga’ que no va hacia ningún lado, como un estar sin estar del todo. Completo, pero sin voz. O con voz, pero desde una voz que no habla, que sólo escucha, sin intención aparente, aunque no esté muerta. Así, la realidad no es del todo real: es más una constante posibilidad, una forma de aparecer en el resquicio de una puerta que no termina de abrirse.

Por eso la brevedad se vuelve infinita (¿o es que todo infinito es necesariamente breve?). Cómo saber, ay, si se está en forma de fuga o de llegada. Cómo, si la llegada se advierte como atisbo de presencia imprecisa. Así, la materia luminosa, que podría ser la voz, se queda en penumbra de posibilidad (cualquier posibilidad).

¿Qué se puede decir —en este sentido— de la voz que no es voz, o del silencio que no cesa de exclamar su constante desgarramiento ontológico? La fragmentación del ser podría ser una salida: explicar que <nada> es absoluto, que <todo> es irreal, al menos para la voz que termina por diluirse, como la distancia que nunca es fija. Sin embargo, ¿no contravendría esta afirmación la fuga existencial que provoca, por ejemplo, la literatura? Después de todo, ser y ser-de-papel-escrito-o-leído no tiene en el fondo una gran diferencia: ambas formas ontológicas devienen en proposiciones humanas. La diferencia es que en la primera (la que refiere al ser) es un ser-siendo histórico que se muestra en el tiempo; en cambio, la segunda (ser-de-papel-escrito-o-leído) denota posicionamientos no siempre fácticos, su materialidad es paradójicamente antimaterial; vamos, no se agota en los vaivenes de la materia.

La escritura, al igual que la lectura, tiene la posibilidad de ser infinita. Sin embargo, su infinitud está sujeta a la efimeridad del ser humano. Sin éste, aquella no tiene sentido. Así, lo infinito no puede moverse si antes la brevedad humana no aparece en escena. Aunque esta paradoja —hay que decirlo— hace agua cuando la intención no acaba de aparecer como voz. Entonces —se colige— es la humanidad quien se abre al infinito. Y el infinito el que torna en puntos suspensivos que desaparecen, o al menos que sugieren fugacidad interminable.

Cualquier realidad alterna, sin embargo, también es posible. No hay materia más dúctil que la palara y el silencio. Sus cuerpos sin cuerpo se acomodan a la realidad, o bien, crean otra realidad alterna que, al paso de la voz, o del silencio, se vuelve fragmento discursivo que busca su propio nido, para llegar; o quizá sus alas, para emprender de nuevo el vuelo.

Por eso la necesidad del silencio, al igual que el de la voz. Porque no se puede caminar por siempre; pero tampoco se puede estar en el mismo lugar, como si no estuviéramos hechos de tiempo. La alteridad no es algo totalmente ajeno, en particular cuando se trata de hablar o callar en un papel escrito con tinta de ser.

Aunque el ser que anuncia al no ser, la voz al silencio, no es necesariamente un silogismo lógico. Su enunciación repta o salta sin un orden preestablecido. La existencia, después de todo, no es una línea recta. Es, más bien, como el viento o el remolino que juega con la hoja que ha caído en el agua.

El tiempo conduce a la vez que es conducido. El hilo es ex nihilo; la apariencia, mortal. Caminar implica, en ese sentido, llegar. Y a la vez, todo llegar es una forma de seguir caminando. De ahí que entre los silencios haya algunos silencios de más. Y entre las voces ronden voces que quizá nunca lleguen a hablar.

Al final, la realidad termina por ser aquiescente al ser humano. Al menos eso es lo que aparenta. Y la apariencia —hay que decirlo— no es sino otra forma de hablar y de callar. Así, la realidad se vuelve causa de miles de realidades más; ya sea en forma de silencio, o de voz, todo se mueve, todo se multiplica, hasta la muerte: el no-ser es motivo de la voz (o silencio) del ser.

Termino un instante para abrir otros más. Abro el silencio para impulsar la voz. Cierro los ojos —ay mis ojos— para mirar mejor. La <nada> enraíza en mi pluma, el <todo> me provoca desde el papel. Así, como áleph, mi grama detona en drama: escribo para ser, aunque ese «ser» no deje de no-ser en mi intención silente.

El silencio termina por agotar la palabra: debe haber algún momento en que ésta cese, caiga, se difumine. Entonces, cuando la realidad sonora muere, surge el tiempo del silencio, el eterno vehículo de la nada. Esto muestra que la idea del ser y el no-ser no es ajena a la tenue línea que divide al hablar del callar.

Aunque, hay que aclarar: callar no significa no estar. En todo caso, es una forma imprecisa de ser sin ser-de-voz. La materialidad del sonido —como consecuencia— no hace mella a la existencia que se asume desde el asombro de estar sin decir que se está. Lo silente puede pesar más que la materialidad que detona en voz.

Ser en silencio, sin embargo, es una constante fuga. Una ‘fuga’ que no va hacia ningún lado, como un estar sin estar del todo. Completo, pero sin voz. O con voz, pero desde una voz que no habla, que sólo escucha, sin intención aparente, aunque no esté muerta. Así, la realidad no es del todo real: es más una constante posibilidad, una forma de aparecer en el resquicio de una puerta que no termina de abrirse.

Por eso la brevedad se vuelve infinita (¿o es que todo infinito es necesariamente breve?). Cómo saber, ay, si se está en forma de fuga o de llegada. Cómo, si la llegada se advierte como atisbo de presencia imprecisa. Así, la materia luminosa, que podría ser la voz, se queda en penumbra de posibilidad (cualquier posibilidad).

¿Qué se puede decir —en este sentido— de la voz que no es voz, o del silencio que no cesa de exclamar su constante desgarramiento ontológico? La fragmentación del ser podría ser una salida: explicar que <nada> es absoluto, que <todo> es irreal, al menos para la voz que termina por diluirse, como la distancia que nunca es fija. Sin embargo, ¿no contravendría esta afirmación la fuga existencial que provoca, por ejemplo, la literatura? Después de todo, ser y ser-de-papel-escrito-o-leído no tiene en el fondo una gran diferencia: ambas formas ontológicas devienen en proposiciones humanas. La diferencia es que en la primera (la que refiere al ser) es un ser-siendo histórico que se muestra en el tiempo; en cambio, la segunda (ser-de-papel-escrito-o-leído) denota posicionamientos no siempre fácticos, su materialidad es paradójicamente antimaterial; vamos, no se agota en los vaivenes de la materia.

La escritura, al igual que la lectura, tiene la posibilidad de ser infinita. Sin embargo, su infinitud está sujeta a la efimeridad del ser humano. Sin éste, aquella no tiene sentido. Así, lo infinito no puede moverse si antes la brevedad humana no aparece en escena. Aunque esta paradoja —hay que decirlo— hace agua cuando la intención no acaba de aparecer como voz. Entonces —se colige— es la humanidad quien se abre al infinito. Y el infinito el que torna en puntos suspensivos que desaparecen, o al menos que sugieren fugacidad interminable.

Cualquier realidad alterna, sin embargo, también es posible. No hay materia más dúctil que la palara y el silencio. Sus cuerpos sin cuerpo se acomodan a la realidad, o bien, crean otra realidad alterna que, al paso de la voz, o del silencio, se vuelve fragmento discursivo que busca su propio nido, para llegar; o quizá sus alas, para emprender de nuevo el vuelo.

Por eso la necesidad del silencio, al igual que el de la voz. Porque no se puede caminar por siempre; pero tampoco se puede estar en el mismo lugar, como si no estuviéramos hechos de tiempo. La alteridad no es algo totalmente ajeno, en particular cuando se trata de hablar o callar en un papel escrito con tinta de ser.

Aunque el ser que anuncia al no ser, la voz al silencio, no es necesariamente un silogismo lógico. Su enunciación repta o salta sin un orden preestablecido. La existencia, después de todo, no es una línea recta. Es, más bien, como el viento o el remolino que juega con la hoja que ha caído en el agua.

El tiempo conduce a la vez que es conducido. El hilo es ex nihilo; la apariencia, mortal. Caminar implica, en ese sentido, llegar. Y a la vez, todo llegar es una forma de seguir caminando. De ahí que entre los silencios haya algunos silencios de más. Y entre las voces ronden voces que quizá nunca lleguen a hablar.

Al final, la realidad termina por ser aquiescente al ser humano. Al menos eso es lo que aparenta. Y la apariencia —hay que decirlo— no es sino otra forma de hablar y de callar. Así, la realidad se vuelve causa de miles de realidades más; ya sea en forma de silencio, o de voz, todo se mueve, todo se multiplica, hasta la muerte: el no-ser es motivo de la voz (o silencio) del ser.

Termino un instante para abrir otros más. Abro el silencio para impulsar la voz. Cierro los ojos —ay mis ojos— para mirar mejor. La <nada> enraíza en mi pluma, el <todo> me provoca desde el papel. Así, como áleph, mi grama detona en drama: escribo para ser, aunque ese «ser» no deje de no-ser en mi intención silente.

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