/ miércoles 16 de septiembre de 2020

Los conceptos de cultura de Clifford Geertz

El libro de cabecera


Fue el antropólogo Clifford Geertz quien con su visión socioantropológica vino a revolucionar el concepto de cultura, no desde una esquematización de conductas sociales e individuales, ni como un procedimiento que colocara a la cultura al margen. Mientras que para otros estudios la cultura es el explanandum, desde su libro La interpretación de las culturas (Gedisa, 2001) abrió el camino para que la cultura fuera considerada como explanans, a través de lo cual se practiquen las descripciones sistemáticas de códigos, narrativas y símbolos que me permitan dar cuenta puntual de los procesos causales mediante la cultura, procesos que impactan en la vida social de los actores y, por ende, de las instituciones.

Para Geertz el concepto de cultura como conducta aprendida no puede considerarse como falso. Es decir, los conceptos aislados no son ni falsos ni verdaderos, y para muchos fines más o menos rutinarios este concepto sigue siendo útil. Desde el empirismo cotidiano podemos explicar que la conducta de un individuo o de un grupo social es determinada por su cultura.

Pero este enfoque de cultura fue señalado primeramente con Talcott Parsons quien insistió en que interpretar la manera en que se conduce un grupo de seres humanos como una expresión de su cultura y definir su cultura como la suma de los modos en que esos seres humanos aprendieron a conducirse no es enormemente informativo. Parsons no fue capaz de comprender en su totalidad a la cultura, después de todo.

Por su parte, Max Weber elaboró un concepto de cultura considerándola como un sistema de símbolos en virtud de los cuales el hombre da significación a su propia existencia. Es menester recordar que estos sistemas de símbolos, creados, compartidos, convencionales y aprendidos por el hombre, suministran a los seres humanos un marco significativo dentro del cual pueden orientarse en sus relaciones recíprocas, en su relación con el mundo que los rodea y en su relación consigo mismos.

Estos sistemas son el proceso de la vida social, diría Weber, al igual que el programa de una computadora es para sus operaciones, agregaría Geertz.

El sistema de símbolos es la fuente de información que, hasta cierto grado mensurable, da forma, dirección, particularidad y sentido a un continuo flujo de actividad humana. No obstante, Geertz señala el problema de saber de qué manera es posible conceptualizar la relación dialéctica entre la cristalización de los esquemas de significación que imparten dirección y el curso concreto de la vida social.

A pesar de su poca comprensión de la cultura, la validez del concepto de cultura propuesto por Parsons descansa casi enteramente en el grado en que el modelo estructural parsoniano pueda construirse y en el grado en que la relación entre el desarrollo de sistemas de símbolos y la dinámica del proceso social pueda exponerse circunstancialmente. Esto quiere decir que no basta con hacer la descripción del sistema y la dinámica, sino que se debe de ir más allá de la metáfora inicial de la descripción de las técnicas de ritos, de mitos entendidos como fuentes de información hechas por el hombre para ordenar y dirigir la conducta. Un ejemplo puntual sería la religión.

Es común leer o escuchar que nuestro país es un mosaico cultural o que Querétaro es cultura. Esta imagen nos ofrece dos opciones en constante tensión: 1)Podemos ver a estas referencias geográficas como el producto de los procesos en virtud de los cuales ha llegado hasta su situación actual en su devenir histórico; 2) Podemos verlos como el terreno del curso futuro de los acontecimientos. Estas dos formas de verlos, de acuerdo con Geertz, responderá a verlo con referencia a los padres, a las tradicionales figuras de autoridad, a la costumbre, a las leyendas; o con referencias a las voces seculares, a las generaciones presentes y venideras, a los hechos actuales y a los medios de difusión social.

La tensión de las dos visiones (una con un impulso esencialista; otra con el brío del nacionalismo) no es y no debería ser una tensión violenta entre pasiones intelectuales sociales cargadas de significaciones culturales discordantes. Lo que a la cultura le corresponde en los terrenos del diálogo entre las tensiones, a la ideología le atrae esa violencia capaz de agotar el nacionalismo, articulando las visiones con el sesgo del anacronismo.

La cultura no puede ser el botín de la ideología. Las imágenes, metáforas y giros retóricos con que se construyen las ideologías nacionalistas son, a decir de Geertz, esencialmente recursos, expedientes culturales, utilizados con la finalidad de hacer explícitos uno u otro aspecto del proceso más amplio de autorredefinición colectiva, quizás masiva, la finalidad de expresar el orgullo esencialista o la esperanza epocalista en formas simbólicas específicas que puedan ser descritas, desarrolladas, celebradas y usadas antes que vagamente sentidas.

Digámoslo de esta manera: formular una doctrina ideológica es convertir (o tratar de convertir porque hay políticos que no pueden organizar una mugre rifa y se ufanan de pretender transformar a una nación) lo que era un estado anímico plural, generalizado y cultural (trátese de México o de Querétaro) en una fuerza política práctica.

Geertz nos advierte que la contienda de las sectas políticas representan intentos de dar a las cosas intangibles del cambio cultural formas culturales articuladas. También representan de manera más directa una lucha para alcanzar el poder, para conquistar posiciones, privilegios, riqueza, fama y todas las otras cosas llamadas recompensas reales de la vida.

Los esquemas de significación del que se forma todo cambio social proceden del cambio mismo, no de los alaridos que se ufanan o ambicionan una cuarta transformación. Cristalizados en sus respectivas y legítimas ideologías o en actitudes populares, sirven a su vez para guiar el cambio. El paso desde una diversidad cultural al combate ideológico y a la violencia masiva en Indonesia, respetando el ejemplo que propone Geertz, o el intento de dominar un campo de particularismos sociales fusionando los valores de la república con los hechos de una autocracia (Marruecos) son sin duda las más duras de las realidades políticas y económicas, en donde se derramó mucha sangre, se construyeron muchas prisiones y se experimentaron verdaderos horrores y dolores.

@doctorsimulacro



Fue el antropólogo Clifford Geertz quien con su visión socioantropológica vino a revolucionar el concepto de cultura, no desde una esquematización de conductas sociales e individuales, ni como un procedimiento que colocara a la cultura al margen. Mientras que para otros estudios la cultura es el explanandum, desde su libro La interpretación de las culturas (Gedisa, 2001) abrió el camino para que la cultura fuera considerada como explanans, a través de lo cual se practiquen las descripciones sistemáticas de códigos, narrativas y símbolos que me permitan dar cuenta puntual de los procesos causales mediante la cultura, procesos que impactan en la vida social de los actores y, por ende, de las instituciones.

Para Geertz el concepto de cultura como conducta aprendida no puede considerarse como falso. Es decir, los conceptos aislados no son ni falsos ni verdaderos, y para muchos fines más o menos rutinarios este concepto sigue siendo útil. Desde el empirismo cotidiano podemos explicar que la conducta de un individuo o de un grupo social es determinada por su cultura.

Pero este enfoque de cultura fue señalado primeramente con Talcott Parsons quien insistió en que interpretar la manera en que se conduce un grupo de seres humanos como una expresión de su cultura y definir su cultura como la suma de los modos en que esos seres humanos aprendieron a conducirse no es enormemente informativo. Parsons no fue capaz de comprender en su totalidad a la cultura, después de todo.

Por su parte, Max Weber elaboró un concepto de cultura considerándola como un sistema de símbolos en virtud de los cuales el hombre da significación a su propia existencia. Es menester recordar que estos sistemas de símbolos, creados, compartidos, convencionales y aprendidos por el hombre, suministran a los seres humanos un marco significativo dentro del cual pueden orientarse en sus relaciones recíprocas, en su relación con el mundo que los rodea y en su relación consigo mismos.

Estos sistemas son el proceso de la vida social, diría Weber, al igual que el programa de una computadora es para sus operaciones, agregaría Geertz.

El sistema de símbolos es la fuente de información que, hasta cierto grado mensurable, da forma, dirección, particularidad y sentido a un continuo flujo de actividad humana. No obstante, Geertz señala el problema de saber de qué manera es posible conceptualizar la relación dialéctica entre la cristalización de los esquemas de significación que imparten dirección y el curso concreto de la vida social.

A pesar de su poca comprensión de la cultura, la validez del concepto de cultura propuesto por Parsons descansa casi enteramente en el grado en que el modelo estructural parsoniano pueda construirse y en el grado en que la relación entre el desarrollo de sistemas de símbolos y la dinámica del proceso social pueda exponerse circunstancialmente. Esto quiere decir que no basta con hacer la descripción del sistema y la dinámica, sino que se debe de ir más allá de la metáfora inicial de la descripción de las técnicas de ritos, de mitos entendidos como fuentes de información hechas por el hombre para ordenar y dirigir la conducta. Un ejemplo puntual sería la religión.

Es común leer o escuchar que nuestro país es un mosaico cultural o que Querétaro es cultura. Esta imagen nos ofrece dos opciones en constante tensión: 1)Podemos ver a estas referencias geográficas como el producto de los procesos en virtud de los cuales ha llegado hasta su situación actual en su devenir histórico; 2) Podemos verlos como el terreno del curso futuro de los acontecimientos. Estas dos formas de verlos, de acuerdo con Geertz, responderá a verlo con referencia a los padres, a las tradicionales figuras de autoridad, a la costumbre, a las leyendas; o con referencias a las voces seculares, a las generaciones presentes y venideras, a los hechos actuales y a los medios de difusión social.

La tensión de las dos visiones (una con un impulso esencialista; otra con el brío del nacionalismo) no es y no debería ser una tensión violenta entre pasiones intelectuales sociales cargadas de significaciones culturales discordantes. Lo que a la cultura le corresponde en los terrenos del diálogo entre las tensiones, a la ideología le atrae esa violencia capaz de agotar el nacionalismo, articulando las visiones con el sesgo del anacronismo.

La cultura no puede ser el botín de la ideología. Las imágenes, metáforas y giros retóricos con que se construyen las ideologías nacionalistas son, a decir de Geertz, esencialmente recursos, expedientes culturales, utilizados con la finalidad de hacer explícitos uno u otro aspecto del proceso más amplio de autorredefinición colectiva, quizás masiva, la finalidad de expresar el orgullo esencialista o la esperanza epocalista en formas simbólicas específicas que puedan ser descritas, desarrolladas, celebradas y usadas antes que vagamente sentidas.

Digámoslo de esta manera: formular una doctrina ideológica es convertir (o tratar de convertir porque hay políticos que no pueden organizar una mugre rifa y se ufanan de pretender transformar a una nación) lo que era un estado anímico plural, generalizado y cultural (trátese de México o de Querétaro) en una fuerza política práctica.

Geertz nos advierte que la contienda de las sectas políticas representan intentos de dar a las cosas intangibles del cambio cultural formas culturales articuladas. También representan de manera más directa una lucha para alcanzar el poder, para conquistar posiciones, privilegios, riqueza, fama y todas las otras cosas llamadas recompensas reales de la vida.

Los esquemas de significación del que se forma todo cambio social proceden del cambio mismo, no de los alaridos que se ufanan o ambicionan una cuarta transformación. Cristalizados en sus respectivas y legítimas ideologías o en actitudes populares, sirven a su vez para guiar el cambio. El paso desde una diversidad cultural al combate ideológico y a la violencia masiva en Indonesia, respetando el ejemplo que propone Geertz, o el intento de dominar un campo de particularismos sociales fusionando los valores de la república con los hechos de una autocracia (Marruecos) son sin duda las más duras de las realidades políticas y económicas, en donde se derramó mucha sangre, se construyeron muchas prisiones y se experimentaron verdaderos horrores y dolores.

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