/ miércoles 11 de julio de 2018

Los morfemas de Cervantes en la serigrafía queretana

Fue en 1978 cuando Lirio Garduño, Alfredo Juárez, Julio Castillo y Gerardo Esquivel fundaron el taller de serigrafia. Casi al tiempo que esta disciplina tomaba su espacio entre los muros de la Casa de Cultura, un joven entusiasta y lleno de curiosidad se acercaba a ellos para aprender de este oficio: Julio César Cervantes, quien tuvo un primer acercamiento a la serigrafía en 1968, cuando vio imprimir a su primo una serie de folletos.

Durante la década de los ochentas y noventas fue que este taller logró la consolidación al no sólo imprimir afiches para ciclos de cine, presentaciones de libro o algún otro evento cultural, sino porque fue la época en la que el Patronato de Fiestas de Querétaro les dio la comitiva de hacer aquellos productos a los que llamaron “arte-objeto”. Sin dejar de lado los proyectos personales, pues fue en este lugar en que se desarrollaron importantes series de Esquivel y Castillo.

Con los años los fundadores se fueron, sólo quedó él, quien mantuvo el taller y logró dominar la técnica, convertirse en maestro y referente de ésta. Este fue el espacio en el que surgieron sus “Morfemas”, uno de sus proyectos conceptuales que exhibió en el Museo de la Ciudad.

A lo largo de casi 35 años, a eso de las 16:00 horas, el rock era lo primero que se escuchaba en las paredes de uno de los salones del fondo en la Casa de Cultura Ignacio Mena, el olor a café se combinaba con las tintas y relevadores, pero sólo indicaba que el taller con Julio César Cervantes “El diablo” estaba por comenzar. Bajo la enseñanza de “El diablo” cientos de jóvenes se daban cita en ese lugar para aprender de una de las últimas artes gráficas que va quedando, el que llaman el patito feo de las artes plásticas: la serigrafía.
Más allá de una estética fue en este espacio en el que Cervantes contribuyó a la formación de una serie de artistas plásticos, como Rafael Ontiveros “Aper”, Fernando “Nando” Murillo, Marja Godoy, Mariano Ruíz, entre algunos otros, que han llevado su obra a diferentes partes del mundo, desde Francia hasta Japón; haciendo de este taller una escuela de la gráfica queretana. Hoy, a tan sólo tres años de su jubilación y unos días de su fallecimiento, queda su legado y el reto de darle un nuevo rumbo a este lugar.

Desde hace tres años, Daniel Orlando Ramírez, también discípulo de Cervantes, es la cabeza del Taller de Serigrafía de la Ignacio Mena; él, al igual que Calexico Ramírez, Mariano Ruiz y Nando Murillo llegó con la curiosidad de aprender esta técnica, el repetir una y otra vez el taller fue lo que forjó una amistad con “El diablo” por casi doce años.

Durante más de seis horas convivían en el mismo espacio, lo que conllevó a desarrollar una relación personal. Malhumorado, cansado, alegre, conocieron en todas sus facetas a Cervantes. No faltaba día en el que no fueran a echar las tortas, los tacos o el viernes que terminaran clases en la cantina. Pero no todo era la fiesta, pues “El diablo, aseguran, fue quien también los acercó a la música y la vida cultural de la ciudad, “calculábamos para salirnos poco antes y alcanzar los miércoles de jazz en Plaza de Armas o que fuéramos a las inauguraciones de la Galería Libertad o el Museo de la Ciudad”, refirió Nando.

Julio César fue un artista autodidacta, por lo que sus métodos de enseñanza eran poco ortodoxos, “te decía así se hacen las cosas y ya, debías poner toda la atención, si a la tercera le preguntabas, ya te estaba regañando. Por eso había mucha deserción porque la gente no le quedaba o no le gustaba que lo regañaran”, sumó el artista plástico.

Más allá de una técnica

Los morfemas eran la propuesta técnica de Julio César, simplemente eran trazos libres. “Cada quien hace sus gestos donde puede, yo pinto abstracto, monitos no… empezaba a manchar y eso me gustaba más. Julio Castillo decía que soy muy conceptual y sí le atinó porque él sabía mucho el cabrón”, refirió Cervantes en una entrevista para BARROCO publicada en el 2015.

Un morfema, por definición, es un fragmento mínimo capaz de expresar un significado, y que unido a un lexema modifica su ésta y es que es así como algunos definen a Julio César Cervantes y las aportaciones que deja en decenas de artistas van más allá de una cuestión estética, sino a una filosofía de vida, un pensamiento que te cambia.

“No deja una gran técnica sino la capacidad de resolver problemas, si algo se te atoraba veía como solucionarlo, aunque a veces también era la frustración como artista porque le metía su mano y ya no quedaba cómo tú querías”, aseguran Calexico Ramírez y Mariano Ruiz.

Fiel a su ideología, rebelde y revoltoso, Julio César transmitió eso a sus estudiantes; “siempre nos enseñó a no aparentar y seguir en transgresión, él siempre siguió en el rock and roll. El siempre empezaba poniendo música, café y luego el empezábamos a chambear. Siempre nos transmitió esa onda de sigue siendo rebelde, nunca estés de persignado (…) A veces, cuando uno se atoraba en el trabajo, él sacaba buenas puntadas; me decía: uno, dos tres pedos y a cagar, no se andaba con medias tintas, eso te deja mucho de enseñanza, porque ya no hay gente así, él era un poco una figura paterna”, sostuvo Daniel Orlando Ramírez.

El reto

“El diablo” se fue, pero su espíritu queda en las cuatro coloridas paredes del taller, sus lecciones, su técnica incluso en figura aún cuida de su taller con un diablo de San Judas colgando en medio de él.

Si bien Cervantes dejó el taller hace tres años, continuar su legado es el reto al que ahora, más que nunca esta generación de artistas se enfrenta. “Él me pidió que lo relevara, es una responsabilidad súper grande, cada vez se pone más pesado porque ellos dejaron la abra muy alta. No hemos decidido cual el rumbo que tomará el taller, pero es una oportunidad para hacer algo más grande (…) ellos dejaron los cimientos, pero nosotros tenemos el compromiso como artistas de hacerlo flotar. Como encargado de la enseñanza el compromiso que me queda es seguir dignificando la serigrafía. Siempre se le ha menospreciado, pero por si sola tiene un lenguaje muy válido y rico, se debe depurar la técnica y que se sigan haciendo trabajos de calidad”, resaltaron Ramírez y Murillo.

Aunque su reconocimiento ha sido a nivel nacional, aseguran que siempre se ha mantenido en un bajo perfil, pese a que este ha sido el espacio en el que se ha forjado distintos artistas, es por eso que, ahora buscan encauzar a que este sea el nicho para que la gráfica en Querétaro se expanda.

“Han salido grandes artistas, como responsables del legado hay un compromiso para destacar nosotros como individualmente, que se mencione el taller, que salgan más artistas. Hay muchas bases, pero de serigrafía no. Fui el primer becario de gráfica en Querétaro la que tengo es de serigrafía, está aquí el mejor taller de serigrafía estando yo presente ahí en el FONCA. Nos gustaría potencializar la gráfica que se sepa que en Querétaro hay un taller”, añadió Nando.

Fue en 1978 cuando Lirio Garduño, Alfredo Juárez, Julio Castillo y Gerardo Esquivel fundaron el taller de serigrafia. Casi al tiempo que esta disciplina tomaba su espacio entre los muros de la Casa de Cultura, un joven entusiasta y lleno de curiosidad se acercaba a ellos para aprender de este oficio: Julio César Cervantes, quien tuvo un primer acercamiento a la serigrafía en 1968, cuando vio imprimir a su primo una serie de folletos.

Durante la década de los ochentas y noventas fue que este taller logró la consolidación al no sólo imprimir afiches para ciclos de cine, presentaciones de libro o algún otro evento cultural, sino porque fue la época en la que el Patronato de Fiestas de Querétaro les dio la comitiva de hacer aquellos productos a los que llamaron “arte-objeto”. Sin dejar de lado los proyectos personales, pues fue en este lugar en que se desarrollaron importantes series de Esquivel y Castillo.

Con los años los fundadores se fueron, sólo quedó él, quien mantuvo el taller y logró dominar la técnica, convertirse en maestro y referente de ésta. Este fue el espacio en el que surgieron sus “Morfemas”, uno de sus proyectos conceptuales que exhibió en el Museo de la Ciudad.

A lo largo de casi 35 años, a eso de las 16:00 horas, el rock era lo primero que se escuchaba en las paredes de uno de los salones del fondo en la Casa de Cultura Ignacio Mena, el olor a café se combinaba con las tintas y relevadores, pero sólo indicaba que el taller con Julio César Cervantes “El diablo” estaba por comenzar. Bajo la enseñanza de “El diablo” cientos de jóvenes se daban cita en ese lugar para aprender de una de las últimas artes gráficas que va quedando, el que llaman el patito feo de las artes plásticas: la serigrafía.
Más allá de una estética fue en este espacio en el que Cervantes contribuyó a la formación de una serie de artistas plásticos, como Rafael Ontiveros “Aper”, Fernando “Nando” Murillo, Marja Godoy, Mariano Ruíz, entre algunos otros, que han llevado su obra a diferentes partes del mundo, desde Francia hasta Japón; haciendo de este taller una escuela de la gráfica queretana. Hoy, a tan sólo tres años de su jubilación y unos días de su fallecimiento, queda su legado y el reto de darle un nuevo rumbo a este lugar.

Desde hace tres años, Daniel Orlando Ramírez, también discípulo de Cervantes, es la cabeza del Taller de Serigrafía de la Ignacio Mena; él, al igual que Calexico Ramírez, Mariano Ruiz y Nando Murillo llegó con la curiosidad de aprender esta técnica, el repetir una y otra vez el taller fue lo que forjó una amistad con “El diablo” por casi doce años.

Durante más de seis horas convivían en el mismo espacio, lo que conllevó a desarrollar una relación personal. Malhumorado, cansado, alegre, conocieron en todas sus facetas a Cervantes. No faltaba día en el que no fueran a echar las tortas, los tacos o el viernes que terminaran clases en la cantina. Pero no todo era la fiesta, pues “El diablo, aseguran, fue quien también los acercó a la música y la vida cultural de la ciudad, “calculábamos para salirnos poco antes y alcanzar los miércoles de jazz en Plaza de Armas o que fuéramos a las inauguraciones de la Galería Libertad o el Museo de la Ciudad”, refirió Nando.

Julio César fue un artista autodidacta, por lo que sus métodos de enseñanza eran poco ortodoxos, “te decía así se hacen las cosas y ya, debías poner toda la atención, si a la tercera le preguntabas, ya te estaba regañando. Por eso había mucha deserción porque la gente no le quedaba o no le gustaba que lo regañaran”, sumó el artista plástico.

Más allá de una técnica

Los morfemas eran la propuesta técnica de Julio César, simplemente eran trazos libres. “Cada quien hace sus gestos donde puede, yo pinto abstracto, monitos no… empezaba a manchar y eso me gustaba más. Julio Castillo decía que soy muy conceptual y sí le atinó porque él sabía mucho el cabrón”, refirió Cervantes en una entrevista para BARROCO publicada en el 2015.

Un morfema, por definición, es un fragmento mínimo capaz de expresar un significado, y que unido a un lexema modifica su ésta y es que es así como algunos definen a Julio César Cervantes y las aportaciones que deja en decenas de artistas van más allá de una cuestión estética, sino a una filosofía de vida, un pensamiento que te cambia.

“No deja una gran técnica sino la capacidad de resolver problemas, si algo se te atoraba veía como solucionarlo, aunque a veces también era la frustración como artista porque le metía su mano y ya no quedaba cómo tú querías”, aseguran Calexico Ramírez y Mariano Ruiz.

Fiel a su ideología, rebelde y revoltoso, Julio César transmitió eso a sus estudiantes; “siempre nos enseñó a no aparentar y seguir en transgresión, él siempre siguió en el rock and roll. El siempre empezaba poniendo música, café y luego el empezábamos a chambear. Siempre nos transmitió esa onda de sigue siendo rebelde, nunca estés de persignado (…) A veces, cuando uno se atoraba en el trabajo, él sacaba buenas puntadas; me decía: uno, dos tres pedos y a cagar, no se andaba con medias tintas, eso te deja mucho de enseñanza, porque ya no hay gente así, él era un poco una figura paterna”, sostuvo Daniel Orlando Ramírez.

El reto

“El diablo” se fue, pero su espíritu queda en las cuatro coloridas paredes del taller, sus lecciones, su técnica incluso en figura aún cuida de su taller con un diablo de San Judas colgando en medio de él.

Si bien Cervantes dejó el taller hace tres años, continuar su legado es el reto al que ahora, más que nunca esta generación de artistas se enfrenta. “Él me pidió que lo relevara, es una responsabilidad súper grande, cada vez se pone más pesado porque ellos dejaron la abra muy alta. No hemos decidido cual el rumbo que tomará el taller, pero es una oportunidad para hacer algo más grande (…) ellos dejaron los cimientos, pero nosotros tenemos el compromiso como artistas de hacerlo flotar. Como encargado de la enseñanza el compromiso que me queda es seguir dignificando la serigrafía. Siempre se le ha menospreciado, pero por si sola tiene un lenguaje muy válido y rico, se debe depurar la técnica y que se sigan haciendo trabajos de calidad”, resaltaron Ramírez y Murillo.

Aunque su reconocimiento ha sido a nivel nacional, aseguran que siempre se ha mantenido en un bajo perfil, pese a que este ha sido el espacio en el que se ha forjado distintos artistas, es por eso que, ahora buscan encauzar a que este sea el nicho para que la gráfica en Querétaro se expanda.

“Han salido grandes artistas, como responsables del legado hay un compromiso para destacar nosotros como individualmente, que se mencione el taller, que salgan más artistas. Hay muchas bases, pero de serigrafía no. Fui el primer becario de gráfica en Querétaro la que tengo es de serigrafía, está aquí el mejor taller de serigrafía estando yo presente ahí en el FONCA. Nos gustaría potencializar la gráfica que se sepa que en Querétaro hay un taller”, añadió Nando.

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