/ miércoles 8 de julio de 2020

Mnemósine: Un proyecto para recuperar historias de familia

Punto al que lo lea

Las historias familiares solían transmitirse de generación en generación. Travesías trasatlánticas que condujeron a los abuelos desde algún país asolado por la guerra hasta un territorio americano que les salvó la vida, hazañas deportivas que le granjearon un trofeo al tío panzón que alguna vez tuvo un cuerpo escultural, relatos terroríficos sobre el espectro que se le apareció a la tía cuando esta se levantó de madrugada para ir al baño, descripciones entrañables acerca de los ocho perros a los que la abuela enseñó a ladrar entonadamente mientras ella tocaba el piano: recuerdos como estos solían narrarse durante los convites y guarecerse en la memoria familiar. La llegada de los medios tecnológicos nos ha orillado a almacenar nuestras vivencias en los teléfonos y las computadoras. Ahora, en lugar de que el abuelo atrape nuestra atención con alguna de sus enloquecidas historias, durante las cenas navideñas cada miembro de la familia muestra las infinitas fotografías y videos que ha capturado con su sofisticado dispositivo electrónico. Nuestro cerebro está siendo suplantado por circuitos y memorias portátiles. Los números telefónicos de los seres queridos o las frases chuscas acuñadas por los sobrinos pequeños se filman y se extirpan de las neuronas. Esporádicamente revisamos el contenido de nuestros teléfonos para deshacernos de la información que está ocupando demasiado espacio, le dedicamos unas cuantas sonrisas a algunos de los videos y después los borramos para abrirle camino a las nuevas vivencias que están por llegar. Nuestras mentes se están volviendo perezosas y nuestra identidad está empezando a adquirir un cariz virtual que difícilmente podemos sostener en la intimidad. Nos desconocemos cuando pasamos demasiado tiempo alejados de las redes, de las noticias que fluyen vertiginosamente a través de los cauces cibernéticos. Hemos llegado a identificarnos de tal manera con nuestras identidades virtuales que ante nosotros se abre un vacío aterrador cuando nos planteamos la posibilidad de prescindir del internet. Los niños, por su parte, saben que el entretenimiento en Youtube es infinito y que, a diferencia de las personas, la computadora es infalible e incansable.

En busca de memorias humanas

Corremos el riesgo de quedarnos sin historias, sin relatos familiares alrededor de los cuales podamos orbitar como un grupo de personas que comparten un origen común.

A partir de esta preocupación, la compañía teatral de la que formo parte emprendió el proyecto Mnemósine, a través del cual intentaremos recuperar los relatos de todas las familias que nos permitan adentrarnos en sus cosmogonías consanguíneas. Queremos escribir los relatos de los tíos, las abuelas, los hermanos y las madres para que esas historias no se desvanezcan en el olvido o se pierdan en medio del barullo tecnológico. Si un niño descubre entre las páginas de un libro un recuerdo entrañable que su madre no había podido contarle, se sentirá más cerca de ella y en el futuro podrá legarles a sus propios hijos esa narración. Creemos en el poder imperecedero de los libros, de las letras, de los imaginarios que nos confortan cuando nos sentimos desolados.

El encierro al que nos ha orillado la pandemia está forzando una transición que se anunciaba desde hace años, la presencia de las computadoras se volverá cada vez más avasallante y drástica. La infancia actual estará saturada de referentes virtuales y las experiencias se irán reduciendo sustancialmente. Como mujer de teatro, como escritora, creo que es necesario rescatar la palabra como línea de vida, las ficciones particulares que convierten en cómplices a los miembros de un grupo, los secretos que compartimos con nuestros hermanos.

Plataformas como Netflix o Amazon nos ofrecen historias a granel, manufacturadas en serie, concebidas con el propósito de satisfacer a las masas. La oferta es tan amplia que puede adaptarse a toda clase de gustos y exigencias, pero la mayor parte de las series o películas que se exhiben en estas plataformas no son más que meros divertimentos superfluos. Nos estamos acostumbrando a que la ficción, en lugar de ser el refugio del arte, se presente ante nosotros como un entretenimiento banal que nos distrae de nuestras preocupaciones. Por eso, aunque parezca iluso, saldremos a la caza de los relatos escondidos entre los recovecos empolvados de las memorias humanas. Libros de cuentos infantiles, compendios de relatos familiares, conglomerados de sueños íntimos, antologías de anécdotas añejadas durante décadas: capturaremos con tinta las imágenes huidizas que están a punto de escabullirse de la cabeza de sus legítimos propietarios. Las ficciones personales son mucho más poderosas porque no se ofertan en los escaparates consumistas.

Los recuerdos inmortalizados a través del arte nos acompañan de por vida y nos permiten entender mejor a aquellos que nos rodean.

Si te interesa nuestro proyecto y quieres que visitemos a tu familia para recabar memorias que después transformaremos en un libro de cuentos, escríbenos a sabandijasteatro@gmail.com.

Las historias familiares solían transmitirse de generación en generación. Travesías trasatlánticas que condujeron a los abuelos desde algún país asolado por la guerra hasta un territorio americano que les salvó la vida, hazañas deportivas que le granjearon un trofeo al tío panzón que alguna vez tuvo un cuerpo escultural, relatos terroríficos sobre el espectro que se le apareció a la tía cuando esta se levantó de madrugada para ir al baño, descripciones entrañables acerca de los ocho perros a los que la abuela enseñó a ladrar entonadamente mientras ella tocaba el piano: recuerdos como estos solían narrarse durante los convites y guarecerse en la memoria familiar. La llegada de los medios tecnológicos nos ha orillado a almacenar nuestras vivencias en los teléfonos y las computadoras. Ahora, en lugar de que el abuelo atrape nuestra atención con alguna de sus enloquecidas historias, durante las cenas navideñas cada miembro de la familia muestra las infinitas fotografías y videos que ha capturado con su sofisticado dispositivo electrónico. Nuestro cerebro está siendo suplantado por circuitos y memorias portátiles. Los números telefónicos de los seres queridos o las frases chuscas acuñadas por los sobrinos pequeños se filman y se extirpan de las neuronas. Esporádicamente revisamos el contenido de nuestros teléfonos para deshacernos de la información que está ocupando demasiado espacio, le dedicamos unas cuantas sonrisas a algunos de los videos y después los borramos para abrirle camino a las nuevas vivencias que están por llegar. Nuestras mentes se están volviendo perezosas y nuestra identidad está empezando a adquirir un cariz virtual que difícilmente podemos sostener en la intimidad. Nos desconocemos cuando pasamos demasiado tiempo alejados de las redes, de las noticias que fluyen vertiginosamente a través de los cauces cibernéticos. Hemos llegado a identificarnos de tal manera con nuestras identidades virtuales que ante nosotros se abre un vacío aterrador cuando nos planteamos la posibilidad de prescindir del internet. Los niños, por su parte, saben que el entretenimiento en Youtube es infinito y que, a diferencia de las personas, la computadora es infalible e incansable.

En busca de memorias humanas

Corremos el riesgo de quedarnos sin historias, sin relatos familiares alrededor de los cuales podamos orbitar como un grupo de personas que comparten un origen común.

A partir de esta preocupación, la compañía teatral de la que formo parte emprendió el proyecto Mnemósine, a través del cual intentaremos recuperar los relatos de todas las familias que nos permitan adentrarnos en sus cosmogonías consanguíneas. Queremos escribir los relatos de los tíos, las abuelas, los hermanos y las madres para que esas historias no se desvanezcan en el olvido o se pierdan en medio del barullo tecnológico. Si un niño descubre entre las páginas de un libro un recuerdo entrañable que su madre no había podido contarle, se sentirá más cerca de ella y en el futuro podrá legarles a sus propios hijos esa narración. Creemos en el poder imperecedero de los libros, de las letras, de los imaginarios que nos confortan cuando nos sentimos desolados.

El encierro al que nos ha orillado la pandemia está forzando una transición que se anunciaba desde hace años, la presencia de las computadoras se volverá cada vez más avasallante y drástica. La infancia actual estará saturada de referentes virtuales y las experiencias se irán reduciendo sustancialmente. Como mujer de teatro, como escritora, creo que es necesario rescatar la palabra como línea de vida, las ficciones particulares que convierten en cómplices a los miembros de un grupo, los secretos que compartimos con nuestros hermanos.

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