/ sábado 10 de agosto de 2019

Navegar la escena

Tinta para un Atabal

Recientemente fui invitada a dirigir una puesta en escena del colectivo escénico Maíz Memoria. Las integrantes de esta agrupación, todas ellas mujeres, decidieron hacer la segunda parte de una pieza, dirigida a público infantil, que habían realizado años atrás. Cuando fui convocada al proyecto, las actrices e integrantes del grupo se encontraban escribiendo aún la dramaturgia, así que tuve la oportunidad de ser escucha en el proceso de germinación de esta nueva creación; conocer su dinámica de grupo, escuchar sus intereses discursivos, indagar en sus impulsos creativos y escucharlas, simplemente escucharlas.

En mi experiencia previa de dirección, en otra puesta en escena para niños, mi rol no era únicamente el de la dirección sino que participaba también como actriz, por lo que no tuve este espacio de escucha y libre imaginación que en esta ocasión abracé y me trasladó en la nave creativa, junto con las actrices que pronto darían vida a la obra.

Peter Brook, gran director de escena en la historia del teatro contemporáneo y una de mis referencias favoritas en teoría teatral, escribe en Más allá del espacio vacío lo siguiente: “Yo pienso que uno debe partir por el medio la palabra «dirigir». La mitad de dirigir es, por supuesto, ser un director, lo que significa hacerse cargo, tomar decisiones, decir «sí» o «no», tener la última palabra”. Recuerdo que en mi proceso, el momento en el que dejé de ser escucha en el camino de la construcción dramatúrgica para dar paso hacia la puesta en escena, comencé a experimentar con las actrices las posibilidades de resolución, muchas de las cuales ellas ya habían imaginado al momento mismo de escribir el texto. Entre los primeros elementos para la resolución estaba la concepción estética de la obra, pues con la claridad de esto podíamos elegir los elementos de utilería y espaciales con los que podrían jugar y experimentar. En esta etapa fue muy importante para mí buscar el equilibrio entre mi decisión y las propuestas de las actrices por dos razones: la primera es que ellas habían concebido el proyecto y por tanto había propuestas que me parecía muy importante respetar para mantener su esencia; la segunda fue que a partir de estas primeras decisiones debía navegar el timón de este barco, rumbo a una puesta en escena que deseábamos fuera sorpresiva, inteligente y divertida.

Así fue el inicio de este proyecto que, aunque terminada la dramaturgia, no encontraba su nombre. En el proceso de montaje y nuestra penetración al mundo de la ficción, este nombre se fue revelando: RAM-0-NA y el departamento de censura mental, una obra para niños y niñas que no permitan ser censurados, que aún quieran imaginar y crear. Cuando desde la dirección tuve claro el objetivo de la puesta en escena hacia el público, comprendí que si eso era lo que deseaba trastocar en los espectadores, entonces con esas mismas directrices debíamos mover el barco: imaginar y crear.

Sobre la noción de dirección que escribí antes del maestro Peter Brook, él habla de partir en dos el concepto de dirigir, el primero es la toma de decisiones y la otra mitad tiene que ver simplemente -y no- con mantener la dirección correcta: “Aquí, el director se convierte en un guía… tiene que saber si lleva rumbo norte o rumbo sur. No cesa de buscar, pero nunca de manera azarosa. No busca por la búsqueda en sí misma, sino porque tiene un objetivo”.

Me avergüenza un poco reconocerlo, pero la claridad del objetivo de la puesta en escena no la tuve sino hasta comenzado el proceso de construcción de esa puesta y, en efecto una vez clarificado, el barco comenzó a avanzar fluidamente, encontró movimiento y dinámica desde las actrices en escena junto con los elementos elegidos para jugar en ella, hasta la proyección de lo que ahí estaba sucediendo.

En el principio del montaje fue relativamente sencillo experimentar y facultar la exploración de las actrices a partir de sus cuerpos en escena para la construcción de espacios e incluso de objetos; hasta este punto la toma de decisiones y la libertad creativa iban sucediendo armoniosa y fructíferamente. Luego llegó el momento de abordar el texto y conectar la exploración corporal con la de las palabras. En esta parte del proceso yo llegaba a las sesiones con mi texto marcado minuciosamente y con anotaciones precisas sobre las acciones que me interesaba sucedieran a la par del texto y, más concretamente, las que deseaba surgieran a la par de un dialogo o palabra en específico. Indudablemente esta esquematización de mi proceso en la dirección en primera instancia no me permitía observar realmente lo que las actrices proponían, pues me sentía atada a mis anotaciones que no podía pasar por alto y no permitía que el barco se moviera con libertad.

Fue casi a la mitad del proceso –a partir de un ejercicio en el que las actrices aportaron dos selecciones musicales de su gusto y, escuchándolas, usaron cajas de cartón, crayolas, pelotas, resortes y algunos objetos más de su infancia–, cuando ellas se dispusieron a jugar, reír y descubrir mundos posibles para bailar, tocar y trastocar con sus propias manos, a partir de sus esencias, la de cada quién y la colectiva; fue entonces que el barco realmente comenzó a navegar.

RAM-0-NA y el departamento de censura mental, que se concibió a finales del año pasado, ya tuvo su estreno y lleva varias funciones al público. En esta etapa comienza otro viaje lleno de búsquedas, un viaje en el que no sólo navegan tres actrices, sino todos los espectadores que función a función descubren el mundo que se les propone desde la ficción.

Con la experiencia en este proceso, veo ahora con mayor claridad, el privilegio que otorga poder contar con los elementos humanos que construyan cada parte del proceso. La dramaturgia, la dirección, la actuación y todas las que puedan intervenir en una obra, son procesos de creación interminables que no concluyen con la decisión de palabras, trazos o acciones en determinado momento. Así se inicia y parece que la magia sucede cuando estas decisiones comienzan a bailar como olas de un mar, que en el momento adecuado arriban transformadas en barco, que en cada experiencia lleva a otros puertos más pasajeros.

Recientemente fui invitada a dirigir una puesta en escena del colectivo escénico Maíz Memoria. Las integrantes de esta agrupación, todas ellas mujeres, decidieron hacer la segunda parte de una pieza, dirigida a público infantil, que habían realizado años atrás. Cuando fui convocada al proyecto, las actrices e integrantes del grupo se encontraban escribiendo aún la dramaturgia, así que tuve la oportunidad de ser escucha en el proceso de germinación de esta nueva creación; conocer su dinámica de grupo, escuchar sus intereses discursivos, indagar en sus impulsos creativos y escucharlas, simplemente escucharlas.

En mi experiencia previa de dirección, en otra puesta en escena para niños, mi rol no era únicamente el de la dirección sino que participaba también como actriz, por lo que no tuve este espacio de escucha y libre imaginación que en esta ocasión abracé y me trasladó en la nave creativa, junto con las actrices que pronto darían vida a la obra.

Peter Brook, gran director de escena en la historia del teatro contemporáneo y una de mis referencias favoritas en teoría teatral, escribe en Más allá del espacio vacío lo siguiente: “Yo pienso que uno debe partir por el medio la palabra «dirigir». La mitad de dirigir es, por supuesto, ser un director, lo que significa hacerse cargo, tomar decisiones, decir «sí» o «no», tener la última palabra”. Recuerdo que en mi proceso, el momento en el que dejé de ser escucha en el camino de la construcción dramatúrgica para dar paso hacia la puesta en escena, comencé a experimentar con las actrices las posibilidades de resolución, muchas de las cuales ellas ya habían imaginado al momento mismo de escribir el texto. Entre los primeros elementos para la resolución estaba la concepción estética de la obra, pues con la claridad de esto podíamos elegir los elementos de utilería y espaciales con los que podrían jugar y experimentar. En esta etapa fue muy importante para mí buscar el equilibrio entre mi decisión y las propuestas de las actrices por dos razones: la primera es que ellas habían concebido el proyecto y por tanto había propuestas que me parecía muy importante respetar para mantener su esencia; la segunda fue que a partir de estas primeras decisiones debía navegar el timón de este barco, rumbo a una puesta en escena que deseábamos fuera sorpresiva, inteligente y divertida.

Así fue el inicio de este proyecto que, aunque terminada la dramaturgia, no encontraba su nombre. En el proceso de montaje y nuestra penetración al mundo de la ficción, este nombre se fue revelando: RAM-0-NA y el departamento de censura mental, una obra para niños y niñas que no permitan ser censurados, que aún quieran imaginar y crear. Cuando desde la dirección tuve claro el objetivo de la puesta en escena hacia el público, comprendí que si eso era lo que deseaba trastocar en los espectadores, entonces con esas mismas directrices debíamos mover el barco: imaginar y crear.

Sobre la noción de dirección que escribí antes del maestro Peter Brook, él habla de partir en dos el concepto de dirigir, el primero es la toma de decisiones y la otra mitad tiene que ver simplemente -y no- con mantener la dirección correcta: “Aquí, el director se convierte en un guía… tiene que saber si lleva rumbo norte o rumbo sur. No cesa de buscar, pero nunca de manera azarosa. No busca por la búsqueda en sí misma, sino porque tiene un objetivo”.

Me avergüenza un poco reconocerlo, pero la claridad del objetivo de la puesta en escena no la tuve sino hasta comenzado el proceso de construcción de esa puesta y, en efecto una vez clarificado, el barco comenzó a avanzar fluidamente, encontró movimiento y dinámica desde las actrices en escena junto con los elementos elegidos para jugar en ella, hasta la proyección de lo que ahí estaba sucediendo.

En el principio del montaje fue relativamente sencillo experimentar y facultar la exploración de las actrices a partir de sus cuerpos en escena para la construcción de espacios e incluso de objetos; hasta este punto la toma de decisiones y la libertad creativa iban sucediendo armoniosa y fructíferamente. Luego llegó el momento de abordar el texto y conectar la exploración corporal con la de las palabras. En esta parte del proceso yo llegaba a las sesiones con mi texto marcado minuciosamente y con anotaciones precisas sobre las acciones que me interesaba sucedieran a la par del texto y, más concretamente, las que deseaba surgieran a la par de un dialogo o palabra en específico. Indudablemente esta esquematización de mi proceso en la dirección en primera instancia no me permitía observar realmente lo que las actrices proponían, pues me sentía atada a mis anotaciones que no podía pasar por alto y no permitía que el barco se moviera con libertad.

Fue casi a la mitad del proceso –a partir de un ejercicio en el que las actrices aportaron dos selecciones musicales de su gusto y, escuchándolas, usaron cajas de cartón, crayolas, pelotas, resortes y algunos objetos más de su infancia–, cuando ellas se dispusieron a jugar, reír y descubrir mundos posibles para bailar, tocar y trastocar con sus propias manos, a partir de sus esencias, la de cada quién y la colectiva; fue entonces que el barco realmente comenzó a navegar.

RAM-0-NA y el departamento de censura mental, que se concibió a finales del año pasado, ya tuvo su estreno y lleva varias funciones al público. En esta etapa comienza otro viaje lleno de búsquedas, un viaje en el que no sólo navegan tres actrices, sino todos los espectadores que función a función descubren el mundo que se les propone desde la ficción.

Con la experiencia en este proceso, veo ahora con mayor claridad, el privilegio que otorga poder contar con los elementos humanos que construyan cada parte del proceso. La dramaturgia, la dirección, la actuación y todas las que puedan intervenir en una obra, son procesos de creación interminables que no concluyen con la decisión de palabras, trazos o acciones en determinado momento. Así se inicia y parece que la magia sucede cuando estas decisiones comienzan a bailar como olas de un mar, que en el momento adecuado arriban transformadas en barco, que en cada experiencia lleva a otros puertos más pasajeros.

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