/ miércoles 20 de octubre de 2021

Norady y Santé IV

Vitral

La mamá de Santé estaba muy preocupada de que su chamaco de 15 años -casi 16 cuando entró a la prepa-,tan imberbe, entrara a una escuela asolada por la violencia, en donde un día y otro también se soltaban balaceras por cualquier cosa. Quería llevarlo y traerlo de la escuela, pero eso era inconcebible para Santé. Sería la burla de todos. Finalmente, la mamá lo encomendó a unos porros vecinos de la colonia que a cambio de unas chelas le ofrecieron su protección. Santé no quería contacto con ellos y siempre les sacaba la vuelta o se remitía al mínimo saludo. No compartía los métodos violentos, de la edad de piedra, de la fuerza bruta, ni el agandalle pandilleril.

Sin embargo, la prepa estaba representando para él un buen fogueo, le estaba brindando madurez. Las broncas, los conciertos, los profesores, las cervezas, la mariguana, las constantes ilusiones amorosas, los libros -a los que amaba desde niño-, los profesores, las caídas. Todo se había conjugado para dar lugar a lo que era actualmente después de su primer año escolar.

*

Norady y él cruzaron otras pocas palabras. Ella sintió simpatía, él creyó haber caído enamorado desde el primer momento. Se fue feliz. Revisó qué era lo que más le había gustado de la jovencita. Deleitó sus sentidos con una pastilla de miel y limón. Atrás quedaban los fajes pasajeros que nunca lo dejaron satisfecho. Ahora quería amar y ser amado. Estaba ansioso por caminar por la calle del amor, pero no sabía por dónde quedaba. Cuántas veces creyó estar enamorado y sus ilusiones se venían a tierra. Las únicas chica que le habían declarado su amor eran las que en la secundaria apodaban la Pato, la Homo sapiens, la Sapo, y no eran las que más le gustaban. O incluso, yendo más atrás, recordó que cuando tuvo siete años fue que se dio cuenta de que quizá por primera vez una niña le gustaba. Fue en la primaria. Los maestros de deportes los sacaban a un parque a ejercitarse y a jugar un rato. Santé se fue a sentar a un columpio que estaba desocupado y junto a él estaba sentada en otro columpio una niña que se mecía suavemente apenas empujándose con los pies. Una de su misma edad, con algunas pecas en la cara, delgadita y con un flequillo sobre la frente, en sus ojos una grandes pestañas chinas. Ahí sintió Santé el primer flechazo de cupido. Y de ahí en adelante, todas las veces que los sacaban a deportes, no faltaba a los columpios para ver si veía a la niña. A veces sí la encontraba, a veces no, pero cuando la encontraba ella también lo veía en silencio con esos enormes ojos relumbrantes. Nunca cruzaron palabra.

Así que, diez años después, cuando se encontró a Norady, ella se convirtió en la mejor que le podía haber tocado. Una adolescente a punto de ser mujer. Ella podía ser la creación de Santé. Norady, a sus 16 años no había vivido nada amoroso. Su máxima experiencia, y que luego fue motivo de discusión, fue una vez que acostada en la cama un primo llegó y le quiso dar un beso. Ella lo contaba con timidez, pero a Santé quién sabe por qué le producía entre rabia y placer, y no se lo explicaba.

Qué sabía Santé de las voces que retumbaban en lo más recóndito de su ser y que lo empujaban a ese deseo de amar. Era el tiempo pasado y presente, era él y era más que él, era el impulso de la vida latiendo en su interior. Pero nadie era capaz de mirar esa circunstancia, nadie se detenía, todo iba cada vez a más velocidad potenciada ahora por los ejes viales. Los autos irían más rápido, o eso creían, hasta que en el futuro, otra vez todo estuviera congestionado de tráfico. Para entonces habría otras formas de ir más rápido, o mansamente se aceptaría la parálisis.

La gente corre y no saben quiénes son, corren y corren tras el último tren del turno, sin poder palpar de dónde vienen y por tanto no saben a dónde van. Todas estas intuiciones asomaban a la conciencia de Santé. A veces no muy claras, a veces abriéndose paso como la lava de un volcán hasta lograr erupcionar. A veces, con la velocidad de un relámpago, esa palabra hermosa que define un momento intenso de luz que permite vislumbrar las formas entre la oscuridad durante uno o dos segundos. Su ansia de amar se debía a que era heredero de la vida, en su sangre latía la fuerza de sus ancestros, y empujaba el afán de sobrevivencia en un complejo caldo donde tenían lugar el pasado y el presente, la biología y la ideología, lo social y lo político, lo psicológico y lo cultural. Ahh, esa lectura de José Ingenieros -El hombre mediocre-, lo traía rebotando, y ese coctel explosivo de ideas también estaba nutrido por los libros de Nietzsche, sobre todo el de Opiniones y sentencias diversas. La luna brillaba intensa en el cielo, su tierna luz se filtraba callada por la ventana de la casa de Santé.

Al paso de las semanas los padres de los muchachos comenzaron a trabar amistad, quién sabe cómo, el día menos pensado ya estaban platicando. La casa de Norady también era pequeña, una estancia, dos recámaras de regular tamaño, baño y cocina. Y ahí vivían todos. Las mamás platicaban en la sala. Ellos se sentaron en el comedor. Santé buscó cuidadosamente que su lugar quedará junto a Norady. Hasta entonces habían hablado poco. Sus encuentros había sido fugaces, huecos, rápidos. Santé contemplaba el cuerpo de Norady y la sangre le hervía. Ella estaba sentada junto a él. Casi animalescamente, aunque guardando compostura y disimulo perfecto, puso, por debajo de la mesa, la mano en la pierna de ella. Norady quiso retirar suavemente la mano, pero no pudo, la mano estaba pegada a aquel calor que él sintió por primera vez, a esa tersura, a tanta carne. Sus ojos estaban más abiertos de lo normal. Recorrió la mano y pudo sentir la suavidad de aquellas piernas vírgenes. Ambos sentían que el corazón les palpitaba con una energía desconocida. Algo se les quemaba. Las madres platicaban, mientras a ellos, el mundo les daba vueltas. Si por ellos fuera, ahí mismo se hubieran rendido a conocer, guiados por el instinto, los placeres del amor. Quizá se hubieran ahorrado muchos traumas, o quizá sus problemas hubieran sido enormes. Quién lo sabía. Pero la policía estaba ahí. Una mirada o un gesto sospechoso hubiera bastado para que el chasquido del látigo se escuchara y la voz, esa voz, tronara diciendo: “atrás, atrás, perro rabioso”. Y eso que se agitaba entre sus piernas era lo que alguna vez les dijeron que era pecaminoso, que era mejor no tocar.


https://escritosdealfonsofrancotiscareno.blogspot.com

La mamá de Santé estaba muy preocupada de que su chamaco de 15 años -casi 16 cuando entró a la prepa-,tan imberbe, entrara a una escuela asolada por la violencia, en donde un día y otro también se soltaban balaceras por cualquier cosa. Quería llevarlo y traerlo de la escuela, pero eso era inconcebible para Santé. Sería la burla de todos. Finalmente, la mamá lo encomendó a unos porros vecinos de la colonia que a cambio de unas chelas le ofrecieron su protección. Santé no quería contacto con ellos y siempre les sacaba la vuelta o se remitía al mínimo saludo. No compartía los métodos violentos, de la edad de piedra, de la fuerza bruta, ni el agandalle pandilleril.

Sin embargo, la prepa estaba representando para él un buen fogueo, le estaba brindando madurez. Las broncas, los conciertos, los profesores, las cervezas, la mariguana, las constantes ilusiones amorosas, los libros -a los que amaba desde niño-, los profesores, las caídas. Todo se había conjugado para dar lugar a lo que era actualmente después de su primer año escolar.

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Norady y él cruzaron otras pocas palabras. Ella sintió simpatía, él creyó haber caído enamorado desde el primer momento. Se fue feliz. Revisó qué era lo que más le había gustado de la jovencita. Deleitó sus sentidos con una pastilla de miel y limón. Atrás quedaban los fajes pasajeros que nunca lo dejaron satisfecho. Ahora quería amar y ser amado. Estaba ansioso por caminar por la calle del amor, pero no sabía por dónde quedaba. Cuántas veces creyó estar enamorado y sus ilusiones se venían a tierra. Las únicas chica que le habían declarado su amor eran las que en la secundaria apodaban la Pato, la Homo sapiens, la Sapo, y no eran las que más le gustaban. O incluso, yendo más atrás, recordó que cuando tuvo siete años fue que se dio cuenta de que quizá por primera vez una niña le gustaba. Fue en la primaria. Los maestros de deportes los sacaban a un parque a ejercitarse y a jugar un rato. Santé se fue a sentar a un columpio que estaba desocupado y junto a él estaba sentada en otro columpio una niña que se mecía suavemente apenas empujándose con los pies. Una de su misma edad, con algunas pecas en la cara, delgadita y con un flequillo sobre la frente, en sus ojos una grandes pestañas chinas. Ahí sintió Santé el primer flechazo de cupido. Y de ahí en adelante, todas las veces que los sacaban a deportes, no faltaba a los columpios para ver si veía a la niña. A veces sí la encontraba, a veces no, pero cuando la encontraba ella también lo veía en silencio con esos enormes ojos relumbrantes. Nunca cruzaron palabra.

Así que, diez años después, cuando se encontró a Norady, ella se convirtió en la mejor que le podía haber tocado. Una adolescente a punto de ser mujer. Ella podía ser la creación de Santé. Norady, a sus 16 años no había vivido nada amoroso. Su máxima experiencia, y que luego fue motivo de discusión, fue una vez que acostada en la cama un primo llegó y le quiso dar un beso. Ella lo contaba con timidez, pero a Santé quién sabe por qué le producía entre rabia y placer, y no se lo explicaba.

Qué sabía Santé de las voces que retumbaban en lo más recóndito de su ser y que lo empujaban a ese deseo de amar. Era el tiempo pasado y presente, era él y era más que él, era el impulso de la vida latiendo en su interior. Pero nadie era capaz de mirar esa circunstancia, nadie se detenía, todo iba cada vez a más velocidad potenciada ahora por los ejes viales. Los autos irían más rápido, o eso creían, hasta que en el futuro, otra vez todo estuviera congestionado de tráfico. Para entonces habría otras formas de ir más rápido, o mansamente se aceptaría la parálisis.

La gente corre y no saben quiénes son, corren y corren tras el último tren del turno, sin poder palpar de dónde vienen y por tanto no saben a dónde van. Todas estas intuiciones asomaban a la conciencia de Santé. A veces no muy claras, a veces abriéndose paso como la lava de un volcán hasta lograr erupcionar. A veces, con la velocidad de un relámpago, esa palabra hermosa que define un momento intenso de luz que permite vislumbrar las formas entre la oscuridad durante uno o dos segundos. Su ansia de amar se debía a que era heredero de la vida, en su sangre latía la fuerza de sus ancestros, y empujaba el afán de sobrevivencia en un complejo caldo donde tenían lugar el pasado y el presente, la biología y la ideología, lo social y lo político, lo psicológico y lo cultural. Ahh, esa lectura de José Ingenieros -El hombre mediocre-, lo traía rebotando, y ese coctel explosivo de ideas también estaba nutrido por los libros de Nietzsche, sobre todo el de Opiniones y sentencias diversas. La luna brillaba intensa en el cielo, su tierna luz se filtraba callada por la ventana de la casa de Santé.

Al paso de las semanas los padres de los muchachos comenzaron a trabar amistad, quién sabe cómo, el día menos pensado ya estaban platicando. La casa de Norady también era pequeña, una estancia, dos recámaras de regular tamaño, baño y cocina. Y ahí vivían todos. Las mamás platicaban en la sala. Ellos se sentaron en el comedor. Santé buscó cuidadosamente que su lugar quedará junto a Norady. Hasta entonces habían hablado poco. Sus encuentros había sido fugaces, huecos, rápidos. Santé contemplaba el cuerpo de Norady y la sangre le hervía. Ella estaba sentada junto a él. Casi animalescamente, aunque guardando compostura y disimulo perfecto, puso, por debajo de la mesa, la mano en la pierna de ella. Norady quiso retirar suavemente la mano, pero no pudo, la mano estaba pegada a aquel calor que él sintió por primera vez, a esa tersura, a tanta carne. Sus ojos estaban más abiertos de lo normal. Recorrió la mano y pudo sentir la suavidad de aquellas piernas vírgenes. Ambos sentían que el corazón les palpitaba con una energía desconocida. Algo se les quemaba. Las madres platicaban, mientras a ellos, el mundo les daba vueltas. Si por ellos fuera, ahí mismo se hubieran rendido a conocer, guiados por el instinto, los placeres del amor. Quizá se hubieran ahorrado muchos traumas, o quizá sus problemas hubieran sido enormes. Quién lo sabía. Pero la policía estaba ahí. Una mirada o un gesto sospechoso hubiera bastado para que el chasquido del látigo se escuchara y la voz, esa voz, tronara diciendo: “atrás, atrás, perro rabioso”. Y eso que se agitaba entre sus piernas era lo que alguna vez les dijeron que era pecaminoso, que era mejor no tocar.


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