/ jueves 29 de octubre de 2020

Normalizar: una palabra peligrosa

Punto al que lo lea

Aseguro que pronto retomaré La útópica antropología de Desiderio Rampante y que seguiré esbozando el retrato de los muchos locos que trashuman por nuestra adoquinada capital queretana, pero hoy, el azoro me impele a abordar un tema absurdo que ha colmado las redes sociales de reacciones muy variadas. Hace algunos días, incapaz de sustraerme del influjo tentador del Facebook, caí en las garras del ocio virtual. Para mi sorpresa, me topé con un comentario, en apariencia aislado, que hablaba sobre cierta niña que había hostilizado a su hermana durante una celebración familiar. Seguí mi vacua travesía por el caralibro y encontré una fotografía de la pequeña agresora: sonrisa angelical, trajecito a rayas, cabello rubio. Supe entonces que me había equivocado al subestimar el suceso, intuí que se avecinaba un alud de comentarios polarizados por parte de millones de cibernautas que no pueden dejar pasar la oportunidad de esgrimir sus imprescindibles opiniones. Y así fue.

A pesar de las acaloradas discusiones, supuse que el video que había desatado la barahúnda no sostendría el interés de la gente por más de un par de días, pero la mata sigue dando frutos, aún pelean algunos querellantes: Están quienes celebran el ataque de la rubia; por otro lado, aparecen aquellos que la denuestan; con una postura de moralidad didáctica, no faltan los que analizan la situación y ofrecen claves para educar a la infancia descarriada; y cómo olvidar a los que regañan a quienes aplaudieron el atentado terrorista. Yo no he visto el video, ni pienso verlo. No porque busque erigirme como un espíritu superior, incapaz de caer tan bajo como lo han hecho miles de personas. No. No pienso hacerlo porque, mientras aparecían frente a mí todos esos comentarios sentí que estaba leyendo una novela satírica. Me invadió una sensación de irrealidad, de incredulidad, de sorpresa irónica. Quizás esta extrañeza fue detonada por el hecho de haber visto en fechas recientes el famoso documental llamado El dilema social, una película contestataria que se exhibe en una de las plataformas más tendenciosas que existen en la actualidad: Netflix. Es aterrador, sin duda, el hecho de que un documental que denuncia las artimañas de la manipulación mediática, lo haga desde una parcela virtual que incurre en todas las aberraciones que el filme condena. Es como si nos dijeran: “Mira, este sistema ominoso es tan perfecto que no necesita ocultarte sus tejemanejes. Seguirás enganchado, sin importar que te restreguemos en la cara lo que estamos haciendo contigo. Eres un producto, un consumidor, un eslabón en la cadena capitalista. Tu ideología, tus convicciones, tu espíritu y tu ética son inexistentes, somos nosotros quienes estamos forjando tu identidad sin que te percates de ello. Votarás por quienes queramos que lo hagas, opinarás sobre lo que te instemos a que te conmueva, te postrarás del lado blanco o del lado negro, pero forzosamente tendrás que elegir a qué bando perteneces. De ese modo podremos encasillarte más fácilmente. Quéjate, denuncia, siéntete revolucionario, muestra tu disidencia. Eso es lo que necesitamos de ti, que te mantengas activo, en la mira, recibiendo ofertas y revisando videos. Y aunque te separes de nosotros durante algunos días, regresarás. Siempre regresarás”.

En el documental hablan varios expertos (entre los que se cuenta un pelirrojo espabilado) que ofrecen una perspectiva bastante catastrofista de los estragos que las redes sociales están ocasionando en el mundo. Desde un incremento considerable en el número de suicidios juveniles hasta la coacción velada que orienta las elecciones presidenciales de nuestras cada vez más endebles democracias, la tecnología está provocando cambios drásticos en la configuración de nuestros imaginarios políticos, culturales y sociales. Somos víctimas de una pesadilla orwelliana, pero no podemos librarnos de ella. Sabemos que estamos soñando, aunque no hay forma de despertar. Y eso fue lo que sentí al darme cuenta de que alguien había insertado un video completamente fútil e intrascendente para activar una polémica completamente carente de cualquier sustento. Hay conocidos, a los que admiro y respeto, que peroraron largamente sobre la estulticia de celebrar la violencia con la que la niña del vestido a rayas destrozó los sueños infantiles de su hermana. Esos conocidos escribían con tal solemnidad, con tal sentido de la convicción, con tal gravedad, que, después de reírme, empecé a preocuparme. ¿De verdad es posible que una fiesta infantil en la que ocurre un suceso tan cotidiano, tan intrascendente, tan común, como la discordia entre dos pequeñas, pueda servir de pretexto para ocupar un lugar de superioridad moral? ¿Es posible que sigamos creyendo que una visualización más de ese video es inocua? ¿Podemos someter los comportamientos humanos a esta clase de análisis banales que se ostentan como doctas disertaciones sobre lo que debe o no debe hacerse en el mundo? Me cuesta trabajo aceptar que estamos entrando a una era en la que, a sabiendas de que cada comentario nuestro servirá para engordar el bolsillo de unos cuantos multimillonarios, no seamos capaces de abstenernos, de evitar caer en juegos que parecen inofensivos, pero que nos convierten en ratas de laboratorio cada vez más dóciles y alineadas a los intereses de unos cuantos.

Y por eso es que la palabra “normalizar” me parece tan preocupante. Cada vez aparecen más publicaciones que conminan a “normalizar” actitudes, emociones, estrategias de vida, reacciones sociales, revoluciones efímeras, respuestas ofensivas que se camuflan de dignidad, términos supuestamente incluyentes. Queremos que sea “normal” todo lo que nosotros ansiamos que se convierta en la “norma” que rija al mundo. Y que no sea “normal” lo que nos molesta. No nos damos cuenta de que ese terminajo, lo “normal”, es, en el fondo, condicionante. El fascismo “normalizó” la superioridad aria; los esclavistas “normalizaron” la segregación; los peninsulares “normalizaron” la desigualdad racial en México; y cada quien, desde su muro de Facebook, busca “normalizar”, amoldar el mundo a sus necesidades que, en gran medida, fueron preconcebidas e inoculadas en su psique por los artífices de internet. Pedir que “no se normalice” cierta creencia o conducta, resulta igualmente pueril e ingenuo, puesto que la persona que aboga por excluir del mundo una situación que le resulta molesta, también está buscando (desde trincheras ilusorias) estructurar el mundo a su medida.

Y mientras externamos nuestros deseos de reglamentar la vida, creyendo que tenemos control sobre la realidad, nos acostumbramos a la nueva normalidad, que no fue elegida ni determinada por nosotros. ¿Es normal que los ciudadanos obedezcan reglas que fueron dictadas a partir del terrorismo mediático? ¿Es normal que no sepamos quién miente y quién dice la verdad? ¿Es normal que sólo los niños que tienen computadoras puedan estudiar? ¿Es normal que después de ver unos gatitos resbalarse en el hielo, aparezca la descarada senadora Lilly Téllez armando un quilombo (como dicen los argentinos) que evidentemente sólo busca desestabilizar al actual gobierno? ¿Es normal que no nos percatemos de que estamos convirtiéndonos en “La sociedad del espectáculo” que preconizó el visionario filósofo Guy Debord? ¿Es normal que juzguemos a un par de escuinclas peleoneras y las convirtamos en materia de debate? Sí. Es normal. Por desgracia, hoy todo eso es normal.

Aseguro que pronto retomaré La útópica antropología de Desiderio Rampante y que seguiré esbozando el retrato de los muchos locos que trashuman por nuestra adoquinada capital queretana, pero hoy, el azoro me impele a abordar un tema absurdo que ha colmado las redes sociales de reacciones muy variadas. Hace algunos días, incapaz de sustraerme del influjo tentador del Facebook, caí en las garras del ocio virtual. Para mi sorpresa, me topé con un comentario, en apariencia aislado, que hablaba sobre cierta niña que había hostilizado a su hermana durante una celebración familiar. Seguí mi vacua travesía por el caralibro y encontré una fotografía de la pequeña agresora: sonrisa angelical, trajecito a rayas, cabello rubio. Supe entonces que me había equivocado al subestimar el suceso, intuí que se avecinaba un alud de comentarios polarizados por parte de millones de cibernautas que no pueden dejar pasar la oportunidad de esgrimir sus imprescindibles opiniones. Y así fue.

A pesar de las acaloradas discusiones, supuse que el video que había desatado la barahúnda no sostendría el interés de la gente por más de un par de días, pero la mata sigue dando frutos, aún pelean algunos querellantes: Están quienes celebran el ataque de la rubia; por otro lado, aparecen aquellos que la denuestan; con una postura de moralidad didáctica, no faltan los que analizan la situación y ofrecen claves para educar a la infancia descarriada; y cómo olvidar a los que regañan a quienes aplaudieron el atentado terrorista. Yo no he visto el video, ni pienso verlo. No porque busque erigirme como un espíritu superior, incapaz de caer tan bajo como lo han hecho miles de personas. No. No pienso hacerlo porque, mientras aparecían frente a mí todos esos comentarios sentí que estaba leyendo una novela satírica. Me invadió una sensación de irrealidad, de incredulidad, de sorpresa irónica. Quizás esta extrañeza fue detonada por el hecho de haber visto en fechas recientes el famoso documental llamado El dilema social, una película contestataria que se exhibe en una de las plataformas más tendenciosas que existen en la actualidad: Netflix. Es aterrador, sin duda, el hecho de que un documental que denuncia las artimañas de la manipulación mediática, lo haga desde una parcela virtual que incurre en todas las aberraciones que el filme condena. Es como si nos dijeran: “Mira, este sistema ominoso es tan perfecto que no necesita ocultarte sus tejemanejes. Seguirás enganchado, sin importar que te restreguemos en la cara lo que estamos haciendo contigo. Eres un producto, un consumidor, un eslabón en la cadena capitalista. Tu ideología, tus convicciones, tu espíritu y tu ética son inexistentes, somos nosotros quienes estamos forjando tu identidad sin que te percates de ello. Votarás por quienes queramos que lo hagas, opinarás sobre lo que te instemos a que te conmueva, te postrarás del lado blanco o del lado negro, pero forzosamente tendrás que elegir a qué bando perteneces. De ese modo podremos encasillarte más fácilmente. Quéjate, denuncia, siéntete revolucionario, muestra tu disidencia. Eso es lo que necesitamos de ti, que te mantengas activo, en la mira, recibiendo ofertas y revisando videos. Y aunque te separes de nosotros durante algunos días, regresarás. Siempre regresarás”.

En el documental hablan varios expertos (entre los que se cuenta un pelirrojo espabilado) que ofrecen una perspectiva bastante catastrofista de los estragos que las redes sociales están ocasionando en el mundo. Desde un incremento considerable en el número de suicidios juveniles hasta la coacción velada que orienta las elecciones presidenciales de nuestras cada vez más endebles democracias, la tecnología está provocando cambios drásticos en la configuración de nuestros imaginarios políticos, culturales y sociales. Somos víctimas de una pesadilla orwelliana, pero no podemos librarnos de ella. Sabemos que estamos soñando, aunque no hay forma de despertar. Y eso fue lo que sentí al darme cuenta de que alguien había insertado un video completamente fútil e intrascendente para activar una polémica completamente carente de cualquier sustento. Hay conocidos, a los que admiro y respeto, que peroraron largamente sobre la estulticia de celebrar la violencia con la que la niña del vestido a rayas destrozó los sueños infantiles de su hermana. Esos conocidos escribían con tal solemnidad, con tal sentido de la convicción, con tal gravedad, que, después de reírme, empecé a preocuparme. ¿De verdad es posible que una fiesta infantil en la que ocurre un suceso tan cotidiano, tan intrascendente, tan común, como la discordia entre dos pequeñas, pueda servir de pretexto para ocupar un lugar de superioridad moral? ¿Es posible que sigamos creyendo que una visualización más de ese video es inocua? ¿Podemos someter los comportamientos humanos a esta clase de análisis banales que se ostentan como doctas disertaciones sobre lo que debe o no debe hacerse en el mundo? Me cuesta trabajo aceptar que estamos entrando a una era en la que, a sabiendas de que cada comentario nuestro servirá para engordar el bolsillo de unos cuantos multimillonarios, no seamos capaces de abstenernos, de evitar caer en juegos que parecen inofensivos, pero que nos convierten en ratas de laboratorio cada vez más dóciles y alineadas a los intereses de unos cuantos.

Y por eso es que la palabra “normalizar” me parece tan preocupante. Cada vez aparecen más publicaciones que conminan a “normalizar” actitudes, emociones, estrategias de vida, reacciones sociales, revoluciones efímeras, respuestas ofensivas que se camuflan de dignidad, términos supuestamente incluyentes. Queremos que sea “normal” todo lo que nosotros ansiamos que se convierta en la “norma” que rija al mundo. Y que no sea “normal” lo que nos molesta. No nos damos cuenta de que ese terminajo, lo “normal”, es, en el fondo, condicionante. El fascismo “normalizó” la superioridad aria; los esclavistas “normalizaron” la segregación; los peninsulares “normalizaron” la desigualdad racial en México; y cada quien, desde su muro de Facebook, busca “normalizar”, amoldar el mundo a sus necesidades que, en gran medida, fueron preconcebidas e inoculadas en su psique por los artífices de internet. Pedir que “no se normalice” cierta creencia o conducta, resulta igualmente pueril e ingenuo, puesto que la persona que aboga por excluir del mundo una situación que le resulta molesta, también está buscando (desde trincheras ilusorias) estructurar el mundo a su medida.

Y mientras externamos nuestros deseos de reglamentar la vida, creyendo que tenemos control sobre la realidad, nos acostumbramos a la nueva normalidad, que no fue elegida ni determinada por nosotros. ¿Es normal que los ciudadanos obedezcan reglas que fueron dictadas a partir del terrorismo mediático? ¿Es normal que no sepamos quién miente y quién dice la verdad? ¿Es normal que sólo los niños que tienen computadoras puedan estudiar? ¿Es normal que después de ver unos gatitos resbalarse en el hielo, aparezca la descarada senadora Lilly Téllez armando un quilombo (como dicen los argentinos) que evidentemente sólo busca desestabilizar al actual gobierno? ¿Es normal que no nos percatemos de que estamos convirtiéndonos en “La sociedad del espectáculo” que preconizó el visionario filósofo Guy Debord? ¿Es normal que juzguemos a un par de escuinclas peleoneras y las convirtamos en materia de debate? Sí. Es normal. Por desgracia, hoy todo eso es normal.

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